Trasteando, descubro que conservo una copia de Bob le Flambeur que no me pertenece. Se trata de una copia en VHS. Como esta tarde he quedado con su propietario legítimo para otras cuestiones, le llamo antes para preguntarle si tiene interés en que se la devuelva o si la mando sin miramientos a la basura. La quiere. Juraría, incluso, haber percibido cierto júbilo cuando le he comunicado el hallazgo. La mera idea de salir de casa con un VHS encima me resulta en lo psicológico como si tuviera que echarme una nevera al hombro, así que le hablo del Bit Torrent y del JDownloader, de los tiempos que corren, de cofres con extras y escenas eliminadas y extended versions y un sinfín de pijadas; ¡cada día una edición más cara, es divertido! Le digo que su cinta es ya más un objeto que un soporte, una cacharrería, pero él suena como un hombre enfermo y fetichista, incapaz de atender a razones. Y nanay: “Que te presté esa película en el 94, maricón”, me espeta. Y ahí ya me callo.

En las películas todavía se ve a menudo cómo un personaje introduce un VHS en un magnetoscopio para verificar, por ejemplo, el delito registrado por las cámaras de seguridad. Un DVD es poco fotogénico. Durante mucho tiempo el cine también primó el magnetófono cuando en la vida real ya estaba en desuso, y hoy el crepitar dulce y expectante de la aguja de zafiro rasando los surcos de un vinilo hace sentir a DJs y nuevos adeptos una fisicidad tan infrecuente como vivificante. En estos tiempos en que mueren los relojeros, en que no hay recambios de nada y la obsolescencia se contempla como factor clave en la fabricación de todas las cosas, en estos días en que Facebook hace las veces del bar de abajo, resulta más fácil comprender un cúmulo de ceros y unos que cualquier funcionamiento magnético. Aquello era magia.

En la calle, esperando el semáforo con mi TDK de 180, un peatón de aspecto insustancial manipula su iPhone cual percusionista táctil de Marillion.

Qué digo una nevera: ¡la bóveda celeste!

En CINEMANÍA #171

El videoarte, el blanco y negro, lo que no es sexo, en fin, no es una opción sexual. Se lo cantaba Astrud, en 2004, al chico del s. XXI, pero la advertencia cayó en saco roto y el varón joven de hoy sigue confuso. Tontín. Mediado el milenio llegaría Pascal Brutal para paliar el problema.

Pascal nació en las páginas de Fluide Glacial y habita la Francia ultraliberal y darwinista de pasado mañana. Viste un nomeolvides de plata con su nombre y calza Adidas Torsion 1992. Se figura el hombre más viril del mundo conocido (así lo prueban sus deslices homosexuales) porque aunque, como nosotros, es hijo de todas las neurosis del capitalismo, conserva el trapío y la herencia del macho mediterráneo, condición que hoy hemos decidido risible aunque a menudo encarne la sensatez que se perdió cuando una generación equis diluyó su sangre en horchata.

Sabiendo la comedia uno de los más finos azogues para el reflejo social, Riad Sattouf (París, 1978) pone el acento en la perspicacia antropológica (quid también de su serie La vida secreta de los jóvenes), equilibra dardo y sátira, y no se anda explorando el medio sino que se sirve de él con donaire, puterío e intuición. Y se da una cualidad inefable en su tratamiento del humor, un elemento de difícil localización pero saltón e irresistible en la lectura, con el que aventaja a cualquier otro autor de su palo surgido esta década. Algo que hace que Pascal Brutal mole mil.

