Si hablamos de memorialismo en cómic, todavía nadie ha superado a Robert Crumb en cuanto a interpelación, descaro y altura estética; si bien en obras como ésta de Justin Green (1945), extraviadas en los márgenes de la industria y nacidas de la más genuina neurosis, puede encontrarse la potencia y la “verdad” que requiere un género tan falso y ardiente. Donde Crumb es transigente y jubiloso, Green se ve saqueado por su educación católica y derivado a material clínico, y es en ese giro donde encuentra su primera baza. La segunda se halla en la osadía (con cimas) que propicia un equipaje técnico rudimentario, y el resto lo hace la impudicia, el humor magullado, la disolución perfecta de forma y fondo y su pugna entre el exorcismo y la presa de contención. Este cómic, el primero autobiográfico conocido, se escribió hace cuarenta años y fue pura vanguardia; hoy es material camp pero se sobrepone a esa condición, y sea mérito de aquel tiempo o atrofia nuestra, sigue vivo, salvaje y bravo.

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