l'aldila

Lo mío para con el terror barato y grosero es una feligresía. Me gustan muchísimo los jornaleros del terror italiano y defiendo con la boca grande sinvergonzonerías tales como un cine de desventrar mujeres, por ejemplo y por provocar, porque entiendo, sin ir más lejos, que a un espectador adolescente puede serle útil y catártico en sus primeros enfrentamientos psicológicos con la feminidad.

Podemos hablar de Lucio Fulci, por ejemplo. Debemos. Fulci cuestiona “el pacto”, nuestros fundamentos sociales, simbólicos, éticos y etcétera, como hizo siempre el cine de terror, poniéndolos en riesgo, soltándole a la vida un perro rabioso, plantando minas. Pero el valor de su cine es muy específico y tiene que ver con sus carencias, y se encuentra exactamente en la particularidad de que no repone esos fundamentos. En que, a diferencia del cine de terror corriente, y en parentela con viejos grandes relatos que no sé citar, no nos devuelve el orden tras subvertirlo. Porque no sabe. Fulci concentra su talento, un tanto precario y decididamente desilusionado, en algún lugar pre narrativo, en el trastorno per se. Y el tío se da tanto en esa intención, le agota hasta tal punto ese esfuerzo, que después no le quedan arrestos para restablecernos la realidad. Alguna vez he sostenido que el cine de Fulci, más que terror, era horror. Por lo de la exposición, supongo, ahora no lo sé bien. En Fulci siempre tiene más fuerza una astilla, tosca por definición, que el tronco robusto del género, y es por eso que su cine nos devuelve al mundo ansiosos, descabezados, saciados pero insatisfechos, extraviados todavía y por un tiempo tras la experiencia.

Así nos ha hecho suyos a unos cuantos, Fulci, un hombre que, me da la impresión, se sobrevivió a sí mismo, se transigió, aparcó sus deseos en no sé qué momento dado. Le recuerdo caminando por la playa de Sitges, afligido, poco antes de morir…

Miro el último cine italiano de terror (eso de Imago Mortis) y echo de menos a Fulci, lo mismo que antes le echaba de más.

En CINEMANÍA

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