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Consciente de que la memoria onírica se marchita con la vigilia, Federico Fellini mantuvo en vida dos volúmenes (entre 1960 y 1968 y entre 1973 y 1990) en los que transcribía regularmente sus sueños, reproduciendo escenas en sus característicos dibujos y anotándolos aquí y allá. “En mis sueños siempre me veo de espaldas, con pelo y delgado, como fui hace veinte o treinta años”, dice. Lo que tiene la actividad nocturna es que el movimiento libre y desarticulado delata deseos, ansiedades, frustraciones, miedos, fantasías, fijaciones estrambóticas y un gusto por la sinrazón que viene a enriquecer y colorear los días. En el caso de Fellini, cuyo imaginario tenemos todos presente gracias a su cine, estas visiones residuales e hipnagógicas (que son aquellas generadas y percibidas en el intervalo entre la vigilia y el sueño) suman a su obra valor poético, estético y dan alguna pista extraordinaria para la consideración psicológica de una personalidad exuberante, lúdica y vitalista como la suya. Así, en las páginas de este “oniricón”, que reproduce exactamente los dos volúmenes originales y luego anexa una traducción al inglés de los textos, atenderemos al cineasta follándose a su padre (que tiene vagina), a Pierre-Auguste Renoir cagando mientras se le prepara un baño caliente, a mujeres de clítoris hiperbólicos, y a escenas delirantes que involucran cocacolas envenenadas, sexo oral con Anita Ekberg en un tren (muchas locomotoras en el libro), eyaculaciones abundantes, serpientes gigantes, enanos, prostitutas que piden cartas de recomendación, mierda en la boca, la muerte frecuente de Giulietta Masina (quien también dará a luz un tiburón dorado), peligro de minas en la ciudad, una niña de seis años enterrada bajo una titánica estatua de piedra, el cadáver de José Luis de Vilallonga en una maleta, Ingmar Bergman criticándole al italiano el uso que hace de la música en sus películas, y otros cameos ilustres como los de Mastroianni o De Laurentiis. Aunque muchos de los sueños recogidos habían aparecido en publicaciones como Il Grifo o Dolce Vita, la totalidad del material, depositado en un cripta del banco Romano, no fue liberado hasta principios de este siglo, cuando se pudo acordar la presencia física de los seis herederos (dos Fellinis y cuatro Masinas) y llevarse a cabo los correspondientes atestados notariales, ya que una clausula especificaba que sólo en esas condiciones podría ser retirado. La edición de Rizzoli opta por el libro-objeto, pesa varios kilos y ofrece una reproducción incontestable. El precio también mola, pero es lo que hay.

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