la femme nikita

Entono un mea culpa porque me cuesta entender el cine excesivo y sensorial de estos tiempos: me aburro con Wanted, me la suda 300 e incluso el porno hiperbólico y gimnástico que se lleva me pone lo justo, acaso gomoso si estoy de buenas. Ya en los parques de atracciones tendí siempre al tren del terror o a la sala de los espejos deformantes mientras la montaña rusa me era prescindible, un extra si daba tiempo.

Del cine hipertrofiado de hoy en día se habla largo y tendido en el nuevo libro de Lipovetsky, La pantalla global, donde queda definido ese neospectador que necesita “flipar”, huir hacia delante; se trata el cine que viene, la multipantalla, la situación del relato y el actual “cine-mundo”, que es el modelo de cine transnacional pulido y edulcorado, el que juega una única carta que plazca a un público plural. Es un ensayo con muchos momentos discutibles y por eso mismo estimulante; tiene más de crónica que de tesis y a los que nos curtimos un tanto en el cine de barrio y un mucho en el VHS nos hace preguntarnos de qué sirve este cine de hoy que no exige nada y que es casi tan estúpido como el de los 80.

Si rastreo mi momento de inflexión creo que me quedé sopa en Matrix, hace ya, y desde entonces que cabeceo en el cine. No entiendo bien el porqué, ya que si acudo a títulos anteriores como Nikita, la de Luc Besson que luego estandarizarían los yanquis, otra vez me dejo raptar por esa banda sonora que prefigura la acción y por sus luces rebotadas y por el artificio tan a la vista. También me entusiasman las violentas coreografías asiáticas de toda la vida, gratuitas y hermosas, y como esteta me rindo el cine tedioso, sin trama que valga, y me entrego a los laberintos de sensualidad mental que proponen ciertos títulos remotos e insulares. No se trata, por tanto, de una actitud retrógrada, ni de buscar hondura o de rehuir los arquetipos y la superficialidad, porque siempre he creído que, bien dosificadas, las lecturas de baratijo oxigenan, limpian el organismo. Así que achaco mi desinterés a una mera cuestión de velocidad, puede que a un problema retiniano o de reflejos que se agrava con la edad. Y concluyo que Michael Bay tiene la culpa de todo. Y me cago en Michael Bay y en toda su estirpe porque ese tío fue el primero que no me dio tiempo a MIRAR.

En CINEMANÍA

heatPara mí todavía cursa el agosto. Estamos a mediados y hago escribir esta columna al dictado (como si fuera un columnista influyente y un tanto bisexual) mientras me visto para salir a ver la nueva de Michael Mann, Enemigos públicos, que puede que esté bien o puede que no, como ocurre siempre con Mann. La anterior suya, Miami Vice, no era mala película pero sí muy anodina y una pena. Collateral también era disfrutable, pero se le veía lo maniobrero, no era grande. El dilema sí era buena, si mal no recuerdo, pero recuerdo más bien poco.

Con Mann se trata de asumir sus debilidades estéticas y entenderlas como estilo y discurso, como hace él mismo consigo, pero a veces es mucho asumir. Mann tiene mano para los thrillers chill out, crepusculares en lo figurativo, tecnocráticos, lujuriosos en su diseño sónico, de actitud arquitectónica y todo eso que se dice siempre, que ya sabemos de él, pero no tiene sentido del humor. Ese es su problema. Puedo entenderle, y también sé que ahí está parte de su valía, en lo de “hacerse el mayor”. (Hace un tiempo Everet Burrell, técnico de efectos especiales, contaba en entrevista con El País un chiste recurrente en Hollywood: “Entras en una habitación donde están Michael Mann, Michael Bay y James Cameron. Tienes una pistola con dos balas. ¿A quién disparas? A Michael Mann. Dos veces. Para asegurarte de que está muerto”.)

