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Lo de la crónica inmediata es un género que limpia mucho, una literatura más de la sensación que de la reflexión, que no permite la reescritura y que en su estructura va dando, también, testimonio del estado anímico. Se lo pasa uno muy bien escribiendo totalmente destruido.

Desde mi incultura musical, he aquí los cuatro paisajimos diarios que le he hecho al festival BAM (Barcelona Acció Musical):

DÍA UNO

DÍA DOS

DÍA TRES

DÍA CUATRO

truchoLa otra noche vi una película tan mala que a una actriz se le escapaba un capellán, que es una cosa que en español creo que se llama perdigón. Pero no, no, no, si quiero ser preciso tengo que decir que el asunto iba más allá que el dejar ir un pollo y que en verdad se le derramaba una medida considerable de saliva a mitad de diálogo. Profesional pero no tanto, tras sorber infructuosamente como acto reflejo la chica se mantuvo en su papel aunque fue incapaz de integrar el accidente al personaje, así que optó por seguir con su declamación, muy aplicada en hacernos pensar que allí no había pasado nada. Al fin y al cabo tampoco se había cagado encima.

Supongo que, en general, el espectador desea vivir una experiencia segura y no está dispuesto a que el cine engendre en él ninguna duda, es por eso que hoy los trailers tienen tres actos, porque se supone que el que va al cine quiere que se le asegure que va a ver lo que va a ver, la receta de siempre acaso más grande y más larga y más rápida pero sin osadías ni perturbaciones. Sin embargo, a mí aquel lapo involuntario irrumpiendo en una escena de paso, sin aspavientos interpretativos, de ninguna manera un recurso expresivo sino un salivazo de realidad que en cierto modo daba al traste con todo porque se veía uno en la necesidad de rebobinar, me pareció algo a celebrar porque en él vi de pronto elevarse la película, que en sí estaba siendo muy aburrida, y aquella grieta en la ficción me certificó, una vez más, que el cine imperfecto va a ser siempre más estimulante que uno impecable y que hay algo más mágico que la magia del cine y eso es nuestra miseria instilándose en él, el cine rompiéndose, y no sé si estas cosas gustan a la gente pero a mí se me cae la baba.

En CINEMANÍA

Liam Neeson

Acaba de hacer un lustro que nos dejó Natasha Richardson, hija de Vanessa Redgrave y del fundamental Tony Richardson y esposa de un gigante irlandés con ojos de botón que de chaval se rompió la nariz boxeando. La idea es que Liam Neeson, sacudido en su metro noventa y tantos, habría decidido entonces que no iba a quedarse de luto en casa, y de intervenir en franquicias cutres como las de Batman o Star Wars pasó a incorporar hombres resolutivos entre la aflicción y la rabia, personajes de una pieza que le distanciarían del Schindler dichoso, del Michael Collins aquél que creo que era un nacionalista y del Darkman de Raimi que, aunque yo no, parte de mi generación atesora cual a criatura clásica y atormentada de Mary Shelley (a quien Natasha, por cierto, había encarnado en su primer trabajo para la pantalla).

Natasha, que tenía sonrisa de sin querer, caudalosa y vital, murió en la nieve a los 45 años, y desde entonces solemos comentar que a su marido ese desahucio existencial le ha llevado a enlazar un peliculón detrás de otro, aunque esto no es más que una ilusión porque la última, sin ir más lejos, es una peli muy mala, un hilván de añagazas bobas para una peripecia que no llega a alzar el vuelo aunque ocurra a treinta mil pies. Si moderamos la euforia hemos de precisar que en todo este tiempo sólo ha dado dos piezas indispensables, la fabulosa Infierno blanco y, justo antes de irse Natasha, la que contiene la clave de esta errónea percepción nuestra: Venganza, una película tan furiosa, persistente y brava que es que parecen que son cien. Como sea, en apenas cinco años el actor ha conseguido forjarse un perfil trágico de tal altura que parece que actúa con un espectro a su vera. Intrépido y melancólico Neeson.

