LITERATURA


SarampionUna semana después de los atentados en el metro de Londres, Daniel Barbosa, ingeniero de caminos, canales y puertos, saca a su perra al descampado y se encuentra una mano anillada. De hecho, es el cánido quien da con la pieza, que viene como extensión de un antebrazo amputado con limpieza quirúrgica. Una apertura que amplifica a Lynch con tal descaro no presagiaba nada bueno, pero la línea de diálogo que puntúa la escena (“Este hombre está muerto”), antes de que Barbosa, con la verosimilitud por montera, suba a su apartamento y se nos escatime el miembro hasta media novela, sugiere vetas de humildad y sensatez que, en efecto, se transitarán a lo largo de la historia casi como reto estilístico, como estucado a una trama imposible y que en ningún momento pretende epatar porque sí. La novela, fechada hace un par de años y primera de su autor publicada en nuestro país, mantiene un interés argumental de bestseller aunque en verdad se erija en su extrañeza tonal y en la sólida construcción de los personajes, que, como el padre del ingeniero, no cesan en sus enigmáticas cantinelas: “Recibos en ocho, estudios en ele… no puedo respirar, no puedo respirar, no puedo respirar… estudios en ele…”, musita el viejo durante su afeitado, que se repite al menos tres veces a lo largo del libro. Para todos los misterios planteados habrá respuesta y todas serán sorprendentes e imbatibles en su tratamiento, sobrepasando la novela negra, el thriller y cualquier otro género al que en principio pretendiéramos adscribir la narración. En una de las escenas del último tercio, la perra de Barbosa lame cuatro gramos de cocaína sobre la mesa y el dueño iracundo reacciona metiéndole una cuchillada en el lomo que nos encarará a la coda final con los nervios crispados. Y a tomar por culo la bicicleta. Tal y como se prefigura en la alopática portada de Mondrian, que huye de lo tipográfico como de la peste negra, Sarampión logra niveles de lectura e interlineados tan nutridos (celebremos la brillante traducción de Adrián Troncoso) como para reconciliarnos con la novela ortodoxa de toda la vida, situando a Wollstonecraft entre los autores más estimulantes que nos hemos echado al coleto en tiempo.

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Leda y el cisne

Leda y el cisne es el único libro que se le conoce al húngaro Sandor Makarius (1769-18??), escritor aficionado y vividor de peripecia personal bien curiosa: regente de una confitería en Váci Utka, el corazón de Budapest, cuyo producto estrella era un dulce de mazapán que él publicitaba como “divino”, a Makarius se le sabía visitador frecuente del convento de clarisas situado al otro lado del Danubio, en las colinas de la ciudad, en teoría para ofrendar con sus productos a las religiosas. La voz popular, sin embargo, no dudó en poner en circulación una versión lúdica y descabellada que le atribuía un romance múltiple con todas y cada una de las monjas del monasterio, quienes a cambio de favores carnales y de un diezmo devoto y regular proveerían al restaurador del ingrediente secreto para sus afamados mazapanes: orín de novicia. Aún así (o quizás por eso) los dulces triunfaron durante varios años en la ciudad, y de alguna manera similar, aspirando a lo exquisito a partir de la ordinariez, Makarius construyó su libro. Leda y el cisne, que reinventa al estilo eslavo la leyenda griega del dios violador, se presentó en 1812 como “novela esotérica de interés semita”, pero antes de su publicación ya había logrado alborotar a la comunidad judía de Budapest que, alertada por la divulgación de la obra que el propio autor hacía desde el mostrador de su confitería, se apresuró a condenarla a priori y decretó a Makarius ciudadano indeseable. Un cachondeo que terminó con la quema del convento donde se le creía oculto, aunque más tarde se le descubriría exiliado en Austria y allí se perdería su pista en los albores de la Gran Guerra. La edición española de Leda es justita y tristona, traducida sin audacia del magyar (la única lengua que –dicen- merece el respeto del diablo), pero conserva sus valores y sorprende que una lectura contemporánea destile todavía tanta blasfemia. Pese a haber sido escrita antes de la constitución del Imperio Austrohúngaro, Leda y el cisne, de estructura clásica pero capaz de un asombroso juego de equivalencias con nuestro tiempo, nos lleva a diagnosticar, con la cabeza gacha y compungidos, que Makarius está vivo y colea como un salmón fresco, mientras nosotros, víctimas de la Revolución Industrial, morimos hace tiempo y va a ser por eso que apestamos. ¡Un gran libro, demonios!

