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A veces creo que a Spike Jonze no tendríamos que haberle fiado cuando entregó aquella ocurrencia del John Malkovich, aunque era difícil no darle crédito a quien había hecho unos videoclips tan fabulosos y parecía estar trayendo a escena una concepción del cine algo distinta, juguetona, una irreverencia y un sentirse rejuvenecer. Con el tiempo, Jonze ha hecho sus tostones y ha tallado sus diamantes, como aquella de los monstruos que nos gustó tanto, pero ahora con Her se ha puesto en evidencia de mala manera y hasta puede entenderse que se llegase a casar con una señora sin sangre.

En una olvidada película de Marco Ferreri, Christopher Lambert se encontraba un llavero que al escuchar una tonadilla te decía “te quiero” en inglés. Lambert iba como un tarzán por la vida silbándole al ingenio, se regocijaba cuando un amigo lo intentaba y la máquina no respondía y ni se paraba a pensar cuando al acercárselo a un cerdo volvía a activarse. La película, que se titulaba como esta columna, es previa a la revolución cibernética pero ya apuntaba nuestra dependencia del electrodoméstico, aunque esa reflexión la daba por hecha y de algún modo iba más allá, hasta alguna esencia intangible, existencialista y de poética hastiada, vitalista y profunda de la manera extraña que rige todas las películas de su director, quien en buena medida hizo siempre ciencia-ficción introspectiva y sin mariconadas, a tamaño natural.

En Her, vergüenza ajena hecha cine, Joaquin Phoenix se enamora de un sistema operativo y con sus bigotes de niño retrata la idiocia y el hilo de baba que define a la generación digital, ensimismada y cansina. Aunque no es más que una peli romántica ñoña y superficial, contada así suena pertinente a unos tiempos conformistas y aburridos, así que, ahora que lo pienso, me parece todo adecuado. Que le den el Oscar y certificamos la tontería.

En CINEMANÍA

Existe una veta del cine fantástico, por lo general localizada en regiones brumosas de la Galia, a la que llamamos fantastique. Entre sus presbíteros cinematográficos mencionamos siempre a heterodoxos como Alain Robbe-Grillet o marginales como Jean Rollin, pero su demografía es de una amplitud vasta e insospechada como los sueños (donde ocurre la vida real) y traza vínculos temáticos y formales hacia la literatura siniestra, el cómic libertino, la poesía erótica, la pintura simbolista y todos esos lugares ausentes de restricciones que hicieron de las añoradas vanguardias artísticas tal cosa.

El fantastique, que germina con el vigor de la flor entre el estiércol, se distingue porque no se puede distinguir. Es un cine secreto y sagrado, esotérico, profano, jubiloso y afectado. Lleva una carga telúrica inaprensible, regatea a la conciencia, procede a un juego triangulado entre el inconsciente y el cerebro reptil y nos la acaba metiendo siempre por la escuadra, que es el lugar donde pierde su nombre la espalda y se vuelve todo un discurrir.

Les rencontres d’après minuit (Yann González, 2013) es una historia de ocultismo voluptuoso que podría describirse como una grande bouffe de existencialistas anoréxicos: una pareja de excéntricos, un sirviente travestido, una puta, una estrella, un semental y un adolescente pergeñando la orgía definitiva. Seres voraces de vida que después de zampársela la van a devolver hecha poesía en un vómito iridiscente con tropezones de sexo, sangre, subversión y pop electrónico venido de la galaxia espiral Messier 83. ¿Para qué queremos más?

Pues hay más. Les rencontres d’après minuit, como solo sabe hacer el mejor fantastique, nos arranca de un manotazo esa razón que llevamos carbonizada, la cierra en un puño y nos la devuelve hecha diamante, exceso y pornografía del alma, y es de ese modo que nos retribuye la bestia. Nos encontramos ante una mutación genérica deliciosamente petulante y muy propicia al ejercicio intelectual, pero al intelectual desnudo porque es una película que se mira mejor en pelotas, fumando un cigarrillo largo y con una erección de Pegaso.

En cuanto se haga la oscuridad, desde los primeros instantes de metraje, vamos a percibir los efectos de un chute estético flechado hacia nuestro hipotálamo, donde evolucionará como un fuego artificial que ahora nos hace escribir que ésta es una de las mejores películas que hemos visto este año, que todavía hay esperanza y que bendita la hora en que nos entregamos al hechizo.

