possession

Leo a Andrzej Zulawski (entrevistado en la recopilación del fanzine Eyeball, editada en 2003 por FAB Press) hablando de su cine en general y de la gestión de sus actores en particular, de los raptos de éxtasis inducidos a sus actrices, de su entendimiento de la interpretación como una cuestión básicamente religiosa desde el momento en que el primer actor de la historia debió de ser un chamán declamando para su audiencia, y de hasta qué punto lo de interpretar es bucear en la propia tiniebla psicológica, la misma que permite caminar sobre brasas o tragarse un sable sarraceno.

A Zulawski siempre le ha gustado llevar a sus actores al límite, ponerlos en trance antes del rodaje. Sobre todo a las chicas, que a su decir están mucho más bloqueadas por la civilización. Hay que “abrirlas”, dice, por su propio bien, y añade que no bromea y que tampoco se está sirviendo de palabrería freudiana. Lo cierto es que en Zulawski se encuentran varias interpretaciones femeninas inolvidables, como la de Romy Schneider atacada de los nervios y del espíritu en Lo importante es amar (1974), la de Valérie Kaprisky (dios santo, quién podría olvidar aquellos bailes vulgares…) en La mujer pública (1984) o la más famosa de Isabel Adjani en La posesión (1981), vomitando la primera papilla en el centro de la tierra. Esta última, se conoce, llegó a suicidarse un poco cuando vio la película terminada. Por dar la nota pero también como reacción sincera, la Adjani se encerró en un lavabo y se tajó superficialmente las muñecas con una gillette para demostrarle al polaco lo mucho que había sufrido viéndose en la pantalla. “No tienes derecho a usar así la cámara, a mirar dentro del alma de alguien”, le dijo. Yo lo entiendo como un piropo, pero según Zulawski es que la Adjani sabía su propia alma oscura.

Las películas de Zulawski tienen algo de experiencia intransferible y cambiante, y un saludable margen para el caos y la zozobra que puede dejar al espectador exhausto, tocado para tres días. Eso es algo que habría que pedirle siempre a una película, un mínimo de tres días de poso o, en su defecto, un par de arcadas. Lo cual no quiere decir, ojo, que la última de Batman sea buena. Ni de coña.

En CINEMANÍA #154

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