Heat, especie de remake de Grupo salvaje, no ha dejado de ser su mejor película y como tal parece dispuesta a permanecer, quizás porque nació como piloto para una serie de televisión y eso implicaba que los personajes tuvieran su biblia. Allí, además, ofrecía lo que se espera siempre de él, que eche los restos en el delineado de la acción y que nos la vista un poco de tragedia, que para eso somos espectadores del siglo XXI, ávidos de violencia afrodisíaca pero necesitados de coartada.

Termino la columna y salgo de casa con ganas, sabiendo que Mann no es garante de nada pero reincidiendo en él cachondo perdido, rememorando la experiencia de Heat como se recuerda un polvazo eventual e idealizado en el tiempo. Veremos.

En CINEMANÍA

l'aldila

Lo mío para con el terror barato y grosero es una feligresía. Me gustan muchísimo los jornaleros del terror italiano y defiendo con la boca grande sinvergonzonerías tales como un cine de desventrar mujeres, por ejemplo y por provocar, porque entiendo, sin ir más lejos, que a un espectador adolescente puede serle útil y catártico en sus primeros enfrentamientos psicológicos con la feminidad.

Podemos hablar de Lucio Fulci, por ejemplo. Debemos. Fulci cuestiona “el pacto”, nuestros fundamentos sociales, simbólicos, éticos y etcétera, como hizo siempre el cine de terror, poniéndolos en riesgo, soltándole a la vida un perro rabioso, plantando minas. Pero el valor de su cine es muy específico y tiene que ver con sus carencias, y se encuentra exactamente en la particularidad de que no repone esos fundamentos. En que, a diferencia del cine de terror corriente, y en parentela con viejos grandes relatos que no sé citar, no nos devuelve el orden tras subvertirlo. Porque no sabe. Fulci concentra su talento, un tanto precario y decididamente desilusionado, en algún lugar pre narrativo, en el trastorno per se. Y el tío se da tanto en esa intención, le agota hasta tal punto ese esfuerzo, que después no le quedan arrestos para restablecernos la realidad. Alguna vez he sostenido que el cine de Fulci, más que terror, era horror. Por lo de la exposición, supongo, ahora no lo sé bien. En Fulci siempre tiene más fuerza una astilla, tosca por definición, que el tronco robusto del género, y es por eso que su cine nos devuelve al mundo ansiosos, descabezados, saciados pero insatisfechos, extraviados todavía y por un tiempo tras la experiencia.

Así nos ha hecho suyos a unos cuantos, Fulci, un hombre que, me da la impresión, se sobrevivió a sí mismo, se transigió, aparcó sus deseos en no sé qué momento dado. Le recuerdo caminando por la playa de Sitges, afligido, poco antes de morir…

Miro el último cine italiano de terror (eso de Imago Mortis) y echo de menos a Fulci, lo mismo que antes le echaba de más.

En CINEMANÍA

ivory-snow

En El otro Hollywood, libro recién editado por EsPop que ustedes todos deberían adquirir sin pensarlo, la recién finada Marilyn Chambers confesaba que lo que siempre había deseado era ser Ann-Margret.

Marilyn Chambers nunca tuvo suerte en el cine convencional aunque en 1977 llegó a protagonizar Rabia, hoy un clásico que entonces la presentó monísima y adecuada en su papel de damnificado y monstruo sufriente. El porqué no se la coronó siquiera como scream queen después de aquello tiene algo que ver con la sofisticación de David Cronenberg, cuyo talento enorme venció siempre los géneros, pero sobre todo responde a que para entonces ya nos habíamos zurrado la sardina a la salud de la chica en Tras la puerta verde, y a la scream queen, es bien sabido, se le requieren dotes de novicia. Así de pedorro es el hombre varón. Tampoco habría cambiado nada, porque el de reina del grito es un título evanescente y por cada Jamie Lee Curtis hay mil muchachas que nunca fueron más allá, pero sonaba mejor que el porno, negocio en el que Marilyn encajó al ponerse de moda el panfilismo de Cybill Sheperd, el look vecinal y corriente, de presa fácil.

