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De Ballard se ha dicho que es un gran escritor que nunca ha escrito una gran novela. La afirmación es falaz. Ni siquiera es necesario acudir a El imperio del sol, su obra más aclamada popularmente, o a su espléndida continuación La bondad de las mujeres; su pieza maestra sigue siendo Crash, casi un poema iluminador que decodificaba la esencia de una especie basada en el desorden. Ballard es pues un buen escritor con, al menos, una gran novela. Una de las más importantes del siglo XX, ni más ni menos. Sí puede decirse, en todo caso, que se trata de uno de esos autores con presencia constante, de los que hay que valorar cada entrega como parte de un corpus único más que como obra aislada. Sean ensayos, artículos o textos de ficción, el interés se ha de centrar en que estamos ante un discurso concreto y exacto.

Como la anterior Noches de cocaína, Super-Cannes parece muy distante de aquellos magníficos relatos de ciencia-ficción con los que renovó el género, o de fábulas tremendas como La isla de cemento, pero bastan unas páginas para averiguar que tras esas formas de novela negra que se quieren -y se logran- asequibles a lectores de bestsellers está a punto de estallar de nuevo el Ballard filósofo, el observador de una civilización, como la de Rascacielos, que se reinventa desde la metáfora hiperrealista y que dispone las psicopatías controladas como terapia. En Super-Cannes el paisaje, de nuevo, ahora localizado en las colinas de la Riviera francesa, en el conglomerado multinacional Edén-Olimpia, se solidifica a nuestro alrededor y hay que permanecer atento para no perder la lucidez, para mantenerse en este juego distópico y asumir los riesgos de una animalidad que rabia pese a nuestro ego. Y en fin, esta reseña es innecesaria, basta decir que ha salido la nueva de Ballard.

En INTERZONA. Revista de drogas y cultura #4

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