Al CerulloComo cinéfilo aficionado a la intrahistoria, cuando escucho cada mañana los helicópteros de las fuerzas del orden desplazándose sobre la urbe en su pantomima rutinaria de aspersión del miedo no puedo evitar un recuerdo para Al Cerullo, que me lleva a pensar que la vida en la ciudad cada vez se parece más a una película, una de risa o una de terror, tal vez una distopía de ciencia-ficción pocha.

Al Cerullo es como un viejo amigo para quienes acostumbran a chumarse enteros los créditos de las películas y en esa lectura van detectando afinidades, trazando vínculos y explicándose carreras silenciosas como la de nuestro amigo Al. Un porcentaje muy elevado, y nunca mejor dicho, de las escenas aéreas que vemos en pantalla se las debemos a este señor americano que lleva cerca de cuarenta años surcando los cielos para nosotros. Superman, Los Vengadores, Spiderman. Veinticinco mil horas de vuelo, más de trescientas películas, un centenar de series, publicidad, videoclips, documentales. Commando, Los caraconos, Staying Alive, incluso los peinados volátiles de Armas de mujer. Al Cerullo lo sobrevuela todo.

Hace tres noches, en arrebato de insomnio y familiaridad, le escribí para felicitarle por su trayectoria. Hoy a vuelta de correo tenía una invitación para dar un garbeo por encima de Manhattan.

Alzo la vista y saludo a este hombre que nos hace volar, que no ha muerto pero que está en los cielos porque vive por encima de nuestras posibilidades, coleando su pequeño helicóptero tuneado para la ficción.

En CINEMANÍA

jason_stathamSe rumorea que Jason Statham podría haber incluido en sus contratos una cláusula donde se estaría especificando que los sopapos a repartir por parte de su persona deberán guarnecerse siempre con un efecto de sonido concreto, distinto en volumen y particular en matices frente a los que puedan propinar el resto de intérpretes, que por su parte siempre actuarán en defensa propia.

En el aparatoso cine de acción de nuestros días hay que poner mucho oído para percibir las pequeñas cosas, por eso el sonido de los puñetazos, que en la vida real suenan a estropicio, en las películas se recrea reproduciendo el guantazo en la palma de la mano, golpeando un buen bistec contra el canto de una mesa o dándole una somanta a un sillón de cuero viejo con un manojo de apios frescos.

Ahora, fuentes no del todo fiables pero sin duda entusiastas apuntan que Statham, que reniega de la pantalla verde y lleva tiempo reivindicando una categoría en los Oscar para los especialistas que se parten la cara en las escenas de acción aunque él en la vida real lleva guardaespaldas porque no quiere líos, habría dado con una novedosa receta sonora para singularizar sus hostias. Lo que parece estar claro es que mientras las del resto suenan normal, las suyas suenan fino, mejor entonadas, tienen una fonética más completa y esto se debe sobre todo a que es británico, a que las pronuncia, por tanto, en profundidad, y a que las suelta como una firma en el aire, trazando un aroma cinético y poniéndote en la cara un toque de distinción. Lo que se dice un gentleman. Sea como sea, qué bien siempre Statham.

En CINEMANÍA

Gone GirlCuando un personaje cumple años en una película modesta se le canta que es un muchacho excelente y que siempre lo será, y se resuelve así la efeméride por imposición presupuestaría, ya que el “Cumpleaños feliz” de las hermanas Hill está bajo registro y hay que apoquinar cada vez que suena. Tal vez ocurre algo parecido con Internet, un medio que se lleva de pena con el cine y que ha relevado al cacharro trapisóndico de los microfilmes y la visita a la biblioteca ominosa con una búsqueda en el portátil, recurso que en pantalla da muy soso, que no hace atmósfera y que canta a escena de tránsito se mire como se mire.

