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Al dibujo del francés Joann Sfar le coleaba yo mismo hace un par de meses calificativos como anímico, variable, feísta a ratos y vivificante por lo general. El juicio venía a cuento de Pascin, la biografía figurada del pintor búlgaro Julius Mordecai Pincas (1885-1930), que fuera parte de la comunidad bohemia de Montparnasse a principios del XX y practicante de modalidades artísticas como la caricatura erótica. Pascin, ya lo dijimos, es un tebeo emotivo y espontáneo, en el que Sfar se deja mecer por sus apetencias, lo mismo como dibujante que como narrador, para resultar en un libro fragmentario y efímero como el pensamiento, pero que sugiere, página a página, la trascendencia y la permanencia de las ideas. Pascin fue publicado en Francia por entregas, entre 1997 y 2002. Aquí se editó hace unos meses en un álbum único que ahora se ve complementado con La java bleue (Ponent Mon) séptimo volumen original que en su traducción castellana se presenta como una suerte de epílogo violento y salvaje. Sfar, enmascarado en la existencia libertina y despreocupada de Pascin, desgrana el hecho creativo a través de la fisicidad, reflexionando sobre la sensualidad a la vez que la pone en página. Busca y encuentra palabras concretas a sus consideraciones sobre el dibujo, que para él es una necesidad vital como el agua o el respirar, y de pronto, al pasar página, ahí está la prueba de sus arrebatos, en una acuarela rocosa, en un retrato casual, robado, o en una gama de color que invoca la enfermedad. A Sfar la mano le va sola, como el diafragma, y eso supone que las ochenta páginas de La java bleue sean, a la vez que un modesto, caprichoso y subjetivo tratado sobre el arte, un dechado de sexo puro e impuro, una analogía poderosísima en la que el semen, la analidad, la suciedad biológica y el poder de las pasiones se encarnan en uno de los tebeos más estimulantes que este escribidor ha leído en tiempo.

En KISS COMIX #184

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