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En el porno de los noventa se da un desafecto acorde con los tiempos que se viven. Hipertecnificados que estamos. O será que cuando uno se hace mayor todo son rémoras y rezongos y cualquier tiempo pasado parece, como poco, más divertido. El caso es que hoy, a los que nacimos no hace aún treinta años, todo lo que suene lúdicamente ochentero nos retrotrae a nuestra adolescencia y nos solaza más que Internet o el clubbing. La música, la tele, los cómics, el porno de los ochenta… Cualquier resistencia es imposible y la reculada, de hecho, siempre apetece.

Piel de melocón tiene todos los ingredientes que definen mi primera década como pornófilo: argumentos atendibles, intuición cinematográfica, pubis sin rasurar, escasez de silicona y humor festivalero hasta el delirio. El sexo estaba implícito. Poca ginecología y mucho vodevil. Los señores siquiera se empeñaban en mancillar rostros (los más se derramaban a la salida de la vagina) y mujeronas de pelo moldeado cosificaban al macho, interesadas, como las que saben. La coyunda era como más natural, más costumbrista y mejor repartida; el jaleíto, el hecho en sí, primaba sobre los fetichismos.

Hoy, en esta década que vence ya mismo, minada de concreciones con definición digital y de más difíciles todavía, el porno sigue cumpliendo su función (tanto en la industria del entretenimiento como en el mundo de la sexualidad), pero revisar las andanzas de Peaches, el personaje protagonista de esta trilogía familiar, no deja de resultar una regresión tan entrañable como oxigenante. Y no voy a hablar ahora de la tremenda Tracey Adams, del volcánico Peter North o de porqué Ron Jeremy es un icono pop. Todo eso en la película.

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