La cosa está de esta manera: si una película no tiene un chavo tendrá que inventarse un buscador peregrino que costará un pellizco, el del diseñador que deba recrear esa web que, por sobria que sea, nos chirriará como cuando uno entra a un bar y pide “un refresco de cola”, a sabiendas de que opciones sólo hay dos y que el resto es aguachirle. Si en cambio se trata de un thriller con posibles, de esos que se quieren verosímiles en las minucias (una maniobra narrativa muy artera que legitima el irse luego de madre en lo capital), la investigación va a empezar siempre en Google. Es el caso de esa simpática y petarda serie zeta vestida de seda que es Perdida, por poner un ejemplo reciente que habría podido amplificar su discurso si a Ben Affleck le hubieran saltado a la vista unos pop ups para encontrar chicas de su ciudad.

Me pregunto cuánto va a durar este absurdo y dictamino que en adelante todo el cine sea de época. Que paren máquinas. ¡No nos representan!

En CINEMANÍA

Robin WilliamsEn la muerte de Robin Williams hemos podido leer no sólo las necrológicas habituales sino una sarta de cruces y reflexiones ante la circunstancia. ¿Cómo entender el suicidio de alguien con éxito, dinero, fama y reconocimiento?, se preguntaban los editorialistas demócrata-cristianos. Y a continuación listaban adicciones, depresiones por diagnosticar e incluso impelían a “salir del armario” a los famosos con problemas psiquiátricos. Para dar ejemplo. Esto yo lo he leído este verano.

Robin Williams siempre me provocó rechazo. Su trabajo, ya fuera en el drama o en la comedia, me parecía sombrío y esquinado, su presencia me provocaba náuseas. Eso no quita que pudiera comprender las dimensiones de su talento y que hoy me parezca todo mucho más sencillo: que la materia prima de un cómico es la tragedia, un material que cuando se pule con ahínco se puede ir de las manos. Como esa pastilla de jabón con la que luego alguien va a partirse la crisma.

El morbo y la inquietud que supone una defunción inesperada, sumado a la imbecilidad que asola a la prensa todo el año y crece en agosto, ha puesto a buscar causas y razones a esos plumíferos que en sus tribunas han determinado, sin más, que es que no prestamos la atención debida a las enfermedades mentales, que en su catálogo son todas y más, incluidas la tristeza, la melancolía, la lucidez o la angustia existencial. Un minuto de silencio habría bastado para recordar que los grandes cómicos, la mayor parte del tiempo, ríen por no llorar.

En CINEMANÍA

Max LinderAntes de despachar su Napoleón (1927), Abel Gance realizó una fabulosa película donde, entre otras ocurrencias, Max Linder intentaba envenenar a una serpiente. Envenenar a una víbora. Pensemos en ello.

El castillo de los fantasmas (Au secours!, 1924) era y es un cortometraje oscilante entre el humor y el espanto en el que el cómico aceptaba la apuesta de un club de caballeros consistente en pasar una hora antes de la medianoche en una mansión encantada, una idea del propio Linder que sirvió a Gance para poner en escena trucos de cámara y de revelado y un sinfín de ocurrencias de escenografía que daban pie a gags grotescos y metalingüísticos, pero también pavorosos y muy inquietantes desde la perspectiva del tiempo.

Al cine mudo, que a veces miramos con esa condescendencia estúpida de hombres del futuro, parece que le falta el sonido pero en realidad es al resto del cine al que le falta lo que tiene el cine mudo, que es una cualidad esotérica que no se percibe ni en los códices polvorientos, ni en los viejos discos de pizarra ni en los lugares en ruinas. El cine mudo, que se rodó siempre sin prisas (a 16 o 20 fotogramas por segundo), es todo un espectáculo y lo es porque a nuestros ojos no puede ser realista, de algún modo ha dejado de serlo, lo cual es una virtud porque el realismo niega en su misma razón de ser todo idealismo. Rodado, además, en una época en que la industria de los sueños empezaba a erigir sus mitologías, aquel cine desvaído, discreto, un poco vestido de etiqueta y un poco ausente pese a que, como los recuerdos, siempre está ahí agazapado en relativo silencio, esconde fascinantes historias intestinas y tragedias a todo color.

