A mediados de la década de 1890 Barcelona ya superaba al resto del mundo en víctimas de la dinamita. No sé cómo andaba la tramada por entonces en el resto de España, pero en Cataluña, donde abundaban comerciantes, industriales y potentados del textil, los petardos fueron un desahogo y una respuesta, puede que insensata pero muy comprensible, a la desfachatez del Clero, del Capital y del Estado. La batalla se perdió y hoy sigue funcionando esa misma oligarquía o plutarquía o lo que carajo sea este burdel, pero las risas, desde luego, se las echaron esos ancestros del bien. Esta guía turística para insurgentes tira de la hemeroteca digital de La Vanguardia, estudia, filtra, contrasta, ilustra -con excelencia- y reflexiona, para finalmente confeccionar una cronología del atentado frustrado, las líneas y los bingos que convulsionaron una ciudad que desembocaría en la Semana Trágica, revolución social, ahora sí, de tres pares de cojones. La lectura es divertidísima, las máquinas infernales se suceden página tras página mientras concurren atolondrados policías de cine mudo, terroristas “poetas pero no anarquistas”, “perturbados melancólico-nostálgicos y en consecuencia irresponsables”, ejecuciones, vocerío y hasta urinarios públicos bombardeados repetidamente (“al observar el ayuntamiento reincidencia dispuso la eliminación del mingitorio”). ¡Qué sindiós!

Los momentos de gloria, más que en los grandes golpes como el asestado al teatro del Liceo en 1893 con una bomba orsini (20 muertos, 27 heridos, 1.525 pesetas de estragos), emergen en la cotidianeidad delirante, como cuando en 1884 un ordenanza de Telégrafos es detenido en la calle Arco del Teatro por un extraño que le pide la hora para, en cuanto saca el reloj del bolsillo, meterle un cartucho de dinamita y tirar millas. Mortadelismo bueno.

El libro se subtitula “Apuntes para un recuento final de cadáveres”, presenta intenciones de prospección y toma el aspecto de uno de esos posts revisionistas que suele facturar El Blog Ausente. Cosa POP. La lectura nos reafirma en aquello de Pepe Rubianes de que sin Cataluña no habría España y en que, definitivamente, el mundo está mal montado. ¡Volémoslo pues!

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