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Los años ochenta fueron pródigos en un cine de horror italiano que aprovechó todas las posibilidades, tanto creativas como de producción y distribución, que la industria ofrecía al pícaro más desmañado. Un cine que podría defenderse como honesto en su entendimiento elemental del género, pero que sin duda fue piojoso por eso mismo. Películas derivadas de películas derivadas, exiguos filones ordeñados hasta el raquitismo, el morbo como razón de ser y la desvergüenza como rasgo constitutivo. Por eso y por mucho más nos interesa aquel cine, porque las más abominables infamias también son signos del sistema y merecen, en su defenestración, codearse con piezas nobles. La hija de Satanás, que pertenece a la primera categoría, está firmada en créditos por Alan W. Cools, seudónimo que oculta al destajista de casta Mario Bianchi, hijo de Roberto, hermano de Andrea y habitual de trazo grueso en subgéneros menores. El libreto de Gabrielle Crisanti y Piero Regnoli pretende narrar el advenimiento castigador de una mala mujer (Marina Hedman, más conocida en sus trabajos pornográficos como Marina Frajese o Marina Lotar) en un castillo donde vive su viudo (Aldo Sambrell), la hija de ambos, su cuñado paralítico, un criado supersticioso y una monja que hace las veces de ama de llaves y que no es otra que Mariangela Giordano, la mujer más maltratada de la serie Z italiana. Ella y la rediviva son probablemente el mayor reclamo de la cinta para los iniciados, y es que tampoco hay mucho más estímulo. La historia poeana de esposa muerta que podría inferirse de la sinopsis se queda en fijación mamaria y aspiraciones lésbicas, y elementos tan sugerentes sobre el papel como las mazmorras, la posesión, los rituales exorcistas, los sueños de opio o la masturbación monacal son lastrados por un guión que no merece tal nombre, una narración estática y repetitiva y una banda sonora (atribuida a un tal Nico Catanese) que de tan diegética se va de madre. La hija de Satanás, cuyos apenas setenta minutos de metraje sugieren una desaparecida versión hardcore, es al fin un soft que ni eso y el último de los subproductos de esa serie que se completa con Posesión de una adolescente, Crimen sin huella, Patrick vive ancora y Masacre Zombie (A.K.A. Las noches del terror). Un lote cafre e inmoral que haría pasar a su factótum, el también productor Gabrielle Crisante, a la diminuta historia de la demencia italiana.

Para QUATERMASS. Antología del cine fantástico italiano.

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