En El castillo de los fantasmas, sin ir más lejos, el protagonista mantenía el tipo hasta el último minuto, cuando en llamada telefónica su prometida le comunicaba que estaba siendo acosada en su propia cama por un monstruo. Linder caía en la mezquina trampa de su contrincante, pulsaba el botón de emergencia y con ello perdía la apuesta.

Un año después, en la noche de difuntos de 1925, atormentado como tantos grandes cómicos y, en su caso particular, neurasténico y víctima de una severa depresión tras su paso por la Primera Guerra Mundial, el Linder de carne y huesos amanecía desangrado en la habitación de un hotel de París junto a su esposa en la vida real, con quien al parecer tenía un pacto de suicidio.

Se cuenta que entre la última correspondencia enviada a su familia, el que fuera primer rey de la comedia había escrito que creía haberse casado con un ángel pero que en realidad lo había hecho con un monstruo. Y es en estas pequeñas informaciones donde el cine mudo se hace incandescente y entendemos que hombres como aquellos también fueron, como no podía ser de otra manera, personas modernas como nosotros.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

sorcererAl cine en casa hay quien lo llama también cine planetario. La compresión del espacio y el tiempo, la democratización de la cultura, la revolución digital, el mundo pantalla… Todo esto es palabrería que usa Gilles Lipovetsky, filósofo contemporáneo y francés, para explicar la sociedad occidental y sus anhelos y servidumbres tecnológicos. Muchos años antes, un colega suyo estadounidense, Lewis Mumford, nos había hablado de la megamáquina, una superestructura concentradora y organizativa de todas las fuerzas que rigen nuestra civilización. La megamáquina confunde por defecto ciencia y conocimiento y en su funcionamiento entraña la observancia estricta de las jerarquías sociales, políticas y económicas. Se trata de un ingenio colosal e intangible del que todos formamos parte y que alienta nuestro inexorable rumbo a peor.

Lipovetsky denomina hipercine al modo en que hoy confeccionamos y consumimos los relatos y se muestra optimista en cuanto a la proliferación de pantallas en nuestras vidas, básicamente porque, a su decir, el cine es emoción y siempre ha sabido adaptarse a todas las revoluciones tecnológicas. El suyo es un discurso subyugado al poder que representa la megamáquina, que omite matices y que no teme al colapso porque no cuestiona la irracionalidad de algunas transformaciones, sin ir más lejos la que implica el mundo digital, un espejo de narciso que el filósofo coreano Byung-Chul Han, otro invitado a la fiesta de la democracia, define como un camino seguro hacia la depresión porque en ella el otro desaparece, lo cual nos comporta la pérdida del eros y… ¡Ah, pero esto empieza a ser un tostón!

Lo que vengo a decir es que la tecnología es fabulosa como herramienta pero odiosa en su tiranía, y que un poco de resistencia siempre viene bien y que el cine donde mejor se mira es en la sala cálida como una vagina de paredes rojas y pasamanería dorada, un espacio psíquico ajeno al dominio del sol, que puede estar lleno o puede estar vacío y que intensificará la comedia y el terror si ha completado el aforo, que hará más misteriosa la liturgia si tiene telón, si atendemos los labios mayores de ese telón abriéndose que no deja de ser una tecnología textil que ya no se lleva porque tampoco hace falta, pero que hasta ahora venía muy bien para recordarnos que el cine no es el resultado de una tecnología exterior sino que es ella la que se debe al cine, o lo que es lo mismo: que son las novedades tecnológicas, cada una de ellas, quienes hasta ahora habían ido siendo conquistadas según las necesidades de la farsa. Nunca al revés.

