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Entendido el cine de terror como una celebración del erotismo hasta su última expresión por su capacidad transgresora, por su tanteo del tabú y por su exhibición de atrocidades, el buen cine malo de terror, que sufre carencias materiales, de tiempo y dedicación y, sobre todo, de talento, sólo tendrá dos opciones: intensificar la experiencia o hacerla colectiva a través del humor, ni que sea involuntario. Entre las presencias que colorearon la década de los 70 con su imbecilidad es obligatorio un aparte para mencionar a Brad F. Grinter (también conocido como Frank Grinter y como Brett Jason Merriman), un personaje vinculado al cine de exploitation que se fogueó como actor -en ocasiones sin crédito- en títulos de género como Death Curse of Tartu (William Grefe, 1966) o Scream, Baby, Scream (Joseph Adler, 1969), un guión del futurible Larry Cohen que prefiguraba su La ambulancia (The Ambulance; 1990). Como la imbecilidad desdice la humildad y nubla la percepción del propio talento, en 1970 arrejuntó los honorarios que percibía por impartir clases particulares de cine y se lanzó a escribir, producir y dirigir Flesh Feast, donde Veronica Lake, en su última intervención, era una científica loca que intentaba resucitar a Hitler para vengar la muerte de sus padres en un campo de concentración. Al poco, Grinter conoció a Steve Hawkes, otro actorcillo que había trabajado (también sin crédito) en una película de Joe Sarno (Desire Under the Palms –1968 -) y cuyo papel más destacado hasta la fecha había sido el protagonista de Tarzán en la gruta del oro (Manuel Caño, 1970), una coproducción entre España, Italia y Puerto Rico, guionizada por Umberto Lenzi, que algunos distribuidores internacionales retitularon Zan para evitar litigios con los herederos de Burroughs. En 1972, Grinter y Hawkes codirigieron una de las obras magnas del cine de serie Z, hoy consagrada como cumbre de la inoperancia y uno de los títulos más risibles de la historia del cine. Una ignominia en la que hay que detenerse para intentar la digestión.

La sinopsis de Blood Freak incumbe a Herschell (Steve Hawkes), motero de moral rígida y veterano de Vietnam que conoce a una chica en la carretera y acude con ella a una relajada reunión. Seguidamente es contratado para trabajar en la granja de pavos del padre de la chica, científico loco que manipula los animales genéticamente. Inducido por la hija del granjero, Herschell prueba las bondades de la marihuana, que tiene en él un efecto adictivo semejante al de la heroína. Luego, de la noche a la mañana y como consecuencia de zamparse un pavo de la granja, ocurrirá lo impredecible: Herschell se convierte en un hombre-pavo de apetitos desmedidos. En realidad, le aparece encasquetada una grotesca cabeza de cartón que simula un pavo. Herschell ha pasado a ser algo parecido a esa figura de los festejos populares que llamamos cabezudo. Drogadicto por ensalmo, la mutación da lugar a una carrera de crímenes en la que masacrará a varios camellos y degollará a otras tantas jovencitas para beberse su sangre. Y así hasta su redención final, que vendrá dada por la fe cristiana y la renuncia a la marihuana.

La película se abre con un soliloquio del propio Grinter, que irá interrumpiendo la acción hasta el final con valoraciones sobre el desarrollo de la historia, consejos acerca de los peligros de las drogas y ataques de tos. Todo ello con la impostura más flagrante jamás vista en una pantalla. En Blood Freak hay romance, seducción del inocente, drama interior, suspense, violencia y hasta moraleja, pero lo único que se destila es la debacle absoluta hecha cine. No hay más que decir. No hay deconstrucción posible. Blood Freak es una obra aislada de las que hacen grande y noble la serie Z, embruteciéndola más allá de su definición. Hay que verla para creerla y aun así se hace difícil encajar que tanta inoperancia fuera azarosa y no fruto de una genialidad inversa que hoy nos hace tan felices…

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Fragmento de “LA BASURA DEL SÓTANO. Un vistazo a la serie Z norteamericana” (del libro American Gothic)

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