Marcos_Morán

Último martes de junio. Hay un señor repintando de amarillo el buzón delante de casa. Las cosas son bastante sencillas. Musiquei.

La ilustración se la he robado a Marcos Morán.

Sietemachos de España y de Gibraltar, asaltacaminos idealista durante tres temporadas pero por siempre, actor de carácter, de genio y de talla en cien mil producciones de teatro, cine y televisión. Félix Sancho Gracia (Madrid, 1936) lleva hoy cuarenta años casado, tiene tres hijos que lo han hecho abuelo y trabaja en el recital Versos bandoleros y canciones escondidas, que se estrena este verano en el Festival Internacional Rías Baixas de música, danza y teatro, iniciativa suya junto al productor Celestino Aranda y el director de escena Miguel Narros. Nos sentamos a entrevistarle pero se nos olvidó a mitad. Mierda, ni siquiera hablamos de Tonino Valerii

Sancho Gracia_Annie Girardot

Sancho, yo quería hablar contigo porque tú has sido uno de los hombres más guapos de España.

¿Yo?

Tú, claro.

Pintoresco.

No, no: guapo.

Pintoresco. Tú cuando vas con el coche por la carretera y de pronto ves un cartel que dice “Vista pintoresca”, suele indicar casi siempre la vista más bella, la más bonita. Pues eso. Yo soy pintoresco.

Vale. Y supongo que guapo no se es porque sí, que hay que saber serlo.

Para ser guapo hay que tener los pies sobre la tierra.

Estoy buscándote el mujeriego, tu fama.

¿Yo tengo fama de mujeriego?

No, es un anuncio.

Ah, pues no lo sabía, ja, ja, ja. Bueno, pues sí, no sé, están muy bien, las mujeres, ¿no?

Toma, claro.

Sí, son un elemento bastante importante en la vida, sí. Qué bellezas.

Vamos al principio, va. Tú naces en Madrid en 1936 y te van metiendo la familia en la cárcel.

Todos, estuvieron todos en el talego, unos más y unos menos. Estuvo uno de mis abuelos, el otro creo que no, y cuatro tíos. Y mi padre muerto en guerra.

Y entonces lo que queda de la familia se exilia a Uruguay, siendo tú muy niño.

Sí, yo tenía 12 o 13 años. Un país laico, estupendo, donde crecí, estudié, me peleé por primera vez… Follar no porque ya había follado.

¿Ya? Eras un crío espabilao.

Espabilao, sí. Y en el barco también follé, yendo para allá. Por pintoresco.

Allí estudias interpretación y vuelves a España en 1962.

Había venido antes a ver a mi abuela y a la familia, venía de vez en cuando y me quedaba uno o dos meses, hasta que en el 62 decidí irme a Estados Unidos, donde entonces vivía mi madre con mi hermana. Pero pasé primero por Madrid, donde me encontré con un amigo que me dijo que le acompañase a un ensayo de Calígula que estaba dirigiendo don José Tamayo. Fui allí, resulta que les hacía falta un tío para el personaje de Escipión y me contrataron. Debuté en el teatro romano de Mérida. Y aquí estoy.

Y pronto el cine, porque volvías sabiendo inglés, que sería una ventaja en aquella época de coproducciones.

Sí, entonces había mucha coproducción con Italia y con Estados Unidos. Y al rodarse en inglés, pues claro, trabajaba mucho. Se me requería no por actor sino por hablar la lengua. Hice un montón de pelis con los gringos.

La casa de las 1000 muñecas, por ejemplo, en 1967.

Esa era inglesa. Con Vincent Price, estupendo actor. La rodamos en Madrid, y recuerdo una escena en la Castellana, donde está la embajada alemana, que tiene una especie de minarete moro, árabe. Pues ahí, en ese paseo, rodamos una secuencia bastante larga en la que se suponía que yo estaba en Tánger, buscando…, no sé, no me acuerdo cómo era la historia de la película, que me habían quitado a mi mujer o no sé qué y me la querían meter de puta, y yo iba por allí buscándola y no sé qué hostias. Pues hicieron que aquello fuera Tánger, con el minarete al fondo, pero no repararon que en el contraplano ya no estaban los moros y que pasaba un autobús que decía “Quina San Clemente”. Cuando la estrenaron, a poco más rompen el cine.

