El género de la autobiografía no son memorias sino autorreflexión. Proyección neurótica en otro, un mirarse desde fuera que implica, se quiera o no, juicio y tal vez misericordia. Pero esto no es Jeffrey Brown, esto no es Blankets. Aquí hay nivel. Campbell (Glasgow, 1955), dibujante silencioso pero de recursos, lleva en ello desde 1981, y azorado tanto de su deriva como de su irrelevancia -la de una vida- y algo coartado por la flema británica, se centra en las elipsis y se simula efímero e inconsistente, aunque el sedimento de todos estos años de glosarse a sí mismo, tal empeño, no puede sino contener alguna verdad individual y por tanto de todos. Alec va creciendo página a página, a medida que se desprende de la academia y florece sin más, y entre el estupor, el pensamiento menudo y el vaivén de lo fragmentario (que hace la lectura tan ardua como adictiva), la paja se hará grano en este cuaderno de notas y en la batea quedarán las pepitas de un artista en construcción, analítico pero no tanto: de corazón.

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