vulvaMe obsequian, los señores de Vivaeros, con una muestra de Vulva Original, que más que como perfume se presenta como entretiempo olfativo y como capricho específico. Vulva es fragancia de vagina compuesta de miristrato de isopropilo, agüita clara, farnesol (un bacteriostático) y algún tipo de destilado al que llaman discretamente “aroma”, que imagino será el principio activo. La idea es perfumarse la tabaquera anatómica (ese hueco próximo a la muñeca donde se depositaba el rapé antes de esnifarlo) y a partir de ahí salpimentar los días y las horas y hacer del gris, gris marengo.Vulva es una fragancia plana, que no acaba de templarse y claramente apócrifa. Se aproxima pero no llega y la primera impresión que nos despierta es que todo coño es irrepetible, irreproducible y efímero. Para ser honesto he de decir que huele un poco a horcate, a correa quemada de moticultor, puede que a orín equino; que con suerte nos traerá una noción de infancia, un recuerdo de genitalidad y desaseo, pero poco más. Pero tampoco nos precipitemos, puede que no sea un fracaso: como todo perfume, Vulva actuará en consonancia a la química corporal del usuario, y si el usuario está muy dispuesto a eclipsar cualquier coño real de su memoria y asimilar la mentira, quizás será capaz de enfatizar masturbaciones austeras y en un momento dado implantar ilusiones románticas, acaso evocar hechos que jamás se dieron y un poco nublar el criterio. A un ayuno de meses puede incluso que lo confunda sin demasiada dificultad. El erotismo, al fin y al cabo, es un invento del hombre, y asistirlo es cosa de cada uno. A mí, no puedo evitarlo, me llena de júbilo que tal cosa exista.

Aunque sublimados, hablamos de coños, así que el asunto requiere una inversión, en este caso de euros (19,90 por 2ml), pagaderos en esta dirección.

En Kiss Comix

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Esta mañana, rondando la sección de ultramarinos, he recordado que en una ocasión doblé a Vin Diesel. Fue el colega Nando Salvá, trabajando para Días de cine, quien me pidió que le pusiera voz a tal mariconazo. La remembranza ha tenido algo de anclaje, porque, por azares, llevo lo que va de año sumido en maelstroms y ficciones marinas. Lo empecé leyendo con gusto Benito Cereno, el relato sostenido y maestro de Melville; a continuación devoré los nueve tomos de Maiwai, un manga febril y delirante de Minetarô Mochizuki sobre piratas contemporáneos (atrevidísimo, audaz, cosa fina); anoche estuve viendo Encuentros en el fin del mundo, el documental de Herzog sobre la Antártida, ligero pero minado de apuntes existencialistas, como siempre en Herzog, y ahora buceo a pulmón libre en un libro de crónica titulado Mares sin ley, sobre el caos y la delincuencia en los océanos del mundo. Me lo paso bien.

Hablando de ficción, en su libro Misterio, emoción y riesgo, Fernando Savater escribe que el mar de antes es un poco lo que hoy el espacio interplanetario, y que quien volvía del mar traía siempre algo nuevo que contar, maravilloso o terrible. La aventura sin horizonte me presta mucho más que cualquier otra, supongo que porque el mar es una promesa de insondabilidad y una constatación de insignificancia. Dicen que cuando uno desembarca le tiemblan las piernas y percibe que la tierra firme se balancease, porque se conoce que en el mar está nuestra cuna. “¡Hombre libre, tú siempre amarás la mar!” dejó escrito un poeta afectado, y otro aún más cursi anotó: “El mar, el mar, y no pensar en nada…”

Creo que nunca llegué a ver la emisión televisiva del reportaje sobre Vin Diesel, pero hoy, mientras sostenía un filete de tintorera, me ha sobrevenido ese recuerdo remoto. Una cosa proustiana. No tiene mérito alguno: conozco a un tío que se pasó por la piedra –o se dejó pasar- a Chloe Sevigny, y eso, aunque terrenal del todo, sí que es viril y bonito de contar. Ya en casa, embarazado de realidad, he puesto a descargar Master & Commander, que nunca he visto y que me han dicho que estaba bien.