En ROCKDELUX

fallos de raccord

FALLOS DE RACCORD

de MARCOS PRIOR

Diábolo

A Dios lo mató un alemán y el deceso de la novela es una vieja ocurrencia, pero es cierto que hoy todo es desamparo, fracción y –con suerte- mosaico. Prior, a quien habíamos disfrutado al timón de Raymond Camille o Rosario y los inagotables bajo el seudónimo de Kosinski, juega esa mano de las teselas de colores para componer una chufla más o menos superheróica con querencia por lo falsario, el informe de daños y la extravagancia. Se ampara en monsergas, caprichos, citas retro y apócrifos a discreción para puntear un hilván de conveniencia, tan del siglo XXI que al fin no puede evaluarse más que desde la perplejidad y la risa boba. Fallos de raccord es un metatebeo audaz algo empachado de sí mismo, donde titila el ingenio y que sí, algo subvierte, pero que trae un fichero oculto donde se lee que el mejor tebeo de Prior es el por venir. Seguimos en sintonía.


el rey de las moscas

EL REY DE LAS MOSCAS. 1. HALLORAVE

de MEZZO y PIRUS

La Cúpula

A este par se le podría achacar subordinación desmedida a la Serie B si no fuera porque ellos mismos hacen gala y celebración, como se hace hoy cuando se cita, se glosa o se parafrasea. Y así, entre cuajarones de Burns, Lynch y otros, Mezzo y Pirus disponen con grafismo inerte y riesgo –bien fintado- de álbum de cromos, un puñado de psicologías cruzadas que, en diagramado regular de tres por tres viñetas, conforman una retícula social minuciosa para con el hastío y las neurosis habituales. Sensaciones conocidas que se refuerzan mediante hábiles redundancias entre dibujo y texto, en ese delicado ejercicio de lanzar metáforas literarias que cristalizarán en lo gráfico. Serie negra francesa y apreciable angst en un tono más próximo a una naturaleza canadiense (o así) que al polar de toda la vida. Buen tebeo.


santo cristo

SANTO CRISTO

de TYTO ALBA, MARIO TORRECILLAS y PABLO H.

Glénat

“¡Dejen de contarnos su vida!”, clamaba David B. hace unos días en otros papeles. Su hartazgo aludía a la sobreproducción confesional, en su mayor parte mediocre, que, desde hace ya, nos tiene bostezando. No es el caso, Santo Cristo es otra historia.

Cuesta entender que los recuerdos de uno puedan contarse en trío sin perder adentros, pero Alba (Badalona, 1975), Torrecillas (Esplugues, 1971) y Hernández (México, 1975) cooperan, precisamente, para esencializar esa memoria, vadeando arremangados las inercias de lo umbilical y tramando desde el oficio una historia emotiva clásica, opinable a veces pero excitante siempre, y elevada sobre cualquier “verdad” individual. Así, descifran las razones de una generación que ya pierde pelo, periférica, testimonian sin saña la mala educación y entonan un dibujo sin engreimientos, legibilísimo y deferente que, efectivamente, suena a Stewart Copeland en las elipsis arquitectónicas. El libro, además, trae enseñanza: que el fuego se combate con fuego y que cualquier tiempo pasado fue, si acaso, circunstancial.


el arte de volar

EL ARTE DE VOLAR

de ANTONIO ALTARRIBA y KIM

Edicions de Ponent

Antes de suicidarse, Antonio Altarriba –padre- vivió, entre 1910 y 2001, buena parte de las sacudidas que modelaron la España de hoy y que en su transcurso irían construyendo o desahuciando a los individuos que, mal que bien, la habitaban. Ahora, Antonio Altarriba –hijo- (Zaragoza, 1952), bien avenido con el dibujo tan bullicioso -puede que algo viciado por el oficio pero siempre vivaz- de Kim (Barcelona, 1942), procede a los avatares paternos jugando ambiciones y densidad próximas a la novela realista decimonónica. El reto es imponderable: apropiarse de la voz del difunto, desde la prerrogativa de la consanguinidad, para así, a la vez que vive el duelo, hablarnos en primera persona de un país donde una vez existieron derechas e izquierdas. La intención de crónica y esa disolución paterno-filial arriesgan el personaje del padre, utilitario en muchos pasajes, pero los autores se manejan muy bien entre la hagiografía y la razón, y entendemos que la obra ha cuajado plenamente cuando se libera ya del historiar la nación y, sin perder de vista el entorno, se rinde al paisajismo interior del hombre. Y en el libro, apabullante y destacado, vence la dignidad al lamento y no hay “Adagio for Strings” que valga.