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homosamplerEloy Fernández Porta, neologista de lo afterpop y simbionte de la llamada generación Nocilla (pijada mediática que, cual caldo gallego, no alimenta pero calienta el cuerpo), nos dará un disgusto un día porque en su literatura, tan preocupada por la urdimbre de la contemporaneidad, se expone al derrame cerebral y se diría, allá por las doscientas páginas de lectura (cuando el discurso se le ha encabronado y el lector está ya echando el bofe y ha tirado a tomar por culo el lápiz de subrayar), que lo sufre. Sufre el derrame pero, con un par, lo asimila y tira millas en su “no-ficción”. Eso está bien. Subtitulado “Tiempo y consumo en la Era Afterpop”, Homo Sampler es un ensayo tricéfalo acerca (y creo que cito) de este presente sin duración donde se nos ha hurtado el intervalo para meditar sobre la experiencia. Grosso modo, porque en realidad es más complejo, va de otras cosas, puede incluso que se trate de una hermenéutica del hoy a través de la cultura toda, o del zeitgeist, que se dice; y tiende a hilar fino, casi hasta la psicopatía. Es en esa sobreelaboración y en su tangencia con lo académico donde el asunto pierde algo de brío, aunque por momentos atrapa y en general se lee bien hasta que deja de hacerlo, sosteniéndose en el itinerario que no en el destino, que ni el autor sabe bien cuál es pero que da igual porque el libro se esfuerza en la humorada y se consigue, efectivamente, guasa pura, una cosa de hacer risa más ocupada en mantener la panorámica que en trazar alguna ecuación. (Un inciso: jamás escuchen a los exégetas del Porta, ¡son más brasas que los de Bukowski!) Entre sus logros me parece destacable la medición de la ironía, tan grave en el fondo como liviana en apariencia; tan hiriente sólo si el lector quiere y nunca crispante, lo que quizás responda a un equilibrio entre lo que se dice y el cómo se dice que esté haciendo de éste un libro bueno. El Porta está para que lo aten, pero como un cencerro, lo cual no hace sino sumar. Mola.

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filosofia de las corridas de toros

Hace unos meses se entrevistaba en estas mismas páginas a un torero retirado que se decía moralmente arrepentido de su tarea en los cosos. Aquello no era torero ni era nada, si acaso un mamarracho y un infeliz. Un impostor. Y de nuevo tiene que venir un guiri, en esta ocasión catedrático de Filosofía de la universidad de París, para recordarnos que el toreo es una escuela de sabiduría, que es arte desde el momento en que da forma –humana- a una materia bruta o al menos extraña como es la embestida del toro, equilibrando líneas y volúmenes “en tensión opuesta”; que crea belleza “con su contrario, el miedo a morir”, y que exhibe una realidad que “las demás artes sólo pueden soñar”. El espectáculo de la lidia, que es juego y es constante antropológica, es tan edificante como ver pasar a las mocitas, y eso un gabacho lo percibe, vaya si lo percibe. Wolff argumenta una desacreditación de los antitaurinos que parte de considerarlos antropocentristas que no se saben tales, inconscientes que se llaman “hombres” pero olvidan reconocerse “animales”, y que desde esa falta de humildad se erigen en animalistas y subordinan a su dictado a todas las especies, del paramecio al bonobo, del tripanosoma al podenco trotón. ¿Habría que impedirle al gato que deje de jugar con su presa herida antes de matarla?, cuestiona. Llevo apenas cien páginas leídas, gozadas línea a línea, pero lo que importa, sacudidos los meapilas, es que el libro es capaz de evocar, decodificándola en lo que cabe, toda la maravilla del toreo, toda la libertad de que es posible, la lealtad del combate, su grandeza ética y su victoria sobre lo imprevisible. Philosophie de la corrida (pues ese es su título original, sin especificidades) es una celebración desde el pensamiento y está dedicado “a quienes son ajenos al mundo de los toros, esperando que vislumbren la universalidad de un arte singular, y a todos los aficionados para que alcen la cabeza con su tesoro”. Bravo y olé.