Eso suena a contingencia a lo Jesús Franco, con quien también habías trabajado nada más llegar, en Vampiresas 1930.

¡De negra! Sí, sí, Jess Franco. Ahí salía yo haciendo de negra, en una orquesta. Con una actriz y cantante que murió muy joven, pobrecita, que se llamaba Mikaela.

Prima de Soledad Miranda, según tengo entendido.

Pues de eso no me acuerdo.

¿Con qué periodicidad se trabajaba entonces? Porque mi idea es que se daba un destajismo absoluto, un flujo constante de rodajes hasta que en 83 llega la Ley Miró y se carga la industria a favor de un cine de postín.

Pues sí, así fue. Estaba funcionando. Yo rodaba mucho, pero películas españolas más bien pocas. Joder, hay una que siempre que pueden la reponen, La ciudad no es para mí… Pero yo por regla general siempre trabajaba en coproducciones, por el inglés.

Y porque no tenías problema en darte hostias, en caerte del caballo cuando hiciera falta. Siempre has sido un actor muy físico.

Sí, me gustaba. Ahora me duele todo. (más…)

Nazario Luque (Castilleja del Campo, 1944) llegó a Barcelona en los primeros años 70 y se puso a dibujar unos tebeos muy pasados de vueltas cuando todavía era peligroso hacerlo. Instalado en un piso-comuna junto a varios sospechosos que conformarían la escena de una ciudad que todavía no estaba difunta, pasó de la autoedición a entregar historietas en docenas de revistas contraculturales y dio el pelotazo en las páginas de El Víbora, donde desarrollaría las aventuras de Anarcoma, detective hormonado, con tetas pero también un buen rabo. Autor de álbumes como Ali Babá y los 40 maricones, Turandot o Mujeres raras, escenógrafo, pintor fino y padrino verdadero del underground barcelonés, a la Casa de Cultura de su pueblo le pusieron su nombre pero luego se lo quitaron porque se reclamó para un político.

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Te iba a traer una botellita de fino pero me han dicho que hace años que no bebes nada.
Nada. Ni cerveza, ni vino ni nada. Lo dejé porque me bebía una botella de whisky todos los días, y era ya seguir y no hacer nada, de alcohólico casi sin techo, o pararlo.

Hubo una época en que todas las entrevistas las dabas borracho.

Hombre, claro, pero eso era pues porque estaba siempre borracho.

El alcohol no lo usabas para currar, entonces, como se había hecho mucho en la profesión.
No, no, lo usaba porque estaba enganchado y ya está, como el que se chutaba. Tenía dos borracheras cada día. Por la mañana bebía para quitarme la resaca, a mediodía ya estaba borracho, comía, dormía siesta y a las cinco me levantaba con resaca y a beber otra vez hasta que se me iba, me ponía bien y otra vez borracho a dormir. Era una dinámica un poco fea. Lo había intentado dejar varias veces y ésta última tuve éxito, en el ochenta y tantos, cuando empecé a pintar. Dejé de beber y dejé el cómic y me puse a pintar.

Aquellas acuarelas pacificadas… Y de pintar, pasas a escribir, ahora tus memorias.
Llevo año y medio o dos años con ellas. El problema que tengo es que de aquella etapa de borracheras guardo recuerdos muy inconexos. Tengo la ventaja de que siempre he escrito diarios, desde pequeño, y me sirve mucho de guía a la hora de rememorar, pero esa época de las borracheras es difícil. Me acuerdo, con el Camilo, que era demencial: cuando queríamos emborracharnos a tope nos íbamos al Tales, el bar éste al lado del ayuntamiento, que tenían absenta buena, el Pernod 69 que estaba prohibido en Francia, que tomaba la gente aquella y se volvían locos, y nos tomábamos unas cuantas y al salir de allí igual nos estábamos cuatro o cinco horas por ahí y al día siguiente la gente me decía que si había estado metiendo mano a no sé quién, o no sé cuántos, y yo no me acordaba de nada. Seguías funcionando pero sin memoria.

¿Y ahora, rememorando, sufres o lo estás pasando bien?