En ROCKDELUX

PussyPortrait_Cover_300dpiPor lo que fuera, un día, cuando el rostro nos lo teníamos muy visto y muy manido, el iris, la huella dactilar e incluso los patrones fónicos se decidieron como rasgos biométricos que iban a servir a los hombres modernos para identificarnos individualmente y sin género de duda, lo mismo como prueba delictiva que de potestad. Luego llegaría el ADN y ya nada volvería a ser lo que era. Pero, oigan, que una picha igual no, pero un chocho habría hecho el mismo servicio.

Pussy Portraits es el primer libro de la fotógrafa Frannie Adams y en él presenta cerca de noventa imágenes con las que viene a decirnos que un coño nunca es extrarradio. Para ello casa primeros planos de señoras y señoritas con planos detalle de su genitalia, la suya propia de cada una, al aire y en reposo. Con sus crestas, sus especificidades dérmicas, sus grados de pigmentación, su pilosidad y lo que se conoce que hay que tener. Adams se esfuerza en denotar la convergencia, en disponer bien a la vista las equivalencias cromáticas, de gravedad y de configuración que remarcan una coincidencia labial o un temple concreto, que acaban por asociar una mirada a un aleteo, un trazo nasal a un surco vestibular o un “rasgo de carácter” a un corte de cara. Y así va evidenciando que el rostro y el sexo son cosas distintas pero ambas representativas y las dos susceptibles de psicología. Más o menos. Lo cierto es que con estos temas se lía uno un poco porque, para los hombres al menos, la configuración de un coño, lugar, a la vez, para la batalla y el descanso, supone algo próximo a lo informe que, en su capricho estructural, requiere un esfuerzo de memorización exagerado. La variedad morfológica, sumada a su extraña función natural, al anhelo y a la tiranía del “culo veo, culo quiero”, los emparenta a cautivadoras entidades abisales que nos obnubilan, nos obnubilan y no nos dejan ver el bosque. Y es que un coño, por mucho que se frecuente, no deja de ser esquivo. (Ya no sé qué coño estoy diciendo.)

Pasamos las páginas de este Pussy Portraits, cuyo buen gramaje no requiere que nos humedezcamos nunca las yemas, y vamos transitando coños que más bien parecen accidentes geológicos, arreglos florales o un displacer, también coños utilitarios y con buen fondo, coños convexos, coños estultos y coños, en fin, en continua correspondencia facial, que es a lo que íbamos. Retratos simétricos cuya contemplación resulta una experiencia intimidatoria y -hasta cierto punto y pese a la higiene- repugnante; imágenes que claman su autonomía y que demuestran que, por mucho que nos intrigue o atraiga un rostro, será su vagina quien determine. Una cosa rarísima.

Desde el dogma sabemos que coño no hay más que uno, lo hemos sabido siempre, sin embargo, este libro conforma una desiderata maravillosa y un auténtico almanaque de la vida. ¡Rumba!