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Lo primero que pasma de este libro es la pedrería, el titánico trabajo de confección que acusan los cientos, miles de entrevistas y declaraciones en que se erige; pero más deslumbrante acaba por ser su logro: una lectura adictiva que eclipsará cualquier rastro de los mimbres para hacernos disfrutar de una buena historia en la que se intuyen muchas, muchas más. ¿Qué tuvo que ver Francis Ford Coppola con la suicida Shauna Grant? ¿Y La matanza de Texas con Garganta profunda? ¿Cómo se gestó A Place Beyond, la primera película de Seka? ¿Qué relación hay entre la técnica feladora de Sharon Mitchell (quien, por cierto, se revela una tía tan sagaz como siempre la dedujimos viéndola follar) y el estilismo púbico de Vanessa del Rio? ¿Qué fue exactamente el Club 90?

Peter McNeil, autor del ya clásico Por favor, mátame! La historia oral del punk, recupera el hilván de voces como formato para dibujar la más completa panorámica posible de la industria pornográfica estadounidense. Desde los primeros escarceos nudistas en los años cincuenta hasta la irrupción del gonzo, a manos de Bruce Seven y John Stagliano, y el advenimiento de la “nueva carne” (por fin sabemos del cirujano detrás de tantos implantes mamarios desastrosos durante los noventa: ¡brea y plumas para el chiflado doctor Pearl de Idaho!) previo al final de todo, con la llegada al negocio de pedorras como Jenna Jameson. Entremedio, el giro crucial hacia el vídeo doméstico, la fundación y caprichos del Star System, el advenimiento del SIDA, la cocaína y otros excesos, las exigencias del guión, las fosas y las cumbres y los dimes y los diretes, de los gustos estrambóticos de Jamie Gillis a la superación personal de John Wayne Bobbitt o Pamela Anderson, personajes eventuales pero cruciales en el desarrollo de la industria.

Efectista y audaz en la narración, inteligentísimo tanto en la historiografía como en el rapto del lector, McNeil y sus colaboradores prestan especial atención a recodos morbosos como la masacre de Wonderland, propiciada por la decadencia de John Holmes, los pormenores de la infiltración de un par de agentes del FBI en una operación encubierta que debía desentrañar conexiones mafiosas, el parricidio de los hermanos Mitchell o el trágico final de Savannah. Historias bien sabidas por cualquier cinéfago pero nunca antes tan bien contadas. Todo ello en base a multitud de conversaciones con sus protagonistas, de costa a costa, que se logran un puzle vibrante y coral que a lo largo de setecientas páginas bascula con precisión entre la novela negra, la crónica de sociedad, la biografía global y el melodrama al punto.

El otro Hollywood es apéndice y al tiempo hermanastro del Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind, y como aquel es también un tratado de antropología, un zeitgeist cinematográfico bien definido por décadas y el retrato aproximado de un país entusiasta y en pañales como los USA. Se trata, sin duda, del mejor libro de cine de los últimos tiempos amén de un auténtico pasapáginas.

