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“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.”

Nietzsche


A este tío lo tenemos poco vindicado pero maldita la falta que le hace nuestra loa. Porque Clovis Trouille (1889-1975), maquillador de maniquíes en una fábrica de París y autodefinido como “pintor de domingo”, nunca negoció su gloria. Trouille negó toda moral burguesa, rechazó las imposturas de la religión y abogó por una sociedad “sin fronteras”, muy distinta a la que habitamos. Conquistó su libertad como disidente, alejándose de los círculos endogámicos y viciosos del gremio; vivió para pintar pero nunca pintó para vivir, consciente de que cualquier transacción podría coartar y alterar en algo su arte, y la idea de trascendencia o reconocimiento le trajo siempre sin cuidado. “Jamás he trabajado con vistas a obtener un gran premio en una bienal veneciana cualquiera, más bien lo he hecho para merecer diez años de cárcel; eso es lo que me parece de verdad estimulante.” Trouille, que reivindicó el arte como asunto mental y huyó de cualquier academia, fue un poco una dinamo para heterodoxos y rebeldes como los surrealistas, aunque él, como Artaud, creía que la realidad superaba cualquier surrealismo. Sin embargo, en alguna ocasión definió su pintura como verdadero SUPERREALISMO, al considerar que en sus lienzos creaba una realidad aún más verdadera, más intensa que la auténtica realidad. Bien mirado, algo de eso había si atendemos a sus técnicas: descontextualización y calco de fotos, collage, disposición desarticulada y subversiva de objetos y sujetos y un uso simbólico, vulgar y estridente del color y la luz. Con esos medios transmitió un anticlericalismo feroz, donde los violetas cardenalicios se encoñan con fragantes verdes, rojos y amarillos que en el poso de su grosería citan a Cézanne o a Gauguin.

Validado por estrellas como Dalí o Louis Aragon y emparentado en nuestro jardín de las delicias a otros gigantes plásticos como Otto Dix, Hans Bellmer, Félicien Rops, Magritte, De Chirico o Paul Delvaux, el mundo de Clovis Trouille suena a charanga de muertos, a orgía tremenda y a misa para Satán. Algo hermoso. Apunta Bernard Marcadé en uno de los artículos que hace de pórtico a este libro de glosa y reproducción que quizás el empleo cotidiano de Trouille con los maniquíes le proporcionó una mirada precisa sobre el erotismo, materia que al resto de humanos le suele ser invasiva y huidiza. Como fuera, su uso, abuso y enredo de estereotipos exóticos, utilería sadomasoquista y referencias pop dieron con un exuberante paganismo de lujuria, barbarie y misericordia.

Sabedor de la banalidad mundana, Trouille llegó a pintar sus propios funerales, y así, en su panteón abierto de par en par hizo morar a una monja sin hábito, de pezones torpederos y pubis cubierto por un murciélago, que fuma y habla por teléfono con mirada evocadora, mientras unas manos de uñas rojas emergen de la oscuridad para abrazarla lúbricamente. El uso habitual del velo se invierte para ensalzar la vanidad y la picardía de la religiosa, mientras a sus pies un orinal hace las veces de sagrario y un Cristo de bigotes dalinianos se carcajea desde el frontispicio. Sapos, reptiles y frailes rondan a sus anchas profanando el camposanto, electrificado por un vitalísimo rayo. A la izquierda del panteón de Clovis podemos ver la tumba de Lautréamont. A la derecha, la de Sacher-Masoch. Magnífico todo. Un respeto.

En Kiss Comix

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