Sufro. Al escribir se sufre. Es difícil, escribir.

Pero tú habías escrito siempre, diarios, dices, pero también poemas y así.
Siempre. Y teatro y mis cosas. Siempre he escrito y he dibujado. Y cuando descubrí lo del cómic me pareció la forma perfecta para unir las dos aficiones. Escribía mis guiones y luego los dibujaba, era el formato ideal para expresarme. En las memorias estoy jugando a alternar la actualidad y el pasado. Había un escritor de teatro que me gustaba mucho, John Boynton Priestley, que hacía unos juegos de tiempo muy dramáticos, cambiando de lugar el segundo y el tercer acto, con lo cual tú veías las consecuencias y los fracasos antes que los sueños de los personajes. Ese cambio de estructuras me llegó muy dentro. Creo que puede ser interesante hablar en un capítulo de mis aventuras en el colegio de los Salesianos, con los curas, y a continuación de la actualidad, con los novios pakistaníes o lo que sea.

¿Tienes muchos novios o qué?
Afortunadamente, no tengo que salir a la calle con la edad que tengo. Otros salen a las saunas o a los bares para ligar, o por internet o lo que sea. Yo soy muy fiel; no a mi pareja, Alejandro, que ya llevo 35 años con él, sino a novios que conozco desde hace veinticinco o treinta años, que siguen viniendo por casa porque también los quiero. No tengo uno, ni dos, sino que tengo varios.

Pero no son chulos, son novios.
Novios, novios. La diferencia es que un chulo tiene una tarifa. Por mucho cariño y mucha historia, no deja de ser un tío que se gana la vida follando. Un novio, en cambio, es un tío que folla con otro porque quiere. Yo tengo amigos pakistaníes que vienen aquí una vez a la semana a follar conmigo y no follan con nadie más. O que están casados y follan con su mujer pero vienen, desde hace diez o doce años, porque les gusta follar con un tío. Tú puedes hacerle un regalo si quieres, pero al que le pagas un dinero es otra cosa, y tú sabes que él viene de estar con otro tío y que después de ti se va a ir con otro más. No es cosa que me preocupe, pero no es el mismo tipo de relación. Yo antes no conocía mucho el mundo de los chaperos, pero desde hace un tiempo viene por casa un chico que, bueno, muchas veces ni follamos siquiera, simplemente, pues si necesita algo se lo doy, y él está para aquí y para allá moviéndose, buscando. No es que yo le llame para que me haga un servicio, porque tampoco me hace mucha falta, ni a mi edad puedo dar ya tanto de mí. (más…)

Robert-Redford-in-Jeremiah-Johnson

Lo de Iñárritu debe de estar avergonzando a medio México pero el fenómeno también resulta interesante porque habla de otras cosas, del colosalismo como arte opresor, de la épica empresarial y de la urgencia de poesía que quiere atribuirse alguien sin más urgencia que la de clase.

El renacido se dice que está vacía pero es peor, está llena de nada. Se trata de una peli blanca atómica  que en lugar de Iñárritu podría haber hecho Apple. Lujo para las masas. Alto diseño a tu alcance pero carísimo a largo plazo porque el cable lo tiene corto. Cine programado para la obsolescencia, que es el momento en que nos damos cuenta de que grandeza y grandilocuencia eran términos contradictorios y que la poesía es un dios oculto, otra cosa, algo que a señores como este no les cabe en la cabeza.

El renacido, que se funda en una extrañeza de cámara para abrumar a escolapios, es la mejor película que va a hacer nunca Iñárritu y por tanto una de las peores que vamos a ver nunca, porque este señor con el jersey sobre los hombros es su propia víctima, alguien que cuanto mejor lo hace peor lo está haciendo, y no porque se trate de uno de esos directores sin voz sino por todo lo contrario, porque tiene firma y aplomo y un discurso de telenovela que hace usufructo de lo que en su barrio llaman desfavorecidos, que son aquellas personas a las que otras personas utilizan para sentirse mejores, más personas. La caridad católica de toda la vida, los indios ya se lo saben y se descojonan, para qué indignarse. Lo de Iñárritu es, de tan minúsculo, una pena muy grande.

