Creo que hay que haber extraviado de vista el crío que fuimos o llevar en la memoria una infancia desgraciada o, no sé, ser valenciano o acarrear una tara genética así, para no caer rendido ante una película tan pija como atávica y tan obvia como extraordinaria. Hablo de la última de Spike Jonze.

Quiero dejar anotado que no soy fan del hombre y que, pese a sus valores, Cómo ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas me parecieron películas interesantísimas que se perdían un poco en sí mismas, la una más que la otra; pero, ahora sí, me rindo a Donde viven los monstruos. Porque la veo tan despojada y al mismo tiempo tan vasta como la imaginación de un niño, que al cabo es de lo que va. Esa imaginación en conflicto con la realidad que transcurre y se impone y hay que ir desbrozando. Para ello, a diferencia de otras, Donde viven los monstruos dispone, más que enseñanzas, incógnitas que al ir siendo despejadas acaban por mapear una ruta. Una ruta de vida o de conducta que se dibujará ella sola a mano alzada, como las elipsis de travesía en los dibujos animados, y que en realidad no indica coordenadas de destino, pero que es que da igual, si es imposible.

Ver Donde viven los monstruos nos hace oscilar entre el deseo de tener seis años y la certeza de que todavía los tenemos, de que laten ahí dentro, intactos, y de que somos un recipiente. Un frasquito de cristal. En base a ese pendular nuestro entre los adentros y los afueras podemos salir del cine determinando que la película no es redonda, ya que no ha logrado imbuirnos la niñez durante todo el tiempo que dura; pero no, bien sabemos que los que no somos redondos somos nosotros hoy, con nuestras preocupaciones adultas, tan nimias como las de entonces pero agravadas, justamente, porque quizás hemos ido despistando el niño, su audacia y su instinto.

Una guapada, en serio. De verla seis veces.

En CINEMANÍA #174

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