chris ware

La obra de Chris Ware oscila entre lo cargante y lo sublime. A mí es un tío que en principio me da grima por lo amargado que suena, porque como esteta es sólo relativamente interesante y porque en lo técnico me parece bordear el ejercicio de estilo; sin embargo su autoconciencia, su entrega al oficio, su afán por elevarlo a cuestión artística absoluta y sufriente, la delicadeza de sus mimbres y la fascinación natural por la miniatura me rinden a su trabajo sin posibilidad alguna de resistencia. Los que leyeron Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo saben de qué hablo. Aquella serie salió de las páginas de esta Novelty Library, publicación periódica amparada por Fantagraphic Books que sería campo de pruebas para Ware, patio de recreo, inodoro y laboratorio de caprichos. Ahora se edita en castellano esta selección de material, de entre 1993 y 2001 (con nuevas adiciones, 2004-2005), que viene a recalcar que el tipo es un auténtico delineante del tedio, un cínico de cojones, un relojero evocando melancolías y aflicciones y, en definitiva, un geógrafo de interiores que nos pone en evidencia. Ware siempre ha dicho que el futuro del cómic está en su pasado, y por ello retoma y parafrasea las enseñanzas implícitas en los clásicos, en los sundays y las tiras de prensa, con personajes como Big Tex, Rusty Brown, The Quimby Mouse o Rocket Sam. Además, salpica el álbum de textos de lucidez delirante, publicidad de época y reflexiones de neurótico en formato variable. La lectura lineal e ininterrumpida puede resultar agotadora, pero el picoteo ocasional que el propio autor recomienda, como quien se bebe un surtido individual de licores o toma su dosis diaria de medicinas, es una gozada por lo que tiene de juego, por las sorpresas constantes y por la intensidad emocional que alberga cada página. Aunque esté feo hablar de ello, es justo mencionar que los veinticinco euros que ronda el libro es un precio ajustadísimo dada la apoteósica edición de Mondadori, que incluye tintas fluorescentes que lucen en la oscuridad, rotulación extrema, encuadernación grabada en dorado y retos varios de producción e impresión. El corte de la pasta, sin ir más lejos, contiene la tira más pequeña del mundo. Fuerte aplauso pues para, entre otros, la traductora Rocío de la Maya y la maquetación de María Eloy García, porque salieron vivas y exitosas de todos aquellos momentos ante la máquina en que debieron de mentar varias veces a los muertos recientes de Chris Ware, por otra parte un titán.

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