En KISS COMIX

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Consciente de que la memoria onírica se marchita con la vigilia, Federico Fellini mantuvo en vida dos volúmenes (entre 1960 y 1968 y entre 1973 y 1990) en los que transcribía regularmente sus sueños, reproduciendo escenas en sus característicos dibujos y anotándolos aquí y allá. “En mis sueños siempre me veo de espaldas, con pelo y delgado, como fui hace veinte o treinta años”, dice. Lo que tiene la actividad nocturna es que el movimiento libre y desarticulado delata deseos, ansiedades, frustraciones, miedos, fantasías, fijaciones estrambóticas y un gusto por la sinrazón que viene a enriquecer y colorear los días. En el caso de Fellini, cuyo imaginario tenemos todos presente gracias a su cine, estas visiones residuales e hipnagógicas (que son aquellas generadas y percibidas en el intervalo entre la vigilia y el sueño) suman a su obra valor poético, estético y dan alguna pista extraordinaria para la consideración psicológica de una personalidad exuberante, lúdica y vitalista como la suya. Así, en las páginas de este “oniricón”, que reproduce exactamente los dos volúmenes originales y luego anexa una traducción al inglés de los textos, atenderemos al cineasta follándose a su padre (que tiene vagina), a Pierre-Auguste Renoir cagando mientras se le prepara un baño caliente, a mujeres de clítoris hiperbólicos, y a escenas delirantes que involucran cocacolas envenenadas, sexo oral con Anita Ekberg en un tren (muchas locomotoras en el libro), eyaculaciones abundantes, serpientes gigantes, enanos, prostitutas que piden cartas de recomendación, mierda en la boca, la muerte frecuente de Giulietta Masina (quien también dará a luz un tiburón dorado), peligro de minas en la ciudad, una niña de seis años enterrada bajo una titánica estatua de piedra, el cadáver de José Luis de Vilallonga en una maleta, Ingmar Bergman criticándole al italiano el uso que hace de la música en sus películas, y otros cameos ilustres como los de Mastroianni o De Laurentiis. Aunque muchos de los sueños recogidos habían aparecido en publicaciones como Il Grifo o Dolce Vita, la totalidad del material, depositado en un cripta del banco Romano, no fue liberado hasta principios de este siglo, cuando se pudo acordar la presencia física de los seis herederos (dos Fellinis y cuatro Masinas) y llevarse a cabo los correspondientes atestados notariales, ya que una clausula especificaba que sólo en esas condiciones podría ser retirado. La edición de Rizzoli opta por el libro-objeto, pesa varios kilos y ofrece una reproducción incontestable. El precio también mola, pero es lo que hay.

En KISS COMIX

Escribir de cine tiene algo de literatura bastarda, como hacerlo de fútbol o de cocina. Leer de cine es otro cantar, a menudo un aventurarse en los páramos y volver embarrado y de vacío; con suerte, matar el hambre cuando lo que había era un buen apetito. Leer de cine resulta, a veces, más sufrido que el mismo escribir.

Dejando aparte las traducciones de algunos títulos estupendos -casi siempre de entrevistas con cineastas- y pese a las notables ediciones temáticas con que algunos festivales vienen a completar su oferta cultural, la mayor parte de libros de cine que se escribe en castellano tiende a la coyuntura, al academicismo brasa o a la base de datos insulsa, tan persistente como inútil en tiempos de unos y ceros. Literatura no son casi nunca. Cada vez son más caros de ver ensayos como los de Pere Gimferrer, piezas a la altura de Horacio Quiroga o loas tan sentidas y bien medidas como las de Fernando Savater. Por eso mismo no deja de ser una grata sorpresa el toparse en la sección de novedades con dos titanes como Pilar Pedraza y Agustí Villaronga, ella firmante de algunos de los mejores momentos góticos de nuestra literatura en títulos como Arcano Trece o La perra de Alejandría; él, sin duda, el director más atípico, libre y turbador de la cinematografía europea, responsable de películas como Tras el cristal, El mar o Aro Tolbukhin. Cada uno tan propiamente suyo y ambos los dos empacados en un mismo volumen.

El libro lo edita Akal en una colección dirigida por Francisco López Martín y en sus páginas la dama oscura saca a bailar al perro verde, y su danza habla del mal como enfermedad, entiende que no hay que disculpar a los creadores proporcionándoles coartadas “a posteriori” y sostiene que la transgresión es un derecho fundamental del arte. Y dice muchas más cosas de interés, todas a cuento del cine del mallorquín. Tiene unas magníficas portadas metalizadas que lo dificultan para el escaneado pero que dan una idea de su aquilatado, y lo traigo aquí sin más, porque quiero que conste y porque leer de cine, a veces, sí, es un gustazo.