En CINEMANÍA #162

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Desde que en 1981 zarpase en las páginas de Love & Rockets, la saga llamada Locas de Jaime Hernandez, sobre un puñado de gentes humanas en cohabitación, despecho y sentir, ha ido creciendo, depurándose y situándose muy por encima de cualquier cómic coetáneo a la vez que dignificaba el género del culebrón sin desvirtuarlo nunca, aplicándole rudimentos que a mí me gusta emparentar con los melodramas de Buñuel en México (toda esa pasión), las dosis pertinentes y finas de intriga y macabrismo y una glosa del alma humana que ya quisiera para sí –hay que decirlo- mucha de la literatura llamada tal. Aquí encarta otro tópico que es a la vez cursilada: los personajes de Jaime Hernandez son personajes pero están vivos. Y eso se ve muy bien en este libro en que las esperanzas, el arrojo y la impunidad de la juventud han empezado a remitir o a pasar factura en Hopey, Maggie, Doyle y el resto. Las chicas se están haciendo mayores o quizás lo son ya, aunque no se quieran. Es verdad que nadie dibuja coches peor que Jaime Hernandez, pero tampoco nadie es tan buen fisonomista y un anatomista tan esforzado, nadie mide y reparte tan bien el trazo y los negros, con tanta discreción (porque Jaime parece no tener conciencia, o al menos no hace alarde, de ser uno de los mejores artistas del medio), y nadie narra con tal limpieza, tan diáfano y con tanta hondura. La educación de Hopey Glass se divide en dos partes diferenciadas, la primera atiende a Hopey integrándose en su nuevo trabajo de auxiliar de maestra y la segunda a Ray, ex de Maggie, pajareando alrededor de la bobita Viv, que está más rica que todas las cosas. Ambos los dos, Hopey y Ray, desnortados; y por medio ronda Angel de Tarzana, que es lo físico y lo rotundo, el ímpetu. Se mantiene la estructura de historietas cortas y fragmentarias que ha ido conformando la ya madura saga de las “locas” como un límpido puzzle de humanidad que el lector organizará en su cabeza, pero el libro es de tal altura que su lectura aislada es también posible y gozosa. Las revistas llamadas de tendencias suelen venir llenas de hipérboles y de frases hechas y no tienen credibilidad ninguna, pero, ya que esto no es una crítica sino una reseña sentida, voy a intentar transmitir mi entusiasmo: La educación de Hopey Glass es el mejor tebeo y puede que uno de los mejores libros no sólo del año pasado, sino del que viene. Y vale ya con el eufemismo de “novela gráfica”, por favor.

En VICE

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“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo.”

Nietzsche


A este tío lo tenemos poco vindicado pero maldita la falta que le hace nuestra loa. Porque Clovis Trouille (1889-1975), maquillador de maniquíes en una fábrica de París y autodefinido como “pintor de domingo”, nunca negoció su gloria. Trouille negó toda moral burguesa, rechazó las imposturas de la religión y abogó por una sociedad “sin fronteras”, muy distinta a la que habitamos. Conquistó su libertad como disidente, alejándose de los círculos endogámicos y viciosos del gremio; vivió para pintar pero nunca pintó para vivir, consciente de que cualquier transacción podría coartar y alterar en algo su arte, y la idea de trascendencia o reconocimiento le trajo siempre sin cuidado. “Jamás he trabajado con vistas a obtener un gran premio en una bienal veneciana cualquiera, más bien lo he hecho para merecer diez años de cárcel; eso es lo que me parece de verdad estimulante.” Trouille, que reivindicó el arte como asunto mental y huyó de cualquier academia, fue un poco una dinamo para heterodoxos y rebeldes como los surrealistas, aunque él, como Artaud, creía que la realidad superaba cualquier surrealismo. Sin embargo, en alguna ocasión definió su pintura como verdadero SUPERREALISMO, al considerar que en sus lienzos creaba una realidad aún más verdadera, más intensa que la auténtica realidad. Bien mirado, algo de eso había si atendemos a sus técnicas: descontextualización y calco de fotos, collage, disposición desarticulada y subversiva de objetos y sujetos y un uso simbólico, vulgar y estridente del color y la luz. Con esos medios transmitió un anticlericalismo feroz, donde los violetas cardenalicios se encoñan con fragantes verdes, rojos y amarillos que en el poso de su grosería citan a Cézanne o a Gauguin.

