fallos de raccord

FALLOS DE RACCORD

de MARCOS PRIOR

Diábolo

A Dios lo mató un alemán y el deceso de la novela es una vieja ocurrencia, pero es cierto que hoy todo es desamparo, fracción y –con suerte- mosaico. Prior, a quien habíamos disfrutado al timón de Raymond Camille o Rosario y los inagotables bajo el seudónimo de Kosinski, juega esa mano de las teselas de colores para componer una chufla más o menos superheróica con querencia por lo falsario, el informe de daños y la extravagancia. Se ampara en monsergas, caprichos, citas retro y apócrifos a discreción para puntear un hilván de conveniencia, tan del siglo XXI que al fin no puede evaluarse más que desde la perplejidad y la risa boba. Fallos de raccord es un metatebeo audaz algo empachado de sí mismo, donde titila el ingenio y que sí, algo subvierte, pero que trae un fichero oculto donde se lee que el mejor tebeo de Prior es el por venir. Seguimos en sintonía.


el rey de las moscas

EL REY DE LAS MOSCAS. 1. HALLORAVE

de MEZZO y PIRUS

La Cúpula

A este par se le podría achacar subordinación desmedida a la Serie B si no fuera porque ellos mismos hacen gala y celebración, como se hace hoy cuando se cita, se glosa o se parafrasea. Y así, entre cuajarones de Burns, Lynch y otros, Mezzo y Pirus disponen con grafismo inerte y riesgo –bien fintado- de álbum de cromos, un puñado de psicologías cruzadas que, en diagramado regular de tres por tres viñetas, conforman una retícula social minuciosa para con el hastío y las neurosis habituales. Sensaciones conocidas que se refuerzan mediante hábiles redundancias entre dibujo y texto, en ese delicado ejercicio de lanzar metáforas literarias que cristalizarán en lo gráfico. Serie negra francesa y apreciable angst en un tono más próximo a una naturaleza canadiense (o así) que al polar de toda la vida. Buen tebeo.


santo cristo

SANTO CRISTO

de TYTO ALBA, MARIO TORRECILLAS y PABLO H.

Glénat

“¡Dejen de contarnos su vida!”, clamaba David B. hace unos días en otros papeles. Su hartazgo aludía a la sobreproducción confesional, en su mayor parte mediocre, que, desde hace ya, nos tiene bostezando. No es el caso, Santo Cristo es otra historia.

Cuesta entender que los recuerdos de uno puedan contarse en trío sin perder adentros, pero Alba (Badalona, 1975), Torrecillas (Esplugues, 1971) y Hernández (México, 1975) cooperan, precisamente, para esencializar esa memoria, vadeando arremangados las inercias de lo umbilical y tramando desde el oficio una historia emotiva clásica, opinable a veces pero excitante siempre, y elevada sobre cualquier “verdad” individual. Así, descifran las razones de una generación que ya pierde pelo, periférica, testimonian sin saña la mala educación y entonan un dibujo sin engreimientos, legibilísimo y deferente que, efectivamente, suena a Stewart Copeland en las elipsis arquitectónicas. El libro, además, trae enseñanza: que el fuego se combate con fuego y que cualquier tiempo pasado fue, si acaso, circunstancial.


el arte de volar

EL ARTE DE VOLAR

de ANTONIO ALTARRIBA y KIM

Edicions de Ponent

Antes de suicidarse, Antonio Altarriba –padre- vivió, entre 1910 y 2001, buena parte de las sacudidas que modelaron la España de hoy y que en su transcurso irían construyendo o desahuciando a los individuos que, mal que bien, la habitaban. Ahora, Antonio Altarriba –hijo- (Zaragoza, 1952), bien avenido con el dibujo tan bullicioso -puede que algo viciado por el oficio pero siempre vivaz- de Kim (Barcelona, 1942), procede a los avatares paternos jugando ambiciones y densidad próximas a la novela realista decimonónica. El reto es imponderable: apropiarse de la voz del difunto, desde la prerrogativa de la consanguinidad, para así, a la vez que vive el duelo, hablarnos en primera persona de un país donde una vez existieron derechas e izquierdas. La intención de crónica y esa disolución paterno-filial arriesgan el personaje del padre, utilitario en muchos pasajes, pero los autores se manejan muy bien entre la hagiografía y la razón, y entendemos que la obra ha cuajado plenamente cuando se libera ya del historiar la nación y, sin perder de vista el entorno, se rinde al paisajismo interior del hombre. Y en el libro, apabullante y destacado, vence la dignidad al lamento y no hay “Adagio for Strings” que valga.


En ROCKDELUX

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