Pussy Portraits

En KISS COMIX

SarampionUna semana después de los atentados en el metro de Londres, Daniel Barbosa, ingeniero de caminos, canales y puertos, saca a su perra al descampado y se encuentra una mano anillada. De hecho, es el cánido quien da con la pieza, que viene como extensión de un antebrazo amputado con limpieza quirúrgica. Una apertura que amplifica a Lynch con tal descaro no presagiaba nada bueno, pero la línea de diálogo que puntúa la escena (“Este hombre está muerto”), antes de que Barbosa, con la verosimilitud por montera, suba a su apartamento y se nos escatime el miembro hasta media novela, sugiere vetas de humildad y sensatez que, en efecto, se transitarán a lo largo de la historia casi como reto estilístico, como estucado a una trama imposible y que en ningún momento pretende epatar porque sí. La novela, fechada hace un par de años y primera de su autor publicada en nuestro país, mantiene un interés argumental de bestseller aunque en verdad se erija en su extrañeza tonal y en la sólida construcción de los personajes, que, como el padre del ingeniero, no cesan en sus enigmáticas cantinelas: “Recibos en ocho, estudios en ele… no puedo respirar, no puedo respirar, no puedo respirar… estudios en ele…”, musita el viejo durante su afeitado, que se repite al menos tres veces a lo largo del libro. Para todos los misterios planteados habrá respuesta y todas serán sorprendentes e imbatibles en su tratamiento, sobrepasando la novela negra, el thriller y cualquier otro género al que en principio pretendiéramos adscribir la narración. En una de las escenas del último tercio, la perra de Barbosa lame cuatro gramos de cocaína sobre la mesa y el dueño iracundo reacciona metiéndole una cuchillada en el lomo que nos encarará a la coda final con los nervios crispados. Y a tomar por culo la bicicleta. Tal y como se prefigura en la alopática portada de Mondrian, que huye de lo tipográfico como de la peste negra, Sarampión logra niveles de lectura e interlineados tan nutridos (celebremos la brillante traducción de Adrián Troncoso) como para reconciliarnos con la novela ortodoxa de toda la vida, situando a Wollstonecraft entre los autores más estimulantes que nos hemos echado al coleto en tiempo.

En VICE

Leda y el cisne

Leda y el cisne es el único libro que se le conoce al húngaro Sandor Makarius (1769-18??), escritor aficionado y vividor de peripecia personal bien curiosa: regente de una confitería en Váci Utka, el corazón de Budapest, cuyo producto estrella era un dulce de mazapán que él publicitaba como “divino”, a Makarius se le sabía visitador frecuente del convento de clarisas situado al otro lado del Danubio, en las colinas de la ciudad, en teoría para ofrendar con sus productos a las religiosas. La voz popular, sin embargo, no dudó en poner en circulación una versión lúdica y descabellada que le atribuía un romance múltiple con todas y cada una de las monjas del monasterio, quienes a cambio de favores carnales y de un diezmo devoto y regular proveerían al restaurador del ingrediente secreto para sus afamados mazapanes: orín de novicia. Aún así (o quizás por eso) los dulces triunfaron durante varios años en la ciudad, y de alguna manera similar, aspirando a lo exquisito a partir de la ordinariez, Makarius construyó su libro. Leda y el cisne, que reinventa al estilo eslavo la leyenda griega del dios violador, se presentó en 1812 como “novela esotérica de interés semita”, pero antes de su publicación ya había logrado alborotar a la comunidad judía de Budapest que, alertada por la divulgación de la obra que el propio autor hacía desde el mostrador de su confitería, se apresuró a condenarla a priori y decretó a Makarius ciudadano indeseable. Un cachondeo que terminó con la quema del convento donde se le creía oculto, aunque más tarde se le descubriría exiliado en Austria y allí se perdería su pista en los albores de la Gran Guerra. La edición española de Leda es justita y tristona, traducida sin audacia del magyar (la única lengua que –dicen- merece el respeto del diablo), pero conserva sus valores y sorprende que una lectura contemporánea destile todavía tanta blasfemia. Pese a haber sido escrita antes de la constitución del Imperio Austrohúngaro, Leda y el cisne, de estructura clásica pero capaz de un asombroso juego de equivalencias con nuestro tiempo, nos lleva a diagnosticar, con la cabeza gacha y compungidos, que Makarius está vivo y colea como un salmón fresco, mientras nosotros, víctimas de la Revolución Industrial, morimos hace tiempo y va a ser por eso que apestamos. ¡Un gran libro, demonios!

