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I WAS A TEENAGE QUINQUI

Perros callejeros, Navajeros, El pico… Hace veinticinco años España conoció el bum de lo que hoy llamamos cine quillo, películas que mostraban las vidas de chavalotes de arrabal como el Vaquilla o el Jaro. Desarraigados de una democracia bisoña que eran pasto de celuloide para asegurar éxitos de taquilla basados en la denuncia social y -a río revuelto- en la violencia y el sexo. Aquellas cintas eran a la vez espectáculo y actualidad, hablaban alto y claro de la delincuencia juvenil y lo hacían en forma de serie B, sin escatimar sensacionalismo y germinando desde la inconsciencia las semillas de un culto cinéfilo. Cuestiones formales que no eran más que las de un cine comercial sin complejos, hoy, además de funcionar como entretenimiento puro, nos parecen de lo más cool. Quizás en Perros callejeros no tenían a Isaac Hayes, pero bueno era el funky de lata antes de castizar la cuestión musical con Bordon 4 (Los últimos golpes del Torete), Burning (Navajeros) o Los Chichos (Yo, el Vaquilla). «Cuando íbamos a golfear por ahí siempre llevábamos su música puesta en los coches robados. Es más, a veces íbamos buscando un coche y si no tenía radiocasete pasábamos de él y nos buscábamos otro», cuenta el Vaquilla en su autobiografía.

Aquel cine fue ninguneado durante muchos años por una crítica que se creía afrancesada, pero hoy el programa Versión Española de La 2 lo reivindica y debate sobre él, los cineclubes más audaces reponen títulos, Estopa los homenajea en sus videoclips y hasta los modernitos del Apolo, sin saberlo, visten como el Butano, el Pepsicolo, el Corneta o el Fitipaldi. Se trata de una auténtica regresión cultural. Por fin sabemos reconocer que el cine español también ha tenido su blaxploitation. Y es que si Tarantino viera estas pelis se iba a hacer polvo.

DE CANES, PERRAS, TOROS Y VACAS

El fogonazo de salida para lo que hoy consideramos un subgénero de culto lo dio Perros callejeros en 1977. José Antonio de la Loma, hijo de militares, profesor de chicos marginales a finales de los cuarenta y experimentado director de géneros una década después (Metralleta Stein, El magnífico Tony Carrera, ¿Por qué seguir matando?), acudió al Tío Manolo, patriarca del conflictivo barrio de la Mina de Barcelona, para que le echase un cable con el reparto de una película que pretendía tratar el problema de los quinquis. Al cineasta le sedujo la vida de Juan José Moreno Cuenca, “El Vaquilla”, un golfo que desde niño se lo montaba de tirones, robos de coches, pequeños palos y atracos a mano armada. A los trece años “el vacuni” ya se había fugado de todos los reformatorios habidos y por haber. El Vaquilla no pudo protagonizar Perros callejeros por estar en prisión, «además como actor era negado. Para dar tirones y robar sí, para eso el mejor, pero como actor cero», añade de la Loma; así que uno de sus amigos, Ángel Fernández Franco, en la vida real “El Trompetilla” y desde entonces “El Torete”, sería el elegido para ponerse ante la cámara. Cinco semanas de rodaje y el estrellato: 167.445.759 millones de pesetas de recaudación, portada en Fotogramas, novelizaciones, docenas de artículos en todos los periódicos, dinero, fama… El Torete y el Vaquilla ya eran héroes (antihéroes, mejor) de una Transición tropezosa.

De la Loma siguió explotando la veta y pronto tuvo lista Perros callejeros 2: Busca y captura (1979), un ejercicio metalingüístico en el que el Torete decía aquello de: «¿Chicas? Las que quiero. No veas cómo se me dan. Y desde que hice la peli ya es demasiao, me esperan en la puerta con las bragas en la mano.» Los últimos golpes del Torete (1980) completó la trilogía y el asunto se salió de madre con la inevitable versión femenina: Perras callejeras (1985), una especie de buddy movie cañí, protagonizada por Sonia Martínez, presentadora de programas infantiles como Dabadabadá y 3,2,1, contacto, vetada por TVE por posar desnuda para Interviú. Ese mismo año, en busca de un nuevo taquillazo y de paso un posible indulto para el que ya era su amigo, De la Loma volvió a las andadas con Yo, el Vaquilla, en la que el preso narraba sus vicisitudes infantiles, y diez años después Tres días de libertad, la crónica de un permiso carcelario, cerraba tardía y desmañadamente el ciclo quillo de De la Loma.

DONDE OTROS PONEN LA CÁMARA ÉL PONE LOS HUEVOS

Eso lo dijo José Sacristán de Eloy de la Iglesia durante el homenaje que hace unos años le dedicó el Festival de San Sebastián. De la Iglesia fue otro de los realizadores que se ocupó en retratar la calle y su lenguaje en la gran pantalla, pero a diferencia de De la Loma, sus ánimos como cineasta eran siempre de “autor” y sus ideas políticas de izquierda. De la Iglesia estaba más interesado en el cine europeo que en el comercial norteamericano, lo cual no fue óbice para que sus películas fueran feroces y henchidas de sexo y violencia (La semana del asesino, Una gota de sangre para morir amando, La criatura). En Navajeros (1980), basada en hechos reales, narraba la historia de José Manuel Gómez “el Jaro”, un mangante de acción directa que aquí era encarnado por otro actor que no era tal: José Luis Manzano, desde entonces rostro emblemático del cine de quinquis. De la Iglesia volvió a infiltrarse en los bajos fondos con Colegas (1982), una cinta con Rosario y Antonio Flores sobre el paro y el tráfico de bebés; pero los iconos de su filmografía llegaron con El pico (1983) y su secuela (1984), dramas sobre la lacra de la heroína con apuntes para la reflexión que implicaban a la guardia civil, al tinglado político y al funcionariado de prisiones. Ambas fueron protagonizadas por Manzano, que repetiría con De la Iglesia en la inolvidable La estanquera de Vallecas (1986).

Otros directores como Gil Carretero con Chocolate (1979), Carlos Saura con Deprisa, deprisa (1980) o, más recientemente, Fernando León con Barrio (1998), también han tocado el tema del lumpen, pero la soberanía bífida del cine quillo se ha de otorgar sin discusión a José Antonio de la Loma y a Eloy de la Iglesia, cineastas dispares pero crudos y naturalistas los dos.

AQUELLOS CHICOS MALOS

Cuenta De la Loma que sus chicos «no supieron asimilar el éxito. En lugar de aprovecharlo para encauzar sus vidas y salir de la marginación se dejaron llevar. Yo hice lo que pude, pero se me morían de tres en tres. Siempre me quedó cierto resquemor por lo que quizá puse en sus manos y no supieron aprovechar». Y lo mismo ocurrió con los actores coyunturales de Eloy de la Iglesia. El Torete, José Luis Manzano, José Luis Fernández “el Pirri”, Sonia Martinez, Antonio Flores… Todos los protagonistas de aquellas películas, pese a haber saboreado el éxito o cuando menos cierta popularidad, boquearon de forma temprana a manos casi siempre de la heroína. Sólo el Vaquilla, ya cuarentón, sigue vivo y cumpliendo condena en Quatre Camins, redimiéndose de mil y un motines y fugas. Quizá sin conciencia de hasta qué punto él y los suyos son historia del cine español.

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