SarampionUna semana después de los atentados en el metro de Londres, Daniel Barbosa, ingeniero de caminos, canales y puertos, saca a su perra al descampado y se encuentra una mano anillada. De hecho, es el cánido quien da con la pieza, que viene como extensión de un antebrazo amputado con limpieza quirúrgica. Una apertura que amplifica a Lynch con tal descaro no presagiaba nada bueno, pero la línea de diálogo que puntúa la escena (“Este hombre está muerto”), antes de que Barbosa, con la verosimilitud por montera, suba a su apartamento y se nos escatime el miembro hasta media novela, sugiere vetas de humildad y sensatez que, en efecto, se transitarán a lo largo de la historia casi como reto estilístico, como estucado a una trama imposible y que en ningún momento pretende epatar porque sí. La novela, fechada hace un par de años y primera de su autor publicada en nuestro país, mantiene un interés argumental de bestseller aunque en verdad se erija en su extrañeza tonal y en la sólida construcción de los personajes, que, como el padre del ingeniero, no cesan en sus enigmáticas cantinelas: “Recibos en ocho, estudios en ele… no puedo respirar, no puedo respirar, no puedo respirar… estudios en ele…”, musita el viejo durante su afeitado, que se repite al menos tres veces a lo largo del libro. Para todos los misterios planteados habrá respuesta y todas serán sorprendentes e imbatibles en su tratamiento, sobrepasando la novela negra, el thriller y cualquier otro género al que en principio pretendiéramos adscribir la narración. En una de las escenas del último tercio, la perra de Barbosa lame cuatro gramos de cocaína sobre la mesa y el dueño iracundo reacciona metiéndole una cuchillada en el lomo que nos encarará a la coda final con los nervios crispados. Y a tomar por culo la bicicleta. Tal y como se prefigura en la alopática portada de Mondrian, que huye de lo tipográfico como de la peste negra, Sarampión logra niveles de lectura e interlineados tan nutridos (celebremos la brillante traducción de Adrián Troncoso) como para reconciliarnos con la novela ortodoxa de toda la vida, situando a Wollstonecraft entre los autores más estimulantes que nos hemos echado al coleto en tiempo.

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