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chris ware

La obra de Chris Ware oscila entre lo cargante y lo sublime. A mí es un tío que en principio me da grima por lo amargado que suena, porque como esteta es sólo relativamente interesante y porque en lo técnico me parece bordear el ejercicio de estilo; sin embargo su autoconciencia, su entrega al oficio, su afán por elevarlo a cuestión artística absoluta y sufriente, la delicadeza de sus mimbres y la fascinación natural por la miniatura me rinden a su trabajo sin posibilidad alguna de resistencia. Los que leyeron Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo saben de qué hablo. Aquella serie salió de las páginas de esta Novelty Library, publicación periódica amparada por Fantagraphic Books que sería campo de pruebas para Ware, patio de recreo, inodoro y laboratorio de caprichos. Ahora se edita en castellano esta selección de material, de entre 1993 y 2001 (con nuevas adiciones, 2004-2005), que viene a recalcar que el tipo es un auténtico delineante del tedio, un cínico de cojones, un relojero evocando melancolías y aflicciones y, en definitiva, un geógrafo de interiores que nos pone en evidencia. Ware siempre ha dicho que el futuro del cómic está en su pasado, y por ello retoma y parafrasea las enseñanzas implícitas en los clásicos, en los sundays y las tiras de prensa, con personajes como Big Tex, Rusty Brown, The Quimby Mouse o Rocket Sam. Además, salpica el álbum de textos de lucidez delirante, publicidad de época y reflexiones de neurótico en formato variable. La lectura lineal e ininterrumpida puede resultar agotadora, pero el picoteo ocasional que el propio autor recomienda, como quien se bebe un surtido individual de licores o toma su dosis diaria de medicinas, es una gozada por lo que tiene de juego, por las sorpresas constantes y por la intensidad emocional que alberga cada página. Aunque esté feo hablar de ello, es justo mencionar que los veinticinco euros que ronda el libro es un precio ajustadísimo dada la apoteósica edición de Mondadori, que incluye tintas fluorescentes que lucen en la oscuridad, rotulación extrema, encuadernación grabada en dorado y retos varios de producción e impresión. El corte de la pasta, sin ir más lejos, contiene la tira más pequeña del mundo. Fuerte aplauso pues para, entre otros, la traductora Rocío de la Maya y la maquetación de María Eloy García, porque salieron vivas y exitosas de todos aquellos momentos ante la máquina en que debieron de mentar varias veces a los muertos recientes de Chris Ware, por otra parte un titán.

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homosamplerEloy Fernández Porta, neologista de lo afterpop y simbionte de la llamada generación Nocilla (pijada mediática que, cual caldo gallego, no alimenta pero calienta el cuerpo), nos dará un disgusto un día porque en su literatura, tan preocupada por la urdimbre de la contemporaneidad, se expone al derrame cerebral y se diría, allá por las doscientas páginas de lectura (cuando el discurso se le ha encabronado y el lector está ya echando el bofe y ha tirado a tomar por culo el lápiz de subrayar), que lo sufre. Sufre el derrame pero, con un par, lo asimila y tira millas en su “no-ficción”. Eso está bien. Subtitulado “Tiempo y consumo en la Era Afterpop”, Homo Sampler es un ensayo tricéfalo acerca (y creo que cito) de este presente sin duración donde se nos ha hurtado el intervalo para meditar sobre la experiencia. Grosso modo, porque en realidad es más complejo, va de otras cosas, puede incluso que se trate de una hermenéutica del hoy a través de la cultura toda, o del zeitgeist, que se dice; y tiende a hilar fino, casi hasta la psicopatía. Es en esa sobreelaboración y en su tangencia con lo académico donde el asunto pierde algo de brío, aunque por momentos atrapa y en general se lee bien hasta que deja de hacerlo, sosteniéndose en el itinerario que no en el destino, que ni el autor sabe bien cuál es pero que da igual porque el libro se esfuerza en la humorada y se consigue, efectivamente, guasa pura, una cosa de hacer risa más ocupada en mantener la panorámica que en trazar alguna ecuación. (Un inciso: jamás escuchen a los exégetas del Porta, ¡son más brasas que los de Bukowski!) Entre sus logros me parece destacable la medición de la ironía, tan grave en el fondo como liviana en apariencia; tan hiriente sólo si el lector quiere y nunca crispante, lo que quizás responda a un equilibrio entre lo que se dice y el cómo se dice que esté haciendo de éste un libro bueno. El Porta está para que lo aten, pero como un cencerro, lo cual no hace sino sumar. Mola.