En CINEMANÍA

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A veces creo que a Spike Jonze no tendríamos que haberle fiado cuando entregó aquella ocurrencia del John Malkovich, aunque era difícil no darle crédito a quien había hecho unos videoclips tan fabulosos y parecía estar trayendo a escena una concepción del cine algo distinta, juguetona, una irreverencia y un sentirse rejuvenecer. Con el tiempo, Jonze ha hecho sus tostones y ha tallado sus diamantes, como aquella de los monstruos que nos gustó tanto, pero ahora con Her se ha puesto en evidencia de mala manera y hasta puede entenderse que se llegase a casar con una señora sin sangre.

En una olvidada película de Marco Ferreri, Christopher Lambert se encontraba un llavero que al escuchar una tonadilla te decía “te quiero” en inglés. Lambert iba como un tarzán por la vida silbándole al ingenio, se regocijaba cuando un amigo lo intentaba y la máquina no respondía y ni se paraba a pensar cuando al acercárselo a un cerdo volvía a activarse. La película, que se titulaba como esta columna, es previa a la revolución cibernética pero ya apuntaba nuestra dependencia del electrodoméstico, aunque esa reflexión la daba por hecha y de algún modo iba más allá, hasta alguna esencia intangible, existencialista y de poética hastiada, vitalista y profunda de la manera extraña que rige todas las películas de su director, quien en buena medida hizo siempre ciencia-ficción introspectiva y sin mariconadas, a tamaño natural.

En Her, vergüenza ajena hecha cine, Joaquin Phoenix se enamora de un sistema operativo y con sus bigotes de niño retrata la idiocia y el hilo de baba que define a la generación digital, ensimismada y cansina. Aunque no es más que una peli romántica ñoña y superficial, contada así suena pertinente a unos tiempos conformistas y aburridos, así que, ahora que lo pienso, me parece todo adecuado. Que le den el Oscar y certificamos la tontería.

En CINEMANÍA

Existe una veta del cine fantástico, por lo general localizada en regiones brumosas de la Galia, a la que llamamos fantastique. Entre sus presbíteros cinematográficos mencionamos siempre a heterodoxos como Alain Robbe-Grillet o marginales como Jean Rollin, pero su demografía es de una amplitud vasta e insospechada como los sueños (donde ocurre la vida real) y traza vínculos temáticos y formales hacia la literatura siniestra, el cómic libertino, la poesía erótica, la pintura simbolista y todos esos lugares ausentes de restricciones que hicieron de las añoradas vanguardias artísticas tal cosa.

El fantastique, que germina con el vigor de la flor entre el estiércol, se distingue porque no se puede distinguir. Es un cine secreto y sagrado, esotérico, profano, jubiloso y afectado. Lleva una carga telúrica inaprensible, regatea a la conciencia, procede a un juego triangulado entre el inconsciente y el cerebro reptil y nos la acaba metiendo siempre por la escuadra, que es el lugar donde pierde su nombre la espalda y se vuelve todo un discurrir.

Les rencontres d’après minuit (Yann González, 2013) es una historia de ocultismo voluptuoso que podría describirse como una grande bouffe de existencialistas anoréxicos: una pareja de excéntricos, un sirviente travestido, una puta, una estrella, un semental y un adolescente pergeñando la orgía definitiva. Seres voraces de vida que después de zampársela la van a devolver hecha poesía en un vómito iridiscente con tropezones de sexo, sangre, subversión y pop electrónico venido de la galaxia espiral Messier 83. ¿Para qué queremos más?

Pues hay más. Les rencontres d’après minuit, como solo sabe hacer el mejor fantastique, nos arranca de un manotazo esa razón que llevamos carbonizada, la cierra en un puño y nos la devuelve hecha diamante, exceso y pornografía del alma, y es de ese modo que nos retribuye la bestia. Nos encontramos ante una mutación genérica deliciosamente petulante y muy propicia al ejercicio intelectual, pero al intelectual desnudo porque es una película que se mira mejor en pelotas, fumando un cigarrillo largo y con una erección de Pegaso.

