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Asuntos como el inconsciente relacional o el concepto de terceridad se combinan con la noción de La Guasa Pura y el eclipse cultural de España en las sesiones de psicoanálisis que sigue Carlo Hart. El genio creador de Sancho de Sánchez en las páginas de El Víbora y miembro fundador de Mal&Cia, portavoz último del absurdo y el esperpento en forma de tebeo, se nos encomienda en busca de alguna verdad.

¿Cuánto llevas psicoanalizándote? Cuatro años. A las puertas del nuevo milenio decidí que era el momento de actuar. Siempre me interesó el psicoanálisis, date cuenta que vengo de una familia donde la paranoia está muy bien vista. Mis padres me descubrieron de niño ojeando el Tótem y tabú de Freud. Debo confesar que no entendí nada, pero me gustaban tanto las fotos. ¡Toda aquella gente bailando sin control me emocionaba profundamente! ¿Se trata de autocontrol? Según mi psicoanalista, el insigne Dr. Juan Antonio Portuondo, la finalidad del psicoanálisis es muy modesta: la gente enferma porque no es capaz de ser quien es. En estos momentos, yo no soy Carlo, Carlo eres tú, y eso no está bien. ¿Y qué hay del azar, conviene obviarlo? Por supuesto. ¿Cómo pagas las sesiones? El psicoanálisis debe ser caro, forma parte del proceso terapéutico. El compromiso es curativo. Una de las razones por las que la sociedad está enferma es porque la gente ya no se compromete. ¿Lee tebeos tu psicoanalista? ¡Pues claro que no! El Dr. Portuondo vive instalado en una época anterior a la cultura popular. Piensa que nació en Cuba, en 1920, se psicoanalizó con uno de los discípulos de Anna Freud, trabajó con el famoso psicoanalista judío John Rossen. Es un personaje extraordinario. Ha escrito más de treinta libros, centenares de artículos, es doctor en medicina, en psiquiatría, en filosofía… ¿Tiene barba? Como todo psicoanalista de prestigio internacional lleva una barba blanca que supongo se quita cuando no trabaja. En abril de este año se me ocurrió enseñarle unos cinco o seis cuadernos relacionados con mi terapia, en los que yo escribía y dibujaba sobre lo que habíamos hablado en cada sesión. Le gustaron tanto que decidió organizar un seminario de un mes llamado Psicoanálisis grafico, en el que se analizaba la relación entre los mecanismos inconscientes y el proceso creativo, se proyectaban mis dibujos y los comentábamos para el respetable. ¿Qué patologías presentas? Una noche estaba hablando con una persona en un bar y de golpe aparecí en un banco público en la otra punta de la ciudad. Eran las seis de la mañana, habían transcurrido cinco horas de tiempo real, pero para mí fue apenas un instante. Al regresar al lugar en el que yo creía haber dejado a mi amigo, la nuca de un hombre con el que compartía vagón en el metro empezó a hablarme, balbuceaba. No pude entender lo que quería, pero estoy seguro de que era importante. ¿Hasta dónde llega tu indiferencia? Hasta allí al fondo, donde está aparcada esa moto. La especie humana está de prórroga, pero, ¿para qué? Una pregunta extraordinaria, suprahumana. Me recuerda a aquella canción de Mose Allison: “Desde que se acabó el mundo ya no salgo tanto como antes”. Cantémosla, sé que te la sabes. ¡Cantemos como hermanos! ¿Qué tendrá que ver el humor con todo esto? El humorista está en contra de toda forma de poder, dice lo que nadie se atreve, y la gente solo se ríe de lo verdadero. Y cuanto más elevada es la verdad que se pretende comunicar, más absurdo se vuelve el humor. Por eso yo soy un humorista absurdo. Desde el pozo miro y me río.

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