En CINEMANÍA

Sadomaso, Hustler o Chic Video X son algunas de las revistas con las que José M. Ponce (1954) ha puesto color al quiosco nacional a lo largo de su carrera en prensa. Aunque quizá es mejor conocido como responsable del Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona en sus seis primeras ediciones. O como director de cine para adultos desde mediados de los ochenta. Impulsor de una crítica especializada en porno y de una industria autóctona hoy plenamente instaurada, poseedor de una mente rápida y precisa, fetichista y esteta, hablamos con él de su último libro, El destape nacional, que recorre una época en que tetas y pollas (más tetas que pollas) se erigieron en logro político.

«España era un disparate. Yo empiezo a trabajar en la radio en 1973, luego en Flashmen, una revista para tíos. Los medios vivían a salto de mata, pero había una serie de trucos de los que nos servíamos todos. En televisión, por ejemplo, había un censor residente. Asistía al montaje, pero cuando llegaba el momento de insertar los planos conflictivos, una secretaria hacía de gancho y le anunciaba una llamada en el despacho contiguo. Allí le hacían perder cinco o diez minutos que servían para colocar las convenientes imágenes de desnudo. En las revistas se pintaban bikinis sobre la piel de las chicas desnudas, se aprobaba en censura, se borraban los bikinis y se sacaba a kiosco con la chica en pelotas. Si lo descubrían, pues te secuestraban la tirada y no cobrabas, o incluso podían detenerte, ese era el riesgo. En la radio enviábamos partes de censura falsos por defecto, y así con todo.»

Recapitulemos. En 1961 Fraga, entidad irreductible desde que se remojase en las aguas mistéricas de Palomares, era nombrado ministro de Información y Turismo y proponía leyes más modernas en los criterios de censura cinematográfica. En 1975 se revisan las actas de censura y se contemplan los desnudos en el cine siempre que formen parte de la unidad de la película…

Sí, bueno, pero en realidad lo de Fraga fue una trampa, porque lo único que hacía era eliminar la censura previa. Hablamos de una época alucinante en que un diario, por ejemplo, tenía que pasar censura previa. Con esa ley dejaban la decisión final en manos del director o el editor, pero a sabiendas de que le podían meter un puro de la hostia. Multas, secuestros o incluso procesamientos. Era decir: vale, no vamos a controlar lo que publicas, pero si te metes con Franco te vamos a fusilar igualmente, ya te cuidarás muy mucho. Promocionaron la autocensura y la censura económica, y en la práctica no sirvió de nada. Luego, tras la muerte de Franco, sería todavía peor, se les escapaba de las manos y se abrían procesos salvajes.

Pero a ver, ¿cuándo empiezan a ocurrir cosas? Porque hubo también un destape de actitudes, un destape musical y creativo en general. Antes de que la movida madrileña heredase el Rollo barcelonés estaba la cançó…

Exacto, y el auge de las FMs. Yo creo que todo empieza con la muerte de Carrero Blanco. Hasta ese momento hay cosas absolutamente residuales y que en realidad se le pasan a la censura. Es el caso del Je t’aime moi non plus, de Gainsbourg: los censores reciben la letra: “yo te quiero, yo tampoco”, vale, visto bueno. Luego sale la canción y descubren que se trata de un polvo con música, que están follando. Para cuando lo retiran ya está en el hit parade de todos los guateques. Ocurría ese tipo de cosas. En el cine, la famosa teta de Elisa Ramirez, que con velo y todo hizo que una adaptación de La celestina (1968 ) fuese un éxito de taquilla brutal. O el caso de Helga. El milagro de la vida (1967), que era un presunto documental de tintes educacionales y científicos, pero que al mostrar un coño, un parto, se convirtió en otro éxito rotundo con desmayos en las salas incluidos. Esas cosas se autorizaban por despiste o por confusión. Luego empieza a transmitirse cierto discurso de apertura por parte del régimen con lo que llamaron el espíritu del 14 de febrero o algo así. Franco estaba ya con un pie en el otro lado y van y le matan al delfín. Obviamente, empezaron a ocurrir cosas. Fue un aluvión, se creó un caldo de cultivo, había un país empujando y no pudieron con todo.

