Trasteando, descubro que conservo una copia de Bob le Flambeur que no me pertenece. Se trata de una copia en VHS. Como esta tarde he quedado con su propietario legítimo para otras cuestiones, le llamo antes para preguntarle si tiene interés en que se la devuelva o si la mando sin miramientos a la basura. La quiere. Juraría, incluso, haber percibido cierto júbilo cuando le he comunicado el hallazgo. La mera idea de salir de casa con un VHS encima me resulta en lo psicológico como si tuviera que echarme una nevera al hombro, así que le hablo del Bit Torrent y del JDownloader, de los tiempos que corren, de cofres con extras y escenas eliminadas y extended versions y un sinfín de pijadas; ¡cada día una edición más cara, es divertido! Le digo que su cinta es ya más un objeto que un soporte, una cacharrería, pero él suena como un hombre enfermo y fetichista, incapaz de atender a razones. Y nanay: “Que te presté esa película en el 94, maricón”, me espeta. Y ahí ya me callo.

En las películas todavía se ve a menudo cómo un personaje introduce un VHS en un magnetoscopio para verificar, por ejemplo, el delito registrado por las cámaras de seguridad. Un DVD es poco fotogénico. Durante mucho tiempo el cine también primó el magnetófono cuando en la vida real ya estaba en desuso, y hoy el crepitar dulce y expectante de la aguja de zafiro rasando los surcos de un vinilo hace sentir a DJs y nuevos adeptos una fisicidad tan infrecuente como vivificante. En estos tiempos en que mueren los relojeros, en que no hay recambios de nada y la obsolescencia se contempla como factor clave en la fabricación de todas las cosas, en estos días en que Facebook hace las veces del bar de abajo, resulta más fácil comprender un cúmulo de ceros y unos que cualquier funcionamiento magnético. Aquello era magia.

En la calle, esperando el semáforo con mi TDK de 180, un peatón de aspecto insustancial manipula su iPhone cual percusionista táctil de Marillion.

Qué digo una nevera: ¡la bóveda celeste!

En CINEMANÍA #171

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