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filosofia de las corridas de toros

Hace unos meses se entrevistaba en estas mismas páginas a un torero retirado que se decía moralmente arrepentido de su tarea en los cosos. Aquello no era torero ni era nada, si acaso un mamarracho y un infeliz. Un impostor. Y de nuevo tiene que venir un guiri, en esta ocasión catedrático de Filosofía de la universidad de París, para recordarnos que el toreo es una escuela de sabiduría, que es arte desde el momento en que da forma –humana- a una materia bruta o al menos extraña como es la embestida del toro, equilibrando líneas y volúmenes “en tensión opuesta”; que crea belleza “con su contrario, el miedo a morir”, y que exhibe una realidad que “las demás artes sólo pueden soñar”. El espectáculo de la lidia, que es juego y es constante antropológica, es tan edificante como ver pasar a las mocitas, y eso un gabacho lo percibe, vaya si lo percibe. Wolff argumenta una desacreditación de los antitaurinos que parte de considerarlos antropocentristas que no se saben tales, inconscientes que se llaman “hombres” pero olvidan reconocerse “animales”, y que desde esa falta de humildad se erigen en animalistas y subordinan a su dictado a todas las especies, del paramecio al bonobo, del tripanosoma al podenco trotón. ¿Habría que impedirle al gato que deje de jugar con su presa herida antes de matarla?, cuestiona. Llevo apenas cien páginas leídas, gozadas línea a línea, pero lo que importa, sacudidos los meapilas, es que el libro es capaz de evocar, decodificándola en lo que cabe, toda la maravilla del toreo, toda la libertad de que es posible, la lealtad del combate, su grandeza ética y su victoria sobre lo imprevisible. Philosophie de la corrida (pues ese es su título original, sin especificidades) es una celebración desde el pensamiento y está dedicado “a quienes son ajenos al mundo de los toros, esperando que vislumbren la universalidad de un arte singular, y a todos los aficionados para que alcen la cabeza con su tesoro”. Bravo y olé.

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costamenabar

El jefe de todo esto está en viaje de negocios, así que hoy puedo agravar mi despecho de siempre y expresar sin comprometerle que la Coixet y el Roures me están dando una tabarra del quince. ¡¿A qué tantas alforjas si no hay sustancia?!

Siempre me he preguntado por qué se promueve con tanta insistencia el cine “español” por el mero hecho de ser tal. Por qué no se aboga, sin más, por un cine de interés, proteínico y del amor, venga de donde venga, y se deja de adoctrinar al lector de dominical en términos fenoménicos y de santoral que nada tienen que ver con el arte; más cuando el personal, en este país, es tan dado a diluirse y hasta a salir a darle a una cacerola sin saber muy bien por qué. En Málaga tiene una calle Antonio Banderas (de acuerdo: la pagó él) y aquí el ayuntamiento le produce a Woody Allen el mayor chorongo que haya hecho jamás el judío, como quien especula con bienes inmuebles. Malditos lobbies. Y, eh, ¡Ágora está a la vuelta de la esquina!

En el álbum de cómic Mis problemas con Amenábar, Jordi Costa y Darío Adanti hablan de “la forja, consagración y propagación vírica de un modelo cinematográfico basado en el simulacro de talento”. No podría decirse mejor. El cine de Amenábar no peca siquiera de lo que Alberto Lattuada llamó “la fácil tentación de la imagen que se contempla a sí misma” porque el cine de Amenábar no da ni para eso, es bobo, no existe, no es; pero qué paliza, qué horror, la que está cayendo y la que nos espera. En el prólogo al libro, Costa se ampara en el derecho a la sátira y luego llega a referirse al panoli como “el mal absoluto”. Porque Amenábar, que en sí no es más que un emperador en pelota, es sin embargo la punta de un iceberg mucho más peligroso. Un espejismo colectivo que prima lo gaseoso y el mantenimiento del statu quo por encima de cualquier mérito, riesgo o revolución. Recordemos que aquí se nos murió un dictador de viejo, y el regicidio lo podemos esperar sentados. Va a ser pues que tenemos lo que nos merecemos. O qué.

El tebeo, eso sí, es una risa. De algo ha servido que Amenábar exista.

En CINEMANÍA

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