Y, ¿qué papel juega ahí el destape? ¿Contribuye a la reeducación sexual del pueblo?

La parte final del destape yo creo que sí. Es que en los sesenta era horrible, la calle era patética. Cuando empieza a darse el turismo, cuando llegan las suecas, es que se les hacía la ola, se las perseguía literalmente por la calle. Era demencial. En las revistas eróticas el tope eran chicas en bikini. Había cosas más divertidas en las de moda. ¿Qué ocurría con publicaciones como Bocaccio o Flashmen?, pues que tenían una nómina de colaboradores con enjundia, como Marsé, Vázquez Montalbán, Umbral… Y los entrevistados también solían saber a lo que iban, se soltaban un poquito. Eso sí, seguía siendo impensable hacerle una entrevista a Carrillo.

El cine mundial en los setenta se convierte en un medio capaz de reflejar inquietudes contemporáneas. Se habla de drogas y la violencia se trata con una crudeza formal inaudita hasta entonces. Aquí, mientras, corren ríos de tinta cuando la Cantudo lo enseña todo en La trastienda (1975), oficialmente el primer desnudo integral del cine español. Haciendo analogía, ¿el destape fue entonces nuestro logro ideológico, nuestra manera de mostrar una realidad?

Claro, claro, el destape era un logro político, social. La gente palpa la libertad cuando puede comprarse La Razón o Interviú, cuando puede escoger. En aquel entonces la policía llegaba y te tiraba la puerta abajo. No podías ver el fútbol en riguroso directo, por si en las gradas se desplegaba una pancarta proetarra. La emisión se cortaba “por razones ajenas a nuestra voluntad”. El desnudo era, probablemente, la mejor proyección de libertad entre los ciudadanos.

Y todo de una manera casi festiva, puramente latina. Las chicas eran algo así como iconos populares…

Estrellas, eran estrellas. Mujeres como Victoria Vera, Bárbara Rey y tantas otras eran auténticas estrellas. Luego estaban “las chicas del coro”, algunas con cierta calidad, otras con ninguna, pero todas capaces de conectar con la gente. Efectivamente era una cosa alegre, y bien pagada, había cachés que podían alcanzar el millón y medio de pesetas, y por un reportaje gráfico se podían llegar a pagar hasta doscientas cincuenta mil. Hablo de hace treinta años, eso era mucho dinero.

Como hoy las garrapatas de la prensa rosa… Pero, ¿el consumo de representaciones eróticas no requiere cierta liturgia clandestina? Ya en la literatura galante del Siglo de las Luces era necesaria cierta conciencia de desorden, de perversión burguesa. ¿No era saludable que la gente se fuese a Perpinyà para ver un peliculón como El último tango en París? ¿No suponía la prohibición una espuela?

Claro, pero eso también ocurría por torpeza. Es que el régimen, en sus estertores, es extremadamente torpe en todo lo que hace. Además de cruel, brutal y estúpido. Lo de irse a Francia a ver pelis partía de esa imbecilidad. Empezó con el interés de una minoría más o menos inquieta culturalmente, o que sencillamente estaba próxima a la frontera y se acercaba a Francia a pasar el fin de semana, a hacer unas compras y a verse una película. Pero se le dio tanta difusión en los medios afines al régimen, que de pronto estaban flotándose autocares desde todas las ciudades españolas. Con su propia torpeza, lo que no pasaba de ser una cuestión elitista o casual, se convirtió en un morbo masivo.

Y la confusión continúa, porque en 1977 el gobierno de UCD marea la perdiz mientras especifica unas leyes absurdas y tendenciosas en la regularización de la exhibición de pornografía y se inventa una “S” para calificar las películas que “pueden herir la sensibilidad del espectador”. Llega un momento en que la gente, para ver carne, se tragaba un Pasolini.