Buscar modelos es una delación de debilidad en que jamás incurren las hembras ambiciosas, que antes que pensarse otra mujer, la neutralizan. Marilyn se fijó en Ann-Margret sin saber que Ann-Margret ni siquiera era pelirroja, que era de bote. Y en esa aspiración fue tirando, sin prever que lo de desearse otra se acentúa entre actrices porno, que se saben deseadas de manera eventual por todo lo contrario, cuando creemos advertir que por un instante anulan al resto de hembras del mundo, cuando sus interpretaciones parecen aunar toda la voracidad del imperio femenino, aunque no es más que un delirio erótico nuestro, un deseo que raramente cristaliza en platonismo, correspondencia amorosa o acoso.

Escuchando la cara B de su single Benihana, que se titula So I Cried a Little Bit, pienso que Marilyn siempre me pareció una muchacha infeliz y que quizás por eso la quise bastante a mi manera, de un modo piadoso, que es como se quiere a las actrices porno mientras se la mete otro. D.E.P.

En CINEMANÍA

vivalamuerte

Tengo la columna contenta porque acaba de editarse en DVD la filmografía completa de uno de mis más queridos exiliados, el sátrapa que escribió que sólo le sería posible creer en un dios que pudiera bailar y tantas otras cosas sensatas y bien escritas.

Fernando Arrabal está reconocido en su medida extraordinaria como escritor y dramaturgo pero se le suele ningunear como cineasta, se le olvida, cuando él mismo deja claro que el cine es él y que antes de él sólo Buñuel, Fellini y otros pocos de la cuerda lograron hacer algo que acaso podría llamarse protocine. Ahí estamos.

El cine de Arrabal es un cine meditado pero natural, que, como la poesía auténtica, más que construirse, emerge. Un cine de imágenes, de republicanos resistentes, enanos que eyaculan en los labios de la virgen y pietàs abundantes, porque es un cine obispal y rendido a la blasfemia, aunque igual puede verse sentado en una cátedra que defecando a contraluz en un desierto. Se trata de un cine drogado de tropos, metáforas y alegorías de las que deberían poblar siempre la geografía de las películas, y es también un cine de buscar al padre que Arrabal perdió a manos de los militares, pero nunca un cine tan ordinario como para limitarse al ajuste de cuentas, y así deriva todo el rato en lo que viene a llamarse joie de vivre y sentido común, que no es lo mismo que el común de los sentidos.

A nuestra mirada colonizada quizás le cueste desentrañarlo porque es un cine polisémico, pero al fin son películas que siempre nutren al espectador o, en el peor de los casos, lo enferman, para en la digestión regenerarlo purificado. El cine de Arrabal se omite mucho porque películas como Viva la muerte eran imposibles en la España de 1971, y la España de hoy quizás no sea tan distinta a la de entonces. Como sea, quiero dar gracias públicas a Cameo por editar este cofre de siete piezas preciosas, atractivos extras, peuvepé competente y alimento espiritual como para acabar con el clero todo.

