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El cine de Miike va mucho más allá de lo que entendemos por cine de culto. El cine de Miike, que los cinéfagos protegemos, ansiamos e idolatramos como un objeto encontrado, nos ha dilatado las pupilas como ninguno lo hacía desde hace mucho tiempo. El cine de Miike es una erupción de bendita locura que es apología de vida y de muerte. Lo podemos decir más alto pero no tan claro: en el momento que vivimos, Miike nos parece el cineasta más interesante del mundo en más de un aspecto.

¿Eres consciente de la revolución que tu cine ha despertado en Occidente? Estoy muy contento de que la gente aquí se haya fijado en mi cine, aunque a la vez estoy muy sorprendido. No hago cine para satisfacer al público necesariamente, no busco recibir aplausos. Dentro de mis límites, dentro del contexto del cine japonés, estoy haciendo lo que puedo, lo que sé hacer. La expansión internacional de mis películas no deja de asombrarme. Esa es la magia del cine de la que se habla tantas veces. Que mis películas puedan afectar en otro país es magia. Eres uno de los directores más prolíficos del mundo. ¿Podemos hablar de un destajismo creativo al estilo mangaka? Es que yo no conozco una norma generalizada, no sé cómo lo hacen los demás. Hay quien se toma más tiempo para trabajar en sus películas, las reflexiona más, pero yo no funciono así. Para mí no hay reglas. Hay gente que necesita un tiempo mínimo y muy calculado para hacer una película. Yo trabajo a mi manera, y de momento estoy haciendo muchísimo cine cada año, al menos por comparación, pero para mí es la manera natural de trabajar, realmente no tengo conciencia de estar haciendo tanto. Mi propio estilo fija la periodicidad. Quizá sea algo momentáneo, de momento es así, pero viene de siempre. No sé, puede que en el futuro cambie el ritmo, a veces pienso que estaría bien centrarse en hacer una única película al año, pero por ahora no ha llegado ese momento. Puede que entonces me convierta en otro tipo de director. Entonces, damos por hecho que se trata de una urgencia artística, nunca de una actitud de workaholic Me gusta la elaboración del guión, me gusta el montaje…, pero yo empecé como ayudante de dirección y luego pasé a la dirección. Siempre he vivido en un rodaje. He pasado la vida en rodajes, y es algo que me encanta, que me divierte, es vivir la película día a día. Se trata más de una costumbre que otra cosa. En Francia se ha dado un pequeño debate cinéfilo sobre la clasificación de algunas de tus películas como “para mayores de 16 años”. ¿Te interesa para algo entrar en ese tipo de discusión? En Japón al menos no intervengo. Hay una organización que se dedica a catalogar y clasificar las películas y yo no quiero intervenir en sus criterios. Entiendo en cierto modo que ellos quieran clasificar mis películas, y tampoco me siento coartado o presionado al respecto. A veces, cuando era más joven, sí me sentía reprimido con esos conceptos e intentaba quebrarlos, pero ahora tengo un equilibrio con ese tema. Pero vaya, que puede que en el futuro, si mis películas son clasificadas por defecto como sólo para mayores de edad, acabe sintiéndome muy mal. Entonces entraré en ese debate, por ahora no me preocupa. Tu obra ejemplifica algo que cada vez se echa más de menos, en el cine y en cualquier ámbito: la impunidad del artista, el sentirse por encima incluso de la ética propia para hallar respuestas… Es que ha de ser así. El artista debe tener libertad absoluta. Debe expresarse y no dar ninguna explicación al respecto. Sólo expresarse. Con total libertad. No hay ética ni moral. Luego esa libertad la definirá el espectador, pero esa es otra libertad. La mirada del artista no tiene nada que ver con la mirada del espectador. El arte es la comunicación entre el creador y el receptor, libre de todo y juzgando a partir de ética y morales que pueden ser opuestas. ¿Qué es para ti estar loco? La locura es deseo. La locura es algo inherente, que está dentro de todos. Intentamos vivir ocultándola, puede que por sabiduría humana, pero el problema grave es que con el tiempo, cuando crecemos, olvidamos que tenemos dentro ese deseo, que estamos locos. La locura es algo tan natural y necesario como el amor. Puede que precisamente por eso la intentemos camuflar, para sobrevivir.

En SITGES 2003

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