Sadomaso, Hustler o Chic Video X son algunas de las revistas con las que José M. Ponce (1954) ha puesto color al quiosco nacional a lo largo de su carrera en prensa. Aunque quizá es mejor conocido como responsable del Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona en sus seis primeras ediciones. O como director de cine para adultos desde mediados de los ochenta. Impulsor de una crítica especializada en porno y de una industria autóctona hoy plenamente instaurada, poseedor de una mente rápida y precisa, fetichista y esteta, hablamos con él de su último libro, El destape nacional, que recorre una época en que tetas y pollas (más tetas que pollas) se erigieron en logro político.

«España era un disparate. Yo empiezo a trabajar en la radio en 1973, luego en Flashmen, una revista para tíos. Los medios vivían a salto de mata, pero había una serie de trucos de los que nos servíamos todos. En televisión, por ejemplo, había un censor residente. Asistía al montaje, pero cuando llegaba el momento de insertar los planos conflictivos, una secretaria hacía de gancho y le anunciaba una llamada en el despacho contiguo. Allí le hacían perder cinco o diez minutos que servían para colocar las convenientes imágenes de desnudo. En las revistas se pintaban bikinis sobre la piel de las chicas desnudas, se aprobaba en censura, se borraban los bikinis y se sacaba a kiosco con la chica en pelotas. Si lo descubrían, pues te secuestraban la tirada y no cobrabas, o incluso podían detenerte, ese era el riesgo. En la radio enviábamos partes de censura falsos por defecto, y así con todo.»

Recapitulemos. En 1961 Fraga, entidad irreductible desde que se remojase en las aguas mistéricas de Palomares, era nombrado ministro de Información y Turismo y proponía leyes más modernas en los criterios de censura cinematográfica. En 1975 se revisan las actas de censura y se contemplan los desnudos en el cine siempre que formen parte de la unidad de la película…

Sí, bueno, pero en realidad lo de Fraga fue una trampa, porque lo único que hacía era eliminar la censura previa. Hablamos de una época alucinante en que un diario, por ejemplo, tenía que pasar censura previa. Con esa ley dejaban la decisión final en manos del director o el editor, pero a sabiendas de que le podían meter un puro de la hostia. Multas, secuestros o incluso procesamientos. Era decir: vale, no vamos a controlar lo que publicas, pero si te metes con Franco te vamos a fusilar igualmente, ya te cuidarás muy mucho. Promocionaron la autocensura y la censura económica, y en la práctica no sirvió de nada. Luego, tras la muerte de Franco, sería todavía peor, se les escapaba de las manos y se abrían procesos salvajes.

Pero a ver, ¿cuándo empiezan a ocurrir cosas? Porque hubo también un destape de actitudes, un destape musical y creativo en general. Antes de que la movida madrileña heredase el Rollo barcelonés estaba la cançó…

Exacto, y el auge de las FMs. Yo creo que todo empieza con la muerte de Carrero Blanco. Hasta ese momento hay cosas absolutamente residuales y que en realidad se le pasan a la censura. Es el caso del Je t’aime moi non plus, de Gainsbourg: los censores reciben la letra: “yo te quiero, yo tampoco”, vale, visto bueno. Luego sale la canción y descubren que se trata de un polvo con música, que están follando. Para cuando lo retiran ya está en el hit parade de todos los guateques. Ocurría ese tipo de cosas. En el cine, la famosa teta de Elisa Ramirez, que con velo y todo hizo que una adaptación de La celestina (1968 ) fuese un éxito de taquilla brutal. O el caso de Helga. El milagro de la vida (1967), que era un presunto documental de tintes educacionales y científicos, pero que al mostrar un coño, un parto, se convirtió en otro éxito rotundo con desmayos en las salas incluidos. Esas cosas se autorizaban por despiste o por confusión. Luego empieza a transmitirse cierto discurso de apertura por parte del régimen con lo que llamaron el espíritu del 14 de febrero o algo así. Franco estaba ya con un pie en el otro lado y van y le matan al delfín. Obviamente, empezaron a ocurrir cosas. Fue un aluvión, se creó un caldo de cultivo, había un país empujando y no pudieron con todo.