En CINEMANÍA

vulvaMe obsequian, los señores de Vivaeros, con una muestra de Vulva Original, que más que como perfume se presenta como entretiempo olfativo y como capricho específico. Vulva es fragancia de vagina compuesta de miristrato de isopropilo, agüita clara, farnesol (un bacteriostático) y algún tipo de destilado al que llaman discretamente “aroma”, que imagino será el principio activo. La idea es perfumarse la tabaquera anatómica (ese hueco próximo a la muñeca donde se depositaba el rapé antes de esnifarlo) y a partir de ahí salpimentar los días y las horas y hacer del gris, gris marengo.Vulva es una fragancia plana, que no acaba de templarse y claramente apócrifa. Se aproxima pero no llega y la primera impresión que nos despierta es que todo coño es irrepetible, irreproducible y efímero. Para ser honesto he de decir que huele un poco a horcate, a correa quemada de moticultor, puede que a orín equino; que con suerte nos traerá una noción de infancia, un recuerdo de genitalidad y desaseo, poco más. Pero tampoco nos precipitemos, puede que no sea un fracaso: como todo perfume, Vulva actuará en consonancia a la química corporal del usuario, y si el usuario está muy dispuesto a eclipsar cualquier coño real de su memoria y asimilar la mentira, quizás será capaz de enfatizar masturbaciones austeras y en un momento dado implantar ilusiones románticas, acaso evocar hechos que jamás se dieron y un poco nublar el criterio. A un ayuno de meses puede incluso que lo confunda sin demasiada dificultad. El erotismo, al fin y al cabo, es un invento del hombre, y asistirlo es cosa de cada uno. A mí, no puedo evitarlo, me llena de júbilo que tal cosa exista.

Aunque sublimados, hablamos de coños, así que el asunto requiere una inversión, en este caso de euros (19,90 por 2ml), pagaderos en esta dirección.

En Kiss Comix

cloe3

Esta mañana, rondando la sección de ultramarinos, he recordado que en una ocasión doblé a Vin Diesel. Fue el colega Nando Salvá, trabajando para Días de cine, quien me pidió que le pusiera voz a tal mariconazo. La remembranza ha tenido algo de anclaje, porque, por azares, llevo lo que va de año sumido en maelstroms y ficciones marinas. Lo empecé leyendo con gusto Benito Cereno, el relato sostenido y maestro de Melville; a continuación devoré los nueve tomos de Maiwai, un manga febril y delirante de Minetarô Mochizuki sobre piratas contemporáneos (atrevidísimo, audaz, cosa fina); anoche estuve viendo Encuentros en el fin del mundo, el documental de Herzog sobre la Antártida, ligero pero minado de apuntes existencialistas, como siempre en Herzog, y ahora buceo a pulmón libre en un libro de crónica titulado Mares sin ley, sobre el caos y la delincuencia en los océanos del mundo. Me lo paso bien.

Hablando de ficción, en su libro Misterio, emoción y riesgo, Fernando Savater escribe que el mar de antes es un poco lo que hoy el espacio interplanetario, y que quien volvía del mar traía siempre algo nuevo que contar, maravilloso o terrible. La aventura sin horizonte me presta mucho más que cualquier otra, supongo que porque el mar es una promesa de insondabilidad y una constatación de insignificancia. Dicen que cuando uno desembarca le tiemblan las piernas y percibe que la tierra firme se balancease, porque se conoce que en el mar está nuestra cuna. “¡Hombre libre, tú siempre amarás la mar!” dejó escrito un poeta afectado, y otro aún más cursi anotó: “El mar, el mar, y no pensar en nada…”

Creo que nunca llegué a ver la emisión televisiva del reportaje sobre Vin Diesel, pero hoy, mientras sostenía un filete de tintorera, me ha sobrevenido ese recuerdo remoto. Una cosa proustiana. No tiene mérito alguno: conozco a un tío que se pasó por la piedra –o se dejó pasar- a Chloe Sevigny, y eso, aunque terrenal del todo, sí que es viril y bonito de contar. Ya en casa, embarazado de realidad, he puesto a descargar Master & Commander, que nunca he visto y que me han dicho que estaba bien.

