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La de Fletcher Hanks es una historia recóndita y singular. Dibujante de tercera en la Golden Age del comic-book yanqui, hoy es noticia gracias a la recuperación de su obra que ha hecho Paul Karasik, el mismo que con David Mazzucchelli adaptó al cómic La ciudad de cristal de Paul Auster. I Shall Destroy All the Civilized Planets! recoge historietas suyas de entre 1939 y 1941, protagonizadas por personajes como Stardust the Super Wizard, Fantomah: Mistery Woman of the Jungle o Buzz Crandall of the Space Patrol. Además del atractivo del comemierda (Karasik ha descubierto que el tipo era un mal bebedor, maltrataba a su mujer y se piró de casa tras robarle los ahorrillos a su hijo de 10 años, para morir tiempo después enfriado en la calle, con 90 a cuestas), su valor estriba en el magnetismo de su técnica, burda y mínima, estancada en el dibujo y demente en el color, en su recio sentido de la maravilla y en lo temprano de un delirio que parece anticiparse en tres décadas a la lisergia que nutriría cierto cómic europeo durante los 70. Ci-fi de derribo y aventuras selváticas que son, invariablemente, ejemplos de caos y punición de hálito mitológico. Los villanos son cándidos afanosos de oro y joyas que quieren devolver al mundo su cualidad salvaje, lo mismo invadiendo NY con 50.000 panteras que deteniendo la rotación terrestre. Abundan los bombardeos aéreos (estamos en plena Guerra Mundial) y los superpoderes son coyunturales rayos mentales, invisibilidad, teletransporte, telequinesia, laboratorios interplanetarios detectores del crimen y lo que haga falta. Pero lo mejor son los castigos que el héroe aplica al facineroso de turno: convertido en rata, atomizado o incluso, en colmo del sadismo, suspendido en el aire -porque sí, es una de las constantes- junto a los espectros de sus víctimas. En lo narratológico, el deus ex machina es norma, la inverosimilitud credo, el subtexto mensaje y cada viñeta un punch. Todo el poder del arte bruto y marginal en forma de cómic. Un fenómeno.

En VICE. Volumen 1, número 4.

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