Las salas de arte y ensayo eran un reducto de aforo restringido y sin estrenos significativos. La administración era permisiva con ellas, quizá lo veían como cosa de cuatro chiflados que mientras estaban en el cine no montaban una célula. Pero la “S” sí funcionaba como reclamo, los cines de doble programa trabajaban a toda máquina, y hasta se inauguraron las matinales, sesión contínua desde las diez de la mañana.

Inevitablemente se propició el intrusismo y el destajismo. Algunos exhibidores, incluso, plantaban la consonante a películas que el Ministerio no había contemplado. Se desarrolla una impostura, el cine “S” se establece casi como un subgénero insólito…

Creo que fue José Luis Guarner quien habló del cine “S” como una de las manifestaciones más camp de nuestra bendita democracia.

Y en 1983 llega Pilar Miró y por decreto desmantela todo ese tejido de producción que por su dispersión ni siquiera era tal. ¿Representó esa ley una saludable naturalización del asunto, o en verdad fue la reculada de un proceso de libertad creativa?

Algo había que hacer. Probablemente la ley Miró no era lo ideal, en primer lugar porque llegaba con siete u ocho años de retraso. Era una ley copiada de los franceses. Potenciaba cierto cine y jodía a otro segmento de la industria, que como dices ni siquiera era tal, pero es que es algo propio de aquí: cuando llega la izquierda barren con todo lo que había propuesto la derecha, y a la inversa. Yo creo que eso no pasa en todas las administraciones, los franceses cohabitan, posibilitan pactos más profundos. Creo que es una cosa como latina. La ley Miró pecó un poco de eso, pero es cierto que había una decadencia real. Se habían alcanzado unos niveles de caspa importantes.

Todo lo que estamos hablando lo cuentas y lo ilustras en tu libro. ¿Te lo planteaste desde la tarea historiográfica, desde la nostálgica o desde una mirada distante y condescendiente?

Eso último, precisamente, el ver todo aquel fenómeno con demasiada perspectiva histórica, intenté evitarlo. He procurado llevarlo al terreno de mi memoria. Sin ser exhaustivo, sin aburrir con datos; evidentemente he manejado mucha documentación, pero quería que primase mi memoria, me he retrotraído para lograr un trabajo nada críptico y sí muy asequible. Y he procurado ser muy amable en todo momento.

¿Y ahora qué? ¿Dónde estamos?

Pues yo qué sé… En prensa, por ejemplo, revisando cosas de la época, me ha sorprendido comprobar que entonces se escribía mucho mejor. En el caso del cine no es lo mismo, había cosas que estaban muy bien y que todavía hoy pueden tener vigencia, pero en general no se hacía muy buen cine. No sé bien cómo ha evolucionado todo… Lo que en mi época se llamaba el establishment se ha defendido con astucia, como siempre lo hace, engullendo lo que le interesa y regurgitándolo. Objetivamente nadie se puede quejar, tú puedes hacer una peli de zoofilia y Antoni Ribas puede hacer Centenario. Pero lo cierto es que se ha encorsetado todo de tal manera que creo bastante difícil que la chavalería pueda alcanzar una plenitud creativa. Quizá falta ese anarquismo heredado en donde se mezcla todo tipo de disciplinas. La industrialización de la obra coarta. La juventud parece que se cabrea más que hace diez años, eso está bien, pero tampoco se dan las condiciones. Un chaval que quiere dedicarse al periodismo o al cine puede estar muy cabreado, pero en cuanto le ofrezcan la posibilidad de entrar en el juego, se le pasará el cabreo. En mi época esas cosas no estaban tan presentes, no era tan fácil acceder a ellas. Tenías que escoger entre comprarte un coche o irte a Ibiza. Si te ibas a Ibiza, de puta madre, si te comprabas un coche entrabas en una dinámica muy clara. Ahora puedes hacer las dos cosas, o sea, que aunque te vayas a Ibiza entrarás en esa dinámica. Cómprate un piso y ten un hijo, luego me cuentas…

