vivalamuerte

Tengo la columna contenta porque acaba de editarse en DVD la filmografía completa de uno de mis más queridos exiliados, el sátrapa que escribió que sólo le sería posible creer en un dios que pudiera bailar y tantas otras cosas sensatas y bien escritas.

Fernando Arrabal está reconocido en su medida extraordinaria como escritor y dramaturgo pero se le suele ningunear como cineasta, se le olvida, cuando él mismo deja claro que el cine es él y que antes de él sólo Buñuel, Fellini y otros pocos de la cuerda lograron hacer algo que acaso podría llamarse protocine. Ahí estamos.

El cine de Arrabal es un cine meditado pero natural, que, como la poesía auténtica, más que construirse, emerge. Un cine de imágenes, de republicanos resistentes, enanos que eyaculan en los labios de la virgen y pietàs abundantes, porque es un cine obispal y rendido a la blasfemia, aunque igual puede verse sentado en una cátedra que defecando a contraluz en un desierto. Se trata de un cine drogado de tropos, metáforas y alegorías de las que deberían poblar siempre la geografía de las películas, y es también un cine de buscar al padre que Arrabal perdió a manos de los militares, pero nunca un cine tan ordinario como para limitarse al ajuste de cuentas, y así deriva todo el rato en lo que viene a llamarse joie de vivre y sentido común, que no es lo mismo que el común de los sentidos.

A nuestra mirada colonizada quizás le cueste desentrañarlo porque es un cine polisémico, pero al fin son películas que siempre nutren al espectador o, en el peor de los casos, lo enferman, para en la digestión regenerarlo purificado. El cine de Arrabal se omite mucho porque películas como Viva la muerte eran imposibles en la España de 1971, y la España de hoy quizás no sea tan distinta a la de entonces. Como sea, quiero dar gracias públicas a Cameo por editar este cofre de siete piezas preciosas, atractivos extras, peuvepé competente y alimento espiritual como para acabar con el clero todo.

En CINEMANÍA

Anuncios