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Será por algo que la tasa de criminalidad en Japón es mínima. Nadie como ellos para canalizar pulsiones a través del arte. Cualquier cuestión visceral o filosófica delicada y sin respuesta concreta encuentra tarde o temprano su representación en la literatura, el manga y el cine japonés. Battle Royale es un dechado de nihilismo espectacular dirigido por Fukasaku Kenji (a partir de una novela de Takami Koshun), un realizador curtido durante los cincuenta como ayudante de dirección en la Toei y conocido principalmente por su trabajo en la codirección de ¡Tora!, ¡Tora!, ¡Tora! La película enfrenta a Beat Takeshi, una de las presencias más imponentes del último cine mundial, con una caterva de estudiantes a punto de saber lo que vale un peine. Takeshi utiliza su propio nombre para interpretar al profesor Kitano, el tipo encargado de dirigir el programa de supervivencia Battle Royale, con el que el gobierno responde a los boicots que en un futuro próximo parecen haberse instaurado en las escuelas a partir de un descontrol social que cuenta un 15% de desempleo y un desorden a pie de calle que está llevando a la nación al borde del colapso. El juego es sencillo: cada año una clase de quinceañeros escogida al azar es enviada a una isla deshabitada para que se entregue a una eliminatoria. Por las buenas o por las malas. A la llegada se les aprovisionará y dotará a cada uno con un arma (lo mismo una tapadera de cacerola que un hacha de leñador o una UZI como dios manda), y a partir de ahí sólo puede quedar uno. Durante tres días, cuarenta y dos estudiantes tendrán que luchar por su supervivencia exclusiva. Si quedan dos mueren todos.

Exhibida en multitud de festivales donde la cinta provocó deserciones debido a la supuesta gratuidad de su violencia, Battle Royale fue todo un revuelo en Japón ya desde el anuncio de su rodaje. Dos días antes de su estreno los espectadores adolescentes ya acudían en masa a los cines y la película logró en taquilla el éxito que se le auguraba. Luego sería nominada a los Japan Academy Awards en las categorías de mejor película, actor y director. Eso antes de que una versión aligerada de escenas brutales viese la luz dispuesta a conquistar a todos los públicos.

Pero Battle Royale es más que violencia gratis. Sin necesidad de atender a las razones de Fukasaku, que citaba sus terribles experiencias en la Segunda Guerra Mundial y hablaba de la película como de un oscuro cuento de hadas (y, ojo, que nadie se lleve a engaño con esa definición), Battle Royale se defiende por sí misma de cualquier crítica anuladora ya no sólo como catarsis, sino como planteamiento peckinpahiano que se pretende consecuente con los propios odios a la vez que propone una intensidad vital y esperanzadora en un mundo que pierde el norte mientras insiste en sus valores. No se trata de matarlos a todos, aunque algunos hayan querido entender así la película, sino de encontrar motivos para no tener que hacerlo y seguir caminando.

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