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A finales del siglo XVIII, en los albores de la Revolución Francesa, un perro sosias del Marques de Sade pasa sus días en un calabozo de La Bastilla, acusado de blasfemo. Marquis es víctima de una conspiración que quiere responsabilizarle del embarazo, por parte del rey, de Justine, quien se enamorará del marqués a partir de la sensibilidad de sus escritos. Entre las vicisitudes que habrá de vivir el reo para ganarse la libertad se encontrará el deber de sodomizar a su carcelero, una rata homosexual, pero su pene, dotado en su glande de masa encefálica ectópica y de la propiedad del habla, no está convencido de poder llevar a cabo la tarea…

La sátira y el erotismo siempre se han llevado estupendamente. Ambos tienen entre sus prioridades el escarnio de la civilización, la risa lúcida y el zafarse de la muerte convocándola a todas las fiestas. Roland Topor (1938-1997), parisino de ascendencia polaca y artista indomable, doméstico y extraordinario, logró auténticas cumbres aunando esas dos fuerzas ya fuera en dibujos, en obras de teatro, en novelas, cuentos, fotos, instalaciones, escenografías, carteles y en cualquier otra disciplina que se le pusiera a tiro. Su inquietud creativa fue dispersa, pero los resultados estuvieron muchas veces a una altura que difícilmente encontraría iguales.

Marquis es una película dirigida por el belga Henri Xhonneux (1946-1995), firmante de un par de largometrajes durante los años 70 y colaborador de Topor, en los 80, en el mítico programa televisivo Téléchat, una parodia infantil de los informativos para adultos en la que los animales eran los protagonistas. Los llamados funny animals, animales antropomórficos que adoptan una conducta humana sin perder el fondo de candidez que dispone su apariencia, tienen una larga tradición en el cómic y en el cine de animación. En el de imagen real, sin embargo, Marquis no deja de ser una propuesta insólita, más aún cuando su temario se aventura en la discusión de asuntos morales y su atrevimiento gráfico incluye masturbación, sodomía y tortura. El hecho de que los intérpretes vayan enmascarados de bestias (una vaca y una yegua encarnan a Justine y a Juliette, las heroínas circunstanciales creadas por Sade) hace burlescos los excesos y dota a la historia de un carácter fabuloso, ideal para debatir con la ligereza requerida las pulsiones propias de Sade. Topor destila esas pulsiones con su sardonia inconfundible en los enfrentamientos dialécticos entre Marquis, guiado por filosofías idealistas y utópicas, y el susceptible Colin, apéndice de impulsos tan terrenales como le corresponden a quien su “amo”, resignado, acusa de vulgar e impetuoso.

Pese a su renqueante pulso dramático, este entrañable cuento metafórico sobre la libertad contiene verdades esenciales y escenas inolvidables (como aquella en que Colin dice no entender la muerte e insiste en besar a la virtuosa Justine, que recuperará la vida con el pene en sus labios) y bordea la condición de hito al aunar las ópticas vitalistas y agridulces de Sade y Topor, dos de los más indispensables libertinos de la historia del arte.

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