En CINEMANÍA #162

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Desde que en 1981 zarpase en las páginas de Love & Rockets, la saga llamada Locas de Jaime Hernandez, sobre un puñado de gentes humanas en cohabitación, despecho y sentir, ha ido creciendo, depurándose y situándose muy por encima de cualquier cómic coetáneo a la vez que dignificaba el género del culebrón sin desvirtuarlo nunca, aplicándole rudimentos que a mí me gusta emparentar con los melodramas de Buñuel en México (toda esa pasión), las dosis pertinentes y finas de intriga y macabrismo y una glosa del alma humana que ya quisiera para sí –hay que decirlo- mucha de la literatura llamada tal. Aquí encarta otro tópico que es a la vez cursilada: los personajes de Jaime Hernandez son personajes pero están vivos. Y eso se ve muy bien en este libro en que las esperanzas, el arrojo y la impunidad de la juventud han empezado a remitir o a pasar factura en Hopey, Maggie, Doyle y el resto. Las chicas se están haciendo mayores o quizás lo son ya, aunque no se quieran. Es verdad que nadie dibuja coches peor que Jaime Hernandez, pero tampoco nadie es tan buen fisonomista y un anatomista tan esforzado, nadie mide y reparte tan bien el trazo y los negros, con tanta discreción (porque Jaime parece no tener conciencia, o al menos no hace alarde, de ser uno de los mejores artistas del medio), y nadie narra con tal limpieza, tan diáfano y con tanta hondura. La educación de Hopey Glass se divide en dos partes diferenciadas, la primera atiende a Hopey integrándose en su nuevo trabajo de auxiliar de maestra y la segunda a Ray, ex de Maggie, pajareando alrededor de la bobita Viv, que está más rica que todas las cosas. Ambos los dos, Hopey y Ray, desnortados; y por medio ronda Angel de Tarzana, que es lo físico y lo rotundo, el ímpetu. Se mantiene la estructura de historietas cortas y fragmentarias que ha ido conformando la ya madura saga de las “locas” como un límpido puzzle de humanidad que el lector organizará en su cabeza, pero el libro es de tal altura que su lectura aislada es también posible y gozosa. Las revistas llamadas de tendencias suelen venir llenas de hipérboles y de frases hechas y no tienen credibilidad ninguna, pero, ya que esto no es una crítica sino una reseña sentida, voy a intentar transmitir mi entusiasmo: La educación de Hopey Glass es el mejor tebeo y puede que uno de los mejores libros no sólo del año pasado, sino del que viene. Y vale ya con el eufemismo de “novela gráfica”, por favor.

En VICE

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“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.”

Nietzsche


A este tío lo tenemos poco vindicado pero maldita la falta que le hace nuestra loa. Porque Clovis Trouille (1889-1975), maquillador de maniquíes en una fábrica de París y autodefinido como “pintor de domingo”, nunca negoció su gloria. Trouille negó toda moral burguesa, rechazó las imposturas de la religión y abogó por una sociedad “sin fronteras”, muy distinta a la que habitamos. Conquistó su libertad como disidente, alejándose de los círculos endogámicos y viciosos del gremio; vivió para pintar pero nunca pintó para vivir, consciente de que cualquier transacción podría coartar y alterar en algo su arte, y la idea de trascendencia o reconocimiento le trajo siempre sin cuidado. “Jamás he trabajado con vistas a obtener un gran premio en una bienal veneciana cualquiera, más bien lo he hecho para merecer diez años de cárcel; eso es lo que me parece de verdad estimulante.” Trouille, que reivindicó el arte como asunto mental y huyó de cualquier academia, fue un poco una dinamo para heterodoxos y rebeldes como los surrealistas, aunque él, como Artaud, creía que la realidad superaba cualquier surrealismo. Sin embargo, en alguna ocasión definió su pintura como verdadero SUPERREALISMO, al considerar que en sus lienzos creaba una realidad aún más verdadera, más intensa que la auténtica realidad. Bien mirado, algo de eso había si atendemos a sus técnicas: descontextualización y calco de fotos, collage, disposición desarticulada y subversiva de objetos y sujetos y un uso simbólico, vulgar y estridente del color y la luz. Con esos medios transmitió un anticlericalismo feroz, donde los violetas cardenalicios se encoñan con fragantes verdes, rojos y amarillos que en el poso de su grosería citan a Cézanne o a Gauguin.