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Las películas que más me gustan suelen ser las que no sé si me han gustado. Esto ocurre mucho con el cine francés, que como en el drama incorpora de serie desazones juveniles, paseos por la campiña y senos altos de mujer en desarrollo, pues siempre me vence, aunque lo que me esté contando sea un moralismo o un conflicto de polluelo capón.

Olivier Assayas ha hecho ahora una película de persona mayor, nostálgica de un paraíso perdido donde triscan el idealismo, la energía y la pureza adolescente. Ha hecho un réquiem de la lucha pero no sé si ha hecho también una apología de la batalla que ahora necesitamos tanto. Tengo que verla otra vez y mirarla mejor, descifrar si en verdad es cine domesticado, de parisino burgués diplomático con su historial y un poco afligido por la lucidez del tiempo, o si por el contrario se trata de una película dulce y austera de malicias, y por ello tan ordinaria en apariencia.

Después de mayo funciona como comedia cándida pero es también una película muy triste y lo es justo por eso, porque parece estar siendo la comedia que yo diría que no es aunque por momentos haya creído percibirle volutas de cinismo en lo que sí tiene de condescendencia. La película no está mal, trae conflictos y aspiraciones y sobre todo los pechos altos de la mujer suasoria y corriente que es la niña Lola Créton, que tiene unos veinte años como veinte años tengo yo. Veinte años que no me puede quitar nadie porque los llevo blindados con una armadura de veinte años más.

Después de mayo viene muy bien abrochada como película pero más como las abrochan los americanos que los franceses, y por eso no sé si me ha gustado o tal vez soy yo que no sé.

En CINEMANÍA

amour
A los críticos de cine habría que revisarles el corpus regularmente y por cada vez que se hayan servido de aquello de “obra maestra” condenarlos a un día de picota, por epítetos. Si uno lo ha escrito más de cinco veces, cortarle las manos o inhabilitarlo por siempre, aunque eso no pueda hacerse porque la de crítico no es una profesión sino una falla del espíritu.

Amor es una película que si me la llegan a contar no quiero verla, pero que una vez vista quiero volver a ver más veces aunque vaya de un moribundo. En el cine bueno, a la muerte se la suele esperar con las botas puestas, nunca en zapatillas porque andar en zapatillas es arrastrar la muerte por casa, cuando el cine se inventó para combatirla y no para otra cosa. Pero Haneke juega justamente a la dignidad de la lucha en esta película que ha hecho tan sencilla y tan doméstica, tan fácil como irse muriendo, humilde pero también burguesa porque es cine, claro, y los directores de cine acaban siendo todos burgueses, esto es un asunto penoso que concierne a otro artículo, que los cineastas no toman el metro ni pasean sin rumbo ni se bajan películas porque están tontos perdidos. Pero me estoy despistando.

Lejos de sentimentalismos y mamarrachadas como Mar adentro, que me la contaron y no quise verla, en Amor da Haneke una película de las suyas de siempre, entre lo humanista y lo moral pero lo moral contento, una de aquellas que no se pueden contar porque son de las que ocurren en otra parte, más en nosotros que en ellas mismas. Por eso ahora voy a escribir sin problema ninguno que la película ésta última de Haneke, tan audaz desde el título, es, si no una obra maestra en sentido estricto, sí una ejemplar, y ya pueden decir misa los aguafiestas.

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Reviso la segunda entrega del Halloween de Rob Zombie, donde Michael Myers crece como mito en una escena de tránsito pero tremenda que lo hace más ominoso cuando parecía imposible. Una escena en que se le arranca de cuajo la civilización al personaje, se le despoja de humanidad y nos recuerda por qué uno de los secretos mejor guardados del mundo del cine todavía es tal.

