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Y al fin una primera novela que es tal y es legítima y no el espejismo de las generaciones literarias que se inventan en los suplementos. Una novela ajena a la tontería de las cosas que hacen bum y a las zarandajas vestidas de posmodernidad que pueblan la sección de novedades amustiando un poco el panorama con su sardonia existencial, tan pobres en cuanto a la plástica y tan poco todo en general. Al fin una primera novela que nos revela a un escritor de raza, alumno confeso del único maestro posible, Umbral, y que por tanto no teme entregarse a la escritura del pensamiento, de la experiencia y de la literatura per se, de la metáfora al vuelo y de la búsqueda de la imagen. Javier Pérez Andujar (1965), a quien habíamos leído en Mondo Brutto, en la edición catalana de El País y en un par de ensayos tirando a lo psicotrónico, hace paisajismo del Sant Adrià del Besós que le tocó vivir en los 70, y en aquel cinturón industrial barcelonés rastrea su identidad como hijo de la emigración a través de sus lecturas de infancia, de las páginas de la novela popular, los tebeos y las Joyas Literarias Juveniles. Huye de la idea biográfica pero se entrega a la memoria sentimental, hace “épica de una clase social” y en sus asociaciones deriva hacia brillantes cerros de Úbeda, casi pequeños ensayos, sobre Colombo, La familia Ulises del TBO, Verne, Poe o H. G. Wells. Los príncipes valientes es la primera novela de un letraherido que aquí se corona autor con todas las letras, un tío que se sobrepone a estos días de tecnología y voces fragmentarias con un libro privado y lírico que se logra coto y semblanza de un tiempo y de un lugar que hoy parecen antiguos y sepultados, pero de los que somos consecutivos y deudores.

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