Aunque es verdad que a todo buen tebeo le sobra cualquier banda sonora, porque ya la lleva, yo hoy leo Súper Puta mientras escucho a Pierre Henry, músico al que se cita porque su Psyché Rock se incorporó como sintonía de Futurama pero autor también de otras piezas brillantes compuestas a base de goznes de puertas que de repente vienen muy bien como red de seguridad para esta lectura. Pierre Henry es uno de los padres de lo que a finales de los cuarenta se llamó “música concreta”, algo hoy asimiladísimo pero entonces, al parecer, novedad. Y a estas alturas, quién lo iba a decir, esta puta enmascarada de piel amarilla también suena a pionera, aunque no lo sea ni falta que le haga. El de qué va es lo de menos. Manel Fontdevila, conocido por su trabajo semanal y ortodoxo en El Jueves, dispone aquí un psicodrama con todas las letras y un par de huevos, una antitrama que se teje sola, entroncada con la psicodelia y con el surrealismo en su intención fundamental de desnudar el alma o arrancarse la piel a tiras, y que no se puede llevar a cabo si no se tienen la mano rota y la cabeza como una piñata, llena de dulces y de hostias, bien nutrida. Decía otro tío francés que se escribe para destruir, para matar a los monstruos que se nos agazapan en las horas y en los días y bajo los muebles. Súper puta, que tiene mucho de autoanálisis, va un poco por ahí. Funciona como un engranaje soluble donde la historia misma se hace conciencia y se pone en cuestión, aunque, bah, no creo ni estar explicándome. Para atrapar al lector en un viaje tan rocoso, Fontdevila se ve obligado a uno, dos, tres hallazgos, cuatro intuiciones por páginas, un gag tenue, una tía en pelota todo el rato. Y así pone levedad en el drama, porque es obligatorio entregarse al humor cuando se habla de trascendencias. Las páginas de Súper puta son ruidosas, pero es un ruido concreto, que se ablanda y se enroca y tira millas en el pincel suelto y en la profesionalidad del narrador, quien, por otra parte, es un perro ladrador, un señor que se caga en los santos pero que permanece instalado en torno a la afabilidad porque no le queda otra, porque es un hombre benemérito y cordial, se quiera o no. Esto es así. Y se me acaba el espacio. La conveniencia de un libro todo él riesgo y tumulto como Súper puta, en fin, es incuestionable. En la carrera del autor y en las librerías, porque ya tocaba leer despacio una historia vertiginosa, verdadera, tan concreta como aleatoria y cosa buena. Del tirón. ¡Qué tebeazo, oiga!

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