Años antes de que Zombie naciera, un día de 1953 transcurría el Festival de Cannes cuando apareció un anuncio en el Nice-Matin solicitando cánidos de toda raza y condición para aspirar a un papel en una gran producción americana. La oficina itinerante estaría instalada, según la nota, en una habitación del hotel Carlton, favorito de las estrellas. La respuesta fue inmediata y ese mismo día el vestíbulo del establecimiento se vio invadido por cerca de doscientas bestias, entre canes y chuchos, que babeaban literalmente por una oportunidad en Hollywood. El personal del hotel se vio sobrepasado por la algarabía de señoras de la villa y otros advenedizos con mascota, que lograron acceder en tromba a la suite que el diario atribuía a una productora fantasma y que en realidad alojaba al responsable de Peter Pan -ese año presentada en el certamen-, quien en la confusión resultó mordido en una pantorrilla.

Días antes, luego se supo, un camarero animalista en acto de servicio había escuchado una conversación privada entre el dibujante y un asistente, acerca de viajes por el Asia exótica, donde se vertió la información tan drástica, después silenciada por la prensa, que le llevaría al desquite bobo del clasificado en el periódico: que Walt Disney, como Michael Myers, un día se había comido un perro.

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Hay una película que no he visto nunca y es La puerta del cielo, el legendario proyecto de Michael Cimino y un título que en 1980 arrasó con todo. Primero con la United Artists, que tuvo que ser rescatada por la Metro cuando el italoamericano reventó el presupuesto mil veces; luego con la carrera de su director, que había triunfado con El cazador pero que lo iba a tener crudo en adelante, y después, como onda expansiva, con el llamado Nuevo Hollywood, que era la pachanga que tenían montada Coppola, Robert Altman, George Lucas, William Friedkin y otro puñado de luminarias que les doraban la píldora a los grandes estudios para que les pagasen las farras, en principio particulares pero que al fin y al cabo disfrutábamos todos.

Aquel anti western no lo he visto nunca porque jamás supe cuál era su versión buena, de metraje oscilante en cada edición, y estas son cosas que ponen muy nervioso al sibarita que se quiere siempre el cinéfilo joven, tan bobo y tan de mirar el dedo cuando le están señalando la luna. Desde entonces, Cimino ha hecho algunas películas pero se le ha tomado por el pito del sereno, así que él ha decidido ir cambiándose el sexo mientras el mundo se iba rindiendo a su talento muy despacio, hasta que hace unos meses ha presentado una versión íntegra de aquel título que le hizo padecer más que una novia fea pero con las tetas grandes.

Ahora, con 74 años y La puerta del cielo un clásico, Cimino dice no frecuentar a sus colegas de las películas porque hacen el cine muy en serio: “¿Tarantino, Scorsese? ¡Son adultos! Yo sigo siendo un crío, así que prefiero echar el rato en Colorado con los vaqueros, que montan a caballo y disparan y son más infantiles”. Este año veo tu película, chavala, de este año no pasa.

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Berlanga sostenía que una película ha de ser una película y luego ya se verá si cuaja en arte o hasta en cultura, pero que lo que no puede ser es que germine al amparo de un ministerio porque ahí nos nacen todas muertas de mediocridad.

El cine es una cosa que enseguida sale mal. Implica tantos oficios, vaivenes y manipulados en su elaboración -los mismos que lo han llevado a la precisión relojera del blockbuster- que el más mínimo tropezón en la cadena de montaje puede dar al traste con la bicicleta. Fue el crítico italiano Ricardo Canudo quien en los años veinte llamó al cine séptimo arte, pero erraba porque entonces imperaba el sistema de estudios, donde titánicas bases de operaciones centralizaban el proceso de producción y distribución de todas las películas, para que cada una de ellas jugase su función en la industria. Eran modos del capitalismo, monopolios que colapsaron en la segunda mitad del siglo XX propiciando un periodo de libertad que vio crecer a muchos autores, los mismos que alentarían, poco después, una nueva tiranía del dinerito que hoy trae de vuelta estos lodos.

El cine no es arte, el cine es cine. Es por eso que me parece muy bien que este gobierno lamentable nuestro haya acabado con las ayudas al cine y mejor me parecería que la medida se acompañase de facilidades a una producción privada interesada en arropar proyectos que salieran bien o salieran mal, tal vez mongolos como un borbón pero vivos y uno detrás de otro, en lugar de tanto artefacto anestesiado. Aunque también es verdad que éste es un país de haraganes donde algunos, incluso, nos dedicamos a opinar por escrito y cobramos por ello unas pesetas, así que me voy a callar porque yo en este entierro no quiero cirios.

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