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Granítico, marmóreo en su constitución pero de apabullante sonrisa dentada y gesto cínico, Coburn nació en 1928 en Laurel, Nebraska, hijo de un mecánico y una profesora de escuela. Crecido en California y pasado por el ejército, sus primeros pasos interpretativos fueron catódicos hasta que, cumplidos los treinta, debutó en el cine con un papelito en Ride Lonesome (Budd Boetticher, 1959). Su espaldarazo definitivo fue otro western, Los siete magníficos (John Sturges, 1960), y, tras más televisión (Klondike, Acapulco), su presencia de metro noventa camparía por títulos míticos como La gran evasión (Sturges, 1963), Charada (Stanley Donen, 1963) o Viento en las velas (Alexander Mackendrick, 1965). La gloria le llegaba mediados los sesenta y desde varios frentes. Uno fue la encarnación de Flint, agente secreto (Daniel Mann, 1966), un bond de formato canalla que volvería a lucir gadgets y clase en la secuela F de Flint (Gordon Douglas, 1967). El otro fue su encuentro con Sam Peckinpah, que haría de él mejor actor, a gritos, en Mayor Dundee (1965), Pat Garrett y Billy el Niño (1973) y La cruz de hierro (1977). Por entonces también fue Sam Spade para la tele, secundó a El luchador de un primerizo Walter Hill (1975) y trabajó con Leone (Agáchate, maldito, 1971) o Richard Brooks (Muerde la bala, 1975), antes de que el divorcio de su primera mujer le hiciera somatizar el dolor en forma de una artritis reumática que nos lo escatimó prácticamente (excepto trabajos de voz y algún papelito olvidable) hasta los noventa, en que volvería al ruedo tímidamente. Al final del siglo Paul Schrader le ofrecía en Affliction (1999) el grandísimo hijo de puta que le valdría su primer Oscar. Discípulo y amigo de Bruce Lee (con quien coescribió El círculo de hierroRichard Moore, 1977-), reflexivo de su trabajo, empeñado en mantener siempre su centro entre lo sublime y lo ridículo, defensor del actor sin ego y abanderado de lo minimal en lo interpretativo (“Si puedes hablar con una mirada, cállate.”), Coburn fallecía el 18 de noviembre de 2002 de un paro cardíaco, quedándose con las ganas de trabajar para Robert Altman, Oliver Stone o Woody Allen. Privándonos.

Para ROCKDELUX.

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