En CINEMANÍA

3 womenEn el estupendo libro House of Psychotic Women, que toma su título de la película de Carlos Aured Los ojos azules de la muñeca rota, la ensayista canadiense Kier-La Janisse explora su complicada biografía utilizando como ganzúa el cine de mujeres trastornadas. Se aferra a la primera persona del singular y procede a narrarse a partir de un puñado de películas protagonizadas por locas del coño.

Fundadora de páginas web como Spectacular Optical o proyectos como el Miskatonic Institute of Horror Studies, además de articulista en revistas especializadas como Rue Morgue o Fangoria, Janisse sabe de sobra que el de terror, y por contacto todo el fantástico, es el cine más polisémico que existe. Limitarse a colocarlo en el portaobjetos del análisis académico o someterlo al plomizo ministerio de la crítica sería un desperdicio, por eso Janisse no solo conecta a su propia experiencia títulos del alcance sociológico de El ente o piezas de culto como Let’s Scare Jessica to Death sino que tiene la audacia de saltar de Ingmar Bergman a Lucio Fulci y es capaz de convocar a marginales como Doris Wishman, Andy Milligan o algún pope del eurotrash para relatar las anécdotas más significativas de su existencia como neurótica. Todo eludiendo a Freud y a Lacan para nunca perderse de vista.

Escribir es quemarse vivo, dejó escrito Blaise Cendrars. Escribir es consumirse pero también renacer de las propias cenizas. El arrojo de esta mujer es un soplo de aire fresco en el ámbito de la escritura cinematográfica, donde a menudo se olvida que escribir de cine ha de ser una excusa para escribir de todo lo demás. Y escribo esto con mucho cuidado porque tampoco quiero que suene como uno de esos pegoteros saludos de alcalde que afean las publicaciones con padrinazgo institucional, pero sí: escribir de cine es una oportunidad espléndida para hablar de cosas más importantes que el cine.

Dice Janisse que le da un poco de miedo el pensar que si alguien quisiera manipularla podría encontrar todas las instrucciones en su libro, y ante semejante compromiso con el cine, el analista más sagaz y el crítico más erudito (al fin y al cabo un chalado que se ha agenciado una estrella de sheriff) quedan reducidos a pobres diablos y a miserables policías de las películas. Somos lo que somos. Mequetrefes. Lean a Kier-La Janisse.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

Purple_Rose_CairoEscribo al cabo de la noticia en una redacción donde está prohibido fumar, una falta de humildad muy grande. Pero antes que aquí se prohibió fumar en la ficción, y es cuando reparamos en ese dato que todo se hace más terrorífico: primero se legisló el pensamiento.

En las últimas décadas la presencia del tabaco en el cine se ha ido reduciendo en respuesta a solicitudes de empresas preventivas, presiones de las siempre aberrantes asociaciones de padres y amonestaciones inerciales de la opinión pública que derivaron en el castigo de la propia industria, siempre presta a modificar sus calificaciones por edades -según soplase la moral consuetidunaria- afectando así al rendimiento comercial de las películas. Coartándolas antes de que existan. La maniobra, en la que se aliaban derechas e izquierdas, era sembrar el convencimiento en la masa para implantar la autocensura preventiva en los individuos. Confundir el sentido común con el común de los sentidos. Lo de siempre.

A finales de los 80, durante su famosa visita a San Sebastián, Bette Davis fumaba expansiva y avergonzada de su país, donde según nos contaba se había dejado de ser libre como se era en aquella ciudad tan bella que la acogía. Un par de años después Lucky Luke sustituía su pitillo por una espiga. Lucky Luke es un personaje belga pero no deja de ser un vaquero norteamericano, porque las prohibiciones empiezan siempre en ese país donde terminan las libertades de los demás. En un magnífico ensayo sobre el tabaco contenido en su libro Mata a tus ídolos, otro belga afincado en los Estados Unidos llamado Luc Sante resumía muy bien el espíritu norteamericano: vallar tu terreno, disparar a los intrusos y creer que las prestaciones sociales básicas pertenecen a quienes se las pueden permitir.