Y, ¿qué papel juega ahí el destape? ¿Contribuye a la reeducación sexual del pueblo?

La parte final del destape yo creo que sí. Es que en los sesenta era horrible, la calle era patética. Cuando empieza a darse el turismo, cuando llegan las suecas, es que se les hacía la ola, se las perseguía literalmente por la calle. Era demencial. En las revistas eróticas el tope eran chicas en bikini. Había cosas más divertidas en las de moda. ¿Qué ocurría con publicaciones como Bocaccio o Flashmen?, pues que tenían una nómina de colaboradores con enjundia, como Marsé, Vázquez Montalbán, Umbral… Y los entrevistados también solían saber a lo que iban, se soltaban un poquito. Eso sí, seguía siendo impensable hacerle una entrevista a Carrillo.

El cine mundial en los setenta se convierte en un medio capaz de reflejar inquietudes contemporáneas. Se habla de drogas y la violencia se trata con una crudeza formal inaudita hasta entonces. Aquí, mientras, corren ríos de tinta cuando la Cantudo lo enseña todo en La trastienda (1975), oficialmente el primer desnudo integral del cine español. Haciendo analogía, ¿el destape fue entonces nuestro logro ideológico, nuestra manera de mostrar una realidad?

Claro, claro, el destape era un logro político, social. La gente palpa la libertad cuando puede comprarse La Razón o Interviú, cuando puede escoger. En aquel entonces la policía llegaba y te tiraba la puerta abajo. No podías ver el fútbol en riguroso directo, por si en las gradas se desplegaba una pancarta proetarra. La emisión se cortaba “por razones ajenas a nuestra voluntad”. El desnudo era, probablemente, la mejor proyección de libertad entre los ciudadanos.

Y todo de una manera casi festiva, puramente latina. Las chicas eran algo así como iconos populares…

Estrellas, eran estrellas. Mujeres como Victoria Vera, Bárbara Rey y tantas otras eran auténticas estrellas. Luego estaban “las chicas del coro”, algunas con cierta calidad, otras con ninguna, pero todas capaces de conectar con la gente. Efectivamente era una cosa alegre, y bien pagada, había cachés que podían alcanzar el millón y medio de pesetas, y por un reportaje gráfico se podían llegar a pagar hasta doscientas cincuenta mil. Hablo de hace treinta años, eso era mucho dinero.

Como hoy las garrapatas de la prensa rosa… Pero, ¿el consumo de representaciones eróticas no requiere cierta liturgia clandestina? Ya en la literatura galante del Siglo de las Luces era necesaria cierta conciencia de desorden, de perversión burguesa. ¿No era saludable que la gente se fuese a Perpinyà para ver un peliculón como El último tango en París? ¿No suponía la prohibición una espuela?

Claro, pero eso también ocurría por torpeza. Es que el régimen, en sus estertores, es extremadamente torpe en todo lo que hace. Además de cruel, brutal y estúpido. Lo de irse a Francia a ver pelis partía de esa imbecilidad. Empezó con el interés de una minoría más o menos inquieta culturalmente, o que sencillamente estaba próxima a la frontera y se acercaba a Francia a pasar el fin de semana, a hacer unas compras y a verse una película. Pero se le dio tanta difusión en los medios afines al régimen, que de pronto estaban flotándose autocares desde todas las ciudades españolas. Con su propia torpeza, lo que no pasaba de ser una cuestión elitista o casual, se convirtió en un morbo masivo.

Y la confusión continúa, porque en 1977 el gobierno de UCD marea la perdiz mientras especifica unas leyes absurdas y tendenciosas en la regularización de la exhibición de pornografía y se inventa una “S” para calificar las películas que “pueden herir la sensibilidad del espectador”. Llega un momento en que la gente, para ver carne, se tragaba un Pasolini.

