Yo era un mocoso de 14 años cuando el Terciopelo azul de Lynch convulsionó todas las almas sensibles de Occidente y quizás puso lambrusca alguna picha oriental. Perú se publicó ese mismo 1986 pero yo la he leído hace un rato, más de veinte años después, y sin digestión, escribiendo ahora esta reseña en caliente, la descripción que encuentro más a mano para explicarme el libro es algo así como una radiografía minuciosa y nitidísima de la escena de la manguera de aquella película. Está todo ahí. Bulle. La mierda ocurre. Hurga y verás. Un poco esa óptica. Y pongamos que Genet fuera el radiólogo.

A menudo escuchamos viejas canciones para paladearnos de críos, para recobrar aquella inmunidad, todas las expectativas y la percepción eternal del tiempo. La piel intacta todavía. A menudo rastreamos olores o sintonías televisivas para volver por un instante. Pero si a la infancia le pones un crimen la regresión será más meticulosa, más intensa, más delirante y más todo. En Perú, un niño de seis años mata a otro de su misma edad en un pasaje que es eje de esta historia que suscribe la máxima de que la única novela posible es la propia infancia, desde donde todas nuestras neurosis nos tenderán la mano amigables, explicándose y reconstruyéndonos. Perú habla de nuestra vulnerabilidad social, de la confusión, de clasismo, de poder y de ambiciones. Pero, ojo, no hay sermones, no hay tabarra y sí toda la potencia de un documento con patente de permanencia. ¡Literatura! Quizás no pretende verdades absolutas, pero sí ofrece pistas para dar con esas certezas que se agazapan en el corazón de todos los hombres. Perú dista mucho de la novela pajarera que hoy se lleva. Lish confía en su lector. Este libro me ha gustado enorme.

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