Con un pistoletazo de salida donde se autodefine mediocre y achaca su éxito a la falta de gusto de una crítica desorientada, Houellebecq increpa a Lévy llamándole filósofo sin pensamiento, ser despreciable como él y eslabonando, ya ahí, una batería de calificativos vergonzosos. “Entre los dos simbolizamos perfectamente el apoltronamiento espantoso de la cultura y la inteligencia francesa. (…) No hemos aportado nada a la renovación de la escena electro. Ni siquiera figuramos en los créditos de Ratatouille.” Y al cuadrilátero. El enfrentamiento viene instigado por la editora Teresa Cremisi, y se plantea como un intercambio epistolar de 28 piezas donde Houellebecq (1958) y Lévy (1948) habrían, en principio, tendrían la obligación dadas sus diferencias de clase, naturaleza, posicionamiento y actitud, de ponerse tibios. Pero pronto se declara chanza, el enfrentamiento. Las aguas se calman en cuestión de pocas páginas porque estos hombres tan distintos y tan iguales que el resto, pasto ambos de su propia entrega a la literatura, harán lo que cualquiera en su pellejo: se conciliarán en los lugares que les son comunes y compartirán lo demás. Y así deriva todo en una escritura de la confesión donde el temario será político y de árbol genealógico, se abundará en la condición personal e intransferible de blanco recurrente (ambos han devenido cabezas de turco en la escena francesa, por razones y sinrazones) y se encarará una recta final donde glosar el paisaje interior que conlleva el oficio de leer y escribir. Ah, y aún habrá tiempo para la mención erótica, la tiranía. Que no falte. Con todo, el duelo es inherente al proyecto y hay vencedor, al menos para este cronista. Lévy es judío, pragmático, terrenal y manipulador. Houellebecq también es megalomaníaco, efectivamente, pero más hábil para el autorretrato (que al cabo es a lo que van, este par de dos) porque en la transmisión juega la baza de alguna patología, de una psicopatía del bien, bendita, de una merma creciente, de su incapacidad, y así se nos lleva de calle, con su fatiga tan comprensible. Lévy es bueno (yo nunca he leído a Lévy), y aunque excesivo en la cita, aquí se muestra competente como humanista. Houellebecq también tiene cosas atractivas que decir y que contar, pero sobre todo es que escribe como dios y con la punta del pijo, y eso es lo único que cuenta porque otra cosa que no sea escribir bien, con excelencia, es ser presuntuoso. Ambos, el judío y el gentil, articulan este Enemigos públicos en un libro normalito pero que se bebe más que leerse y que en sus mejores pasajes llega a confirmar aquello que bien dice Lévy de que “son las palabras las que conectan conceptos y no los conceptos los que conectan palabras”. Nos ha jodido.

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