Las salas de arte y ensayo eran un reducto de aforo restringido y sin estrenos significativos. La administración era permisiva con ellas, quizá lo veían como cosa de cuatro chiflados que mientras estaban en el cine no montaban una célula. Pero la “S” sí funcionaba como reclamo, los cines de doble programa trabajaban a toda máquina, y hasta se inauguraron las matinales, sesión contínua desde las diez de la mañana.

Inevitablemente se propició el intrusismo y el destajismo. Algunos exhibidores, incluso, plantaban la consonante a películas que el Ministerio no había contemplado. Se desarrolla una impostura, el cine “S” se establece casi como un subgénero insólito…

Creo que fue José Luis Guarner quien habló del cine “S” como una de las manifestaciones más camp de nuestra bendita democracia.

Y en 1983 llega Pilar Miró y por decreto desmantela todo ese tejido de producción que por su dispersión ni siquiera era tal. ¿Representó esa ley una saludable naturalización del asunto, o en verdad fue la reculada de un proceso de libertad creativa?

Algo había que hacer. Probablemente la ley Miró no era lo ideal, en primer lugar porque llegaba con siete u ocho años de retraso. Era una ley copiada de los franceses. Potenciaba cierto cine y jodía a otro segmento de la industria, que como dices ni siquiera era tal, pero es que es algo propio de aquí: cuando llega la izquierda barren con todo lo que había propuesto la derecha, y a la inversa. Yo creo que eso no pasa en todas las administraciones, los franceses cohabitan, posibilitan pactos más profundos. Creo que es una cosa como latina. La ley Miró pecó un poco de eso, pero es cierto que había una decadencia real. Se habían alcanzado unos niveles de caspa importantes.

Todo lo que estamos hablando lo cuentas y lo ilustras en tu libro. ¿Te lo planteaste desde la tarea historiográfica, desde la nostálgica o desde una mirada distante y condescendiente?

Eso último, precisamente, el ver todo aquel fenómeno con demasiada perspectiva histórica, intenté evitarlo. He procurado llevarlo al terreno de mi memoria. Sin ser exhaustivo, sin aburrir con datos; evidentemente he manejado mucha documentación, pero quería que primase mi memoria, me he retrotraído para lograr un trabajo nada críptico y sí muy asequible. Y he procurado ser muy amable en todo momento.

¿Y ahora qué? ¿Dónde estamos?

Pues yo qué sé… En prensa, por ejemplo, revisando cosas de la época, me ha sorprendido comprobar que entonces se escribía mucho mejor. En el caso del cine no es lo mismo, había cosas que estaban muy bien y que todavía hoy pueden tener vigencia, pero en general no se hacía muy buen cine. No sé bien cómo ha evolucionado todo… Lo que en mi época se llamaba el establishment se ha defendido con astucia, como siempre lo hace, engullendo lo que le interesa y regurgitándolo. Objetivamente nadie se puede quejar, tú puedes hacer una peli de zoofilia y Antoni Ribas puede hacer Centenario. Pero lo cierto es que se ha encorsetado todo de tal manera que creo bastante difícil que la chavalería pueda alcanzar una plenitud creativa. Quizá falta ese anarquismo heredado en donde se mezcla todo tipo de disciplinas. La industrialización de la obra coarta. La juventud parece que se cabrea más que hace diez años, eso está bien, pero tampoco se dan las condiciones. Un chaval que quiere dedicarse al periodismo o al cine puede estar muy cabreado, pero en cuanto le ofrezcan la posibilidad de entrar en el juego, se le pasará el cabreo. En mi época esas cosas no estaban tan presentes, no era tan fácil acceder a ellas. Tenías que escoger entre comprarte un coche o irte a Ibiza. Si te ibas a Ibiza, de puta madre, si te comprabas un coche entrabas en una dinámica muy clara. Ahora puedes hacer las dos cosas, o sea, que aunque te vayas a Ibiza entrarás en esa dinámica. Cómprate un piso y ten un hijo, luego me cuentas…

(En H Magazine, probablemente en versión algo reducida)

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