penny.jpg

Hace ya veinte años de Mechanics. Penny Century (antes Beatriz Garcia) ha dejado atrás sus ínfulas de superheroína y tiene una peluquería. Mientras, Maggie, más gorda que nunca, trabaja para la inminente viuda del multimillonario cornudo H. R. Costigan, y Hopey sigue enfurruñada con el mundo desde su candor andrógino (o así).

Penny Century parece un título derivado (un spin-off, que dicen), pero no es más que el devenir acostumbrado en la existencia de las locas, ahora con la rubia cañón en el epígrafe, pero siempre cruzándose con el resto de personajes del microcosmo de Love & Rockets. Como cualquier saga, andamiada o de esqueleto orgánico como es el caso, la de las chicas del barrio tiene sus altibajos, pero el seguimiento humano, las vetas dramáticas, las acciones fragmentadas y la materialización naturalista de metáforas de que se sirve el más moderno y a la vez el más clásico de los bros consigue la inmersión automática del lector, como quien monta en bici de nuevo. En lo gráfico, los ardides de Jaime están sobre la mesa: un imbatible blanco y negro extractado, una decorosa puesta en página de dos por tres (dos por cuatro para interludios y chascarrillos) que apuesta por la síntesis emocional y la coerción de la acción a la manera de un viejo tebeo infantil, y un dibujo costoso en lo material pero capaz de las anatomías femeninas mejor trazadas del mundo. Y lo más importante, la conquista continua de eso tan difícil, casi esotérico, que los dibujantes llaman “el gesto”. Cuesta desprender la mirada de la viñeta y mantener el ritmo de lectura cuando eso ocurre, pero no, no se trata de un defecto, acabáramos, sino de un milagro en blanco y negro.

En TRAMA

Anuncios