En cuanto se haga la oscuridad, desde los primeros instantes de metraje, vamos a percibir los efectos de un chute estético flechado hacia nuestro hipotálamo, donde evolucionará como un fuego artificial que ahora nos hace escribir que ésta es una de las mejores películas que hemos visto este año, que todavía hay esperanza y que bendita la hora en que nos entregamos al hechizo.

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Las películas que más me gustan suelen ser las que no sé si me han gustado. Esto ocurre mucho con el cine francés, que como en el drama incorpora de serie desazones juveniles, paseos por la campiña y senos altos de mujer en desarrollo, pues siempre me vence, aunque lo que me esté contando sea un moralismo o un conflicto de polluelo capón.

Olivier Assayas ha hecho ahora una película de persona mayor, nostálgica de un paraíso perdido donde triscan el idealismo, la energía y la pureza adolescente. Ha hecho un réquiem de la lucha pero no sé si ha hecho también una apología de la batalla que ahora necesitamos tanto. Tengo que verla otra vez y mirarla mejor, descifrar si en verdad es cine domesticado, de parisino burgués diplomático con su historial y un poco afligido por la lucidez del tiempo, o si por el contrario se trata de una película dulce y austera de malicias, y por ello tan ordinaria en apariencia.

Después de mayo funciona como comedia cándida pero es también una película muy triste y lo es justo por eso, porque parece estar siendo la comedia que yo diría que no es aunque por momentos haya creído percibirle volutas de cinismo en lo que sí tiene de condescendencia. La película no está mal, trae conflictos y aspiraciones y sobre todo los pechos altos de la mujer suasoria y corriente que es la niña Lola Créton, que tiene unos veinte años como veinte años tengo yo. Veinte años que no me puede quitar nadie porque los llevo blindados con una armadura de veinte años más.

Después de mayo viene muy bien abrochada como película pero más como las abrochan los americanos que los franceses, y por eso no sé si me ha gustado o tal vez soy yo que no sé.

En CINEMANÍA

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A los críticos de cine habría que revisarles el corpus regularmente y por cada vez que se hayan servido de aquello de “obra maestra” condenarlos a un día de picota, por epítetos. Si uno lo ha escrito más de cinco veces, cortarle las manos o inhabilitarlo por siempre, aunque eso no pueda hacerse porque la de crítico no es una profesión sino una falla del espíritu.

Amor es una película que si me la llegan a contar no quiero verla, pero que una vez vista quiero volver a ver más veces aunque vaya de un moribundo. En el cine bueno, a la muerte se la suele esperar con las botas puestas, nunca en zapatillas porque andar en zapatillas es arrastrar la muerte por casa, cuando el cine se inventó para combatirla y no para otra cosa. Pero Haneke juega justamente a la dignidad de la lucha en esta película que ha hecho tan sencilla y tan doméstica, tan fácil como irse muriendo, humilde pero también burguesa porque es cine, claro, y los directores de cine acaban siendo todos burgueses, esto es un asunto penoso que concierne a otro artículo, que los cineastas no toman el metro ni pasean sin rumbo ni se bajan películas porque están tontos perdidos. Pero me estoy despistando.

Lejos de sentimentalismos y mamarrachadas como Mar adentro, que me la contaron y no quise verla, en Amor da Haneke una película de las suyas de siempre, entre lo humanista y lo moral pero lo moral contento, una de aquellas que no se pueden contar porque son de las que ocurren en otra parte, más en nosotros que en ellas mismas. Por eso ahora voy a escribir sin problema ninguno que la película ésta última de Haneke, tan audaz desde el título, es, si no una obra maestra en sentido estricto, sí una ejemplar, y ya pueden decir misa los aguafiestas.

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