Validado por estrellas como Dalí o Louis Aragon y emparentado en nuestro jardín de las delicias a otros gigantes plásticos como Otto Dix, Hans Bellmer, Félicien Rops, Magritte, De Chirico o Paul Delvaux, el mundo de Clovis Trouille suena a charanga de muertos, a orgía tremenda y a misa para Satán. Algo hermoso. Apunta Bernard Marcadé en uno de los artículos que hace de pórtico a este libro de glosa y reproducción que quizás el empleo cotidiano de Trouille con los maniquíes le proporcionó una mirada precisa sobre el erotismo, materia que al resto de humanos le suele ser invasiva y huidiza. Como fuera, su uso, abuso y enredo de estereotipos exóticos, utilería sadomasoquista y referencias pop dieron con un exuberante paganismo de lujuria, barbarie y misericordia.

Sabedor de la banalidad mundana, Trouille llegó a pintar sus propios funerales, y así, en su panteón abierto de par en par hizo morar a una monja sin hábito, de pezones torpederos y pubis cubierto por un murciélago, que fuma y habla por teléfono con mirada evocadora, mientras unas manos de uñas rojas emergen de la oscuridad para abrazarla lúbricamente. El uso habitual del velo se invierte para ensalzar la vanidad y la picardía de la religiosa, mientras a sus pies un orinal hace las veces de sagrario y un Cristo de bigotes dalinianos se carcajea desde el frontispicio. Sapos, reptiles y frailes rondan a sus anchas profanando el camposanto, electrificado por un vitalísimo rayo. A la izquierda del panteón de Clovis podemos ver la tumba de Lautréamont. A la derecha, la de Sacher-Masoch. Magnífico todo. Un respeto.

En Kiss Comix

guillaume_depardieu

He de reconocer que la muerte aún reciente del joker me fue indiferente y que para la de Paul Newman ya había hecho sitio, pero la de Guillaume Depardieu me ha molestado tanto como lo habría hecho, por un poner, la desaparición prematura hace unos años de Robert Downey Jr., que en algún momento, cuando parecía ir tentándola, se me llegó a antojar próxima.

A falta de ver todas sus películas, cosa que jamás haré, tengo noticia de que Depardieu, lampiño, tullido, somnoliento, de guapura desabrida, cargado de espaldas y a su pesar de linaje, participó en ponzoñas como aquella española del prozac y las dudas, supongo que por bajarse al moro y echarse unos vinos y puede que alguna latina al lomo, sin prejuicio artístico ni moral; en otras fungibles del tipo histórico, tan usuales en Francia y tan peripuestas, y en alguna extraordinaria como mi favorita suya, la afectadísima Pola X (Leos Carax, 1999), adaptación de una de las novelas más fascinantes que en el mundo son y han sido.

Pola X se recuerda porque tiene una escena de sexo explícito muy resultona en la que el hijísimo guerrea con la picha firme y candelaria sobre Yekaterina Golubeva, una rusa dispuesta a la que luego veríamos en aquel infundio llamado Twentyninepalms (Bruno Dumont, 2003), pero a mí me gusta en su conjunto porque es un melodrama encendido, templado con música de Scott Walker, en que un joven burgués baja en moto a los infiernos de su clase y de su consanguinidad, en un cauce turbio de genealogía, contaminado de parentescos y con desembocadura fatal.

En otra de las escenas de la película, Guillaume camina junto a una hilera de coches aparcados rompiendo todos y cada uno de los retrovisores de los vehículos, como un vándalo adolescente enrabiado con el mundo, gangrenado de ira, lleno de razón, y así es como vi yo siempre a ese chaval, incapaz de matar al padre para ser uno y susceptible ahora de convertirme en responso la columna.

Sólo unas líneas, en fin, para saludar su muerte. Gracias por todo, rubio.

En CINEMANÍA #159

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