La prohibición del tabaco se ha naturalizado en nuestra vida civil, donde sin chistar y de un día para otro pasamos a fumar a la intemperie, siempre en nombre del progreso, de intereses vestidos de intenciones y de especulaciones en torno a una vida sana como si hubiera otra vida posible. Lo del no fumar fue el principio de todo.

Servirse de la ficción como propaganda y hacer de ella campo de pruebas para la tiranía ha sido una de las funciones del cine desde sus inicios, otra más, pero despreciar “el otro lado” como territorio para la resistencia no tiene perdón. Es inmoral seguir aceptando películas libres de humos, legisladas, asépticas y complacientes. Es urgente recuperar un cine en oposición, defensivo, autónomo de la realidad y a poder ser ajeno a nosotros mismos. Que nos moleste y nos haga toser y que no olvide la observación de Buñuel: que el cine puede ser un arma maravillosa y capaz de mucho peligro, siempre y cuando la maneje un espíritu libre. Cof, cof… Bajo a fumar antes de que suene el toque de queda.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

star wars
Aunque algunos me gustan mucho, sobre todo si sale Tom Cruise, tengo muy claro que los blockbusters pueden matar. Lo llevan en el nombre. Un blockbuster es una película acorazada, magnética y tentacular que no se anda con miramientos, un leviatán bíblico que emerge y aniquila todo a su alrededor, monopoliza la atención de los periodistas, rapta la imaginación de los niños, arrasa con la dieta de sus padres y vulgariza los sueños del planeta.

Todavía no he visto el tráiler de Star Wars. De hecho he sabido que existe solo porque varias personas me han hablado de su hartazgo. No puedo más, me han comentado. Estoy hasta los cojones, me han llegado a decir. Al parecer, la omnipresencia de la pieza es absoluta, la promoción gratuita y voluntaria del proletariado en las redes sociales se valora en cientos de millones de petrodólares y la exhibición de fuerza, nunca mejor dicho, está siendo apabullante. Mataría a John Williams con un serrucho oxidado, me confesaba un colega sumido en la desesperación.

A principios de los años 60, el departamento federal de justicia de los EE.UU. decretó que el sistema de estudios que había reinado en Hollywood estaba violando las leyes del libre mercado y obligó a cerrar muchos cines propiedad de las grandes productoras, abriendo así el camino a la producción independiente. Los grandes estudios respondieron subcontratándose para los pequeños, prestaron su intendencia, instalaciones y servicios de distribución a cambio de porcentajes. Lo atípico de la situación permitió que en su seno salieran adelante guiones poco antes tan improbables como el Grupo salvaje de Walon Green, mientras la escena independiente ponía en cabeza de la vanguardia una peli de porreros significativamente titulada Buscando mi destino. El cine, hasta el momento solo un negocio, empezaba a enfocarse como algo más. Se había desprendido de los peajes del mercado, conquistaba libertades y sus hombres trabajaban ahora como trabajan los artistas, es decir, sin trabajar, dejándose poseer por una historia y permitiéndose que les llevase a quién sabe dónde, nunca al revés. Pero la ilusión se desmoronaría en poco tiempo. Una generación emergente capitaneada por lobos con piel de cordero amamantados delante de la tele como Georges Lucas y Steven Spielberg, gente de poca vivencia, recuperarán ese modo de hacer películas que no es tanto hacerlas como diseñarlas, prefabricando obras de ingeniería faraónica que se volverán a querer, antes que nada, rentables. Y hasta ahora.

Yo el trailer de Star Wars no lo he visto pero sí he leído que la penúltima maniobra de la confederación Lucasfilms / Disney ha sido organizarle una proyección privada a un enfermo de cáncer que según los médicos se moría por ver la peli. Es decir, que se iba a morir antes de verla. J. J. Abrams, que por otra parte me parece un director de excelencia, ya habría concedido un deseo similar a otro moribundo que hace unos años cursó su último deseo de ver Star Trek antes de su lanzamiento. El muchacho fallecería días después de concedida la solicitud, abrochando de sentimentalismo una campaña publicitaria perfecta que hoy me lleva a preguntarme si todo este asunto de las galaxias no estará siendo ya un cáncer cultural y una metástasis y un demonio, y que cuánto mejor habría sido el mundo de no existir las cansinas tropas imperiales.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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