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Mi abuela María tiene un diente de oro como Madonna, una pata boba por la polio y es fan de Stephen King. Es de figura exigua y se desvanece a ojos vista, como corresponde a sus 84 años, y siempre que nos vemos me recuerda lo encantadoras que eran aquellas películas con Vincent Price en el museo de cera y en la casa Usher. Imagino que con sus amigas no puede hablar de esas cuestiones. Hoy me preguntaba si he visto esa de los zombis que dicen por “el radio” y le he contado que sí, que es una cosa fecunda y un lujo deportivo. Le explico lo de la chica con la ametralladora en la pierna y ensaya una boquita de piñón que no le sale ni de coña, pero le apunto que a ella igual le iba a parecer muy fantasiosa. Asiente resignada y vuelve a las novias muertas de Vincent Price, así, en fonético, castellanizando al titán, pero pronto rumia y se le ocurre que puede estar bien. “Ay, qué bonita tiene que ser, hijo mío. Una ametralladora en lugar de la bota esta. Cuánto me gustaría ver una película así…”

A mi abuela le pongo Babel, por ejemplo, y me envía a obrar a la playa, pero eso no va a ocurrir porque yo las cosas como Babel me las huelo y no las veo nunca. Y ahora creo que es por eso mismo que el público no se ha rendido del todo a Planet Terror, porque tenemos la cabeza llena de pájaros políticos y nos empeñamos en pisar en firme aunque todo sean arenas movedizas. Y como consecuencia de tanto buñuelo de viento insultándonos la inteligencia en el cine, se nos hace difícil entender que una película en la que se le implanta una metralleta en el muslo a una jamona sólo puede ser una GRAN PELÍCULA. Y se me ocurre, mientras en homenaje doméstico me entrego al tedio maravilloso de revisar todo Antonioni y mi abuela bosteza, que a ella la poliomielitis le alojó la niñez en la pierna para siempre, que siente la cría a cada paso y que por eso hoy es una tía con gusto y fundamento.

En CINEMANÍA #144

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