(En H Magazine, probablemente en versión algo reducida)

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Comen mazacotes y visten soso, su música es infrahumana y nuestra idea de ellos se resume en cinco puntos: chaparros, feos, racistas, tramposos y clasistas. Más chaparros, más feos y más todo que nosotros, que ya es mucho decir. Sus locutorios están por todas partes y la cohabitación todavía es compleja; pero que da igual, que la culpa es nuestra por ir allá primero y que lo que importa aquí y ahora es que los peruanos que escriben bien escriben mejor, más sueltito y con más exactitud, que los españoles que hacemos lo propio. La literatura andina está de moda y su materia prima, además, se impone y nos vence. Aquello es la selva y ellos tienden al ancestro. Eso se nota incluso en un ensayo sencillo como Los Rolling Stones en Perú, donde el escritor Sergio Galarza y el periodista Cucho Peñaloza desgranan las idas y venidas de la banda al país de los incas. Jagger mamando cachaza, las presunciones de una vedette, la desidia de algún promotor venido a menos y mucha ruta de hotel en hotel. El cuerpo central del libro resume en pildorazos la carrera intermedia entre la llegada a Perú de Mick Jagger, Keith Richards y Anita Pallenberg en 1969, en busca de “magia”, hasta el rodaje, ya entrados los 70, de Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog donde Jagger tenía un papel que jamás llegó a verse. Así de entrada suena a más de lo mismo, pero la anécdota y la minucia se sobreponen a la historia sabida y un tono general contagiado de primitivismo hace del libro una espléndida nota al pie en la vasta bibliografía sobre los Rolling -que decimos aquí- o los Stones –que dicen ellos. Galarza escribe con excelencia, se da un margen para la especulación y justo ahí, en el ladillo, funda esta búsqueda de no-ficción tras cuya lectura permanecen imágenes magníficas como la que titula uno de los capítulos: “(De vuelta en Lima) Mick Jagger habla francés con una joven en la playa”. Guste o no la banda, la investigación se resuelve en un libro grato, telúrico a ratos, que perfila la colección Pequeños tratados de la editorial cacereña Periférica en una edición austera y operativa en todos los niveles: tacto, aroma, gramaje, presencia y gusto.

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Y al fin una primera novela que es tal y es legítima y no el espejismo de las generaciones literarias que se inventan en los suplementos. Una novela ajena a la tontería de las cosas que hacen bum y a las zarandajas vestidas de posmodernidad que pueblan la sección de novedades amustiando un poco el panorama con su sardonia existencial, tan pobres en cuanto a la plástica y tan poco todo en general. Al fin una primera novela que nos revela a un escritor de raza, alumno confeso del único maestro posible, Umbral, y que por tanto no teme entregarse a la escritura del pensamiento, de la experiencia y de la literatura per se, de la metáfora al vuelo y de la búsqueda de la imagen. Javier Pérez Andujar (1965), a quien habíamos leído en Mondo Brutto, en la edición catalana de El País y en un par de ensayos tirando a lo psicotrónico, hace paisajismo del Sant Adrià del Besós que le tocó vivir en los 70, y en aquel cinturón industrial barcelonés rastrea su identidad como hijo de la emigración a través de sus lecturas de infancia, de las páginas de la novela popular, los tebeos y las Joyas Literarias Juveniles. Huye de la idea biográfica pero se entrega a la memoria sentimental, hace “épica de una clase social” y en sus asociaciones deriva hacia brillantes cerros de Úbeda, casi pequeños ensayos, sobre Colombo, La familia Ulises del TBO, Verne, Poe o H. G. Wells. Los príncipes valientes es la primera novela de un letraherido que aquí se corona autor con todas las letras, un tío que se sobrepone a estos días de tecnología y voces fragmentarias con un libro privado y lírico que se logra coto y semblanza de un tiempo y de un lugar que hoy parecen antiguos y sepultados, pero de los que somos consecutivos y deudores.

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