Por mucho que se diga, las películas en casa o en el cacharrito son un diferido que lo ves y lo sientes pero que no estás viviendo, porque donde mejor se vive el cine es fuera de casa y de uno mismo, donde mejor se ve el cine es todavía en el cine, en esa pantalla que es siete veces más fuerte que tú, y esto no es una cuestión sentimental ni de costumbres sino de experiencia, que es la que nos ha enseñado que una de las claves que hacen del cine algo excepcional se localiza, también, en el pequeño desamparo que nos sobrevendrá cuando se enciendan las luces.

Y esto es lo que tendría que estar explicando la filosofía pero ya no se acuerda.

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

salamancaEn la primavera del año que viene se van a cumplir las bodas de plata de las famosas Conversaciones de Salamanca, un congreso promovido por lo que se llamaba Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, el IIEC. Allí se reunieron unos doscientos profesionales entre los que se contaban luminarias del nivel de Fernando Fernán Gómez, Basilio Martín Patino, Juan Antonio Bardem o un joven Carlos Saura, todos debatiendo en torno al aislamiento -no sólo del mundo sino de su propia realidad- que vivía el cine español de entonces, cansino y abundante en clichés, sainetes, recreaciones históricas y paparrucha folclórica muchas veces al servicio del régimen. Un cine, a decir de Bardem, “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”.

El espejo en que se miraban los nuevos cineastas de entonces era el neorrealismo italiano, pretendiendo que aquella tendencia era intercambiable a cualquier país y olvidando que el rodar en la calle y a caraperro eran modos un poco espontáneos que habían nacido de la necesidad, de la pérdida de infraestructura que había conllevado la guerra mundial. En España ocurre mucho, lo de mirarse fuera, pero es normal porque dentro nunca se ve nada claro, se vive a tientas.

El empeño y la obligación de cada nueva generación es matar al padre para encontrarse el timbre, pero en el afán de la juventud enseguida se confunde el ser uno su propio custodio con el caminar por la vida como se camina por un centro comercial, bajo luces artificiales que nos escatiman la sombra, un poco empanados y con los cascos puestos, cuando así se corre el peligro de no escuchar venir la propia ambulancia.

Una cosa es escupir lejos y otra muy distinta ser tonto de baba, esto hay que saberlo, y a partir de ahí es importante insistir en ese tiempo de arrogancia de la juventud, ser un poco insolente y un poco audaz, aplazar la responsabilidad y a los mayores primero ningunearlos para conquistar en ello nuestro derecho a rectificar… cuando sea demasiado tarde.

Luis García Berlanga, que en 1955 también estuvo en Salamanca promulgando que el cine español era una puta mierda, haría acto de contrición en sus memorias reconociendo que aquel congreso del que salieron todos tan contentos había sido uno de los mayores errores históricos de lo que hoy un parguela llamaría “nuestro cine”. Según él, las dichosas Conversaciones, que forzando las circunstancias acabaron por resultar influyentes en la industria, echaron por tierra para siempre la infraestructura profesional con que se había contado hasta entonces, dando paso “a las cosas del niño que se empeña en dar su mensaje, su discurso”.

Hoy es difícil determinar hasta dónde ha llegado el influjo de aquella reunión de niños pijos, legisladores que en su abrirse camino quisieron ser presa de contención de un cine popular que germinaba naturalmente en el seno de la sociedad, pero vuelta atrás tampoco hay.

El IIEC, que en su día perteneció –qué te parece- al Ministerio de Información y Turismo, bajó persiana a mediados de los 70 y sus actividades fueron transferidas a la Facultad de Ciencias de la Información…

“A mí me parece muy bien que se quiera ayudar a los jóvenes —remarcaba el director valenciano—, pero creo que es un error hacer leyes de cine. De cine y de lo que sea. No debería haber leyes”. Y a esto sólo hay una respuesta y está en hebreo: ¡amén!

Para el Festival Internacional de Cine de Gijón

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