Validado por estrellas como Dalí o Louis Aragon y emparentado en nuestro jardín de las delicias a otros gigantes plásticos como Otto Dix, Hans Bellmer, Félicien Rops, Magritte, De Chirico o Paul Delvaux, el mundo de Clovis Trouille suena a charanga de muertos, a orgía tremenda y a misa para Satán. Algo hermoso. Apunta Bernard Marcadé en uno de los artículos que hace de pórtico a este libro de glosa y reproducción que quizás el empleo cotidiano de Trouille con los maniquíes le proporcionó una mirada precisa sobre el erotismo, materia que al resto de humanos le suele ser invasiva y huidiza. Como fuera, su uso, abuso y enredo de estereotipos exóticos, utilería sadomasoquista y referencias pop dieron con un exuberante paganismo de lujuria, barbarie y misericordia.

Sabedor de la banalidad mundana, Trouille llegó a pintar sus propios funerales, y así, en su panteón abierto de par en par hizo morar a una monja sin hábito, de pezones torpederos y pubis cubierto por un murciélago, que fuma y habla por teléfono con mirada evocadora, mientras unas manos de uñas rojas emergen de la oscuridad para abrazarla lúbricamente. El uso habitual del velo se invierte para ensalzar la vanidad y la picardía de la religiosa, mientras a sus pies un orinal hace las veces de sagrario y un Cristo de bigotes dalinianos se carcajea desde el frontispicio. Sapos, reptiles y frailes rondan a sus anchas profanando el camposanto, electrificado por un vitalísimo rayo. A la izquierda del panteón de Clovis podemos ver la tumba de Lautréamont. A la derecha, la de Sacher-Masoch. Magnífico todo. Un respeto.

En Kiss Comix

guillaume_depardieu

He de reconocer que la muerte aún reciente del joker me fue indiferente y que para la de Paul Newman ya había hecho sitio, pero la de Guillaume Depardieu me ha molestado tanto como lo habría hecho, por un poner, la desaparición prematura hace unos años de Robert Downey Jr., que en algún momento, cuando parecía ir tentándola, se me llegó a antojar próxima.

A falta de ver todas sus películas, cosa que jamás haré, tengo noticia de que Depardieu, lampiño, tullido, somnoliento, de guapura desabrida, cargado de espaldas y a su pesar de linaje, participó en ponzoñas como aquella española del prozac y las dudas, supongo que por bajarse al moro y echarse unos vinos y puede que alguna latina al lomo, sin prejuicio artístico ni moral; en otras fungibles del tipo histórico, tan usuales en Francia y tan peripuestas, y en alguna extraordinaria como mi favorita suya, la afectadísima Pola X (Leos Carax, 1999), adaptación de una de las novelas más fascinantes que en el mundo son y han sido.

Pola X se recuerda porque tiene una escena de sexo explícito muy resultona en la que el hijísimo guerrea con la picha firme y candelaria sobre Yekaterina Golubeva, una rusa dispuesta a la que luego veríamos en aquel infundio llamado Twentyninepalms (Bruno Dumont, 2003), pero a mí me gusta en su conjunto porque es un melodrama encendido, templado con música de Scott Walker, en que un joven burgués baja en moto a los infiernos de su clase y de su consanguinidad, en un cauce turbio de genealogía, contaminado de parentescos y con desembocadura fatal.

En otra de las escenas de la película, Guillaume camina junto a una hilera de coches aparcados rompiendo todos y cada uno de los retrovisores de los vehículos, como un vándalo adolescente enrabiado con el mundo, gangrenado de ira, lleno de razón, y así es como vi yo siempre a ese chaval, incapaz de matar al padre para ser uno y susceptible ahora de convertirme en responso la columna.

Sólo unas líneas, en fin, para saludar su muerte. Gracias por todo, rubio.

En CINEMANÍA #159

possession

Leo a Andrzej Zulawski (entrevistado en la recopilación del fanzine Eyeball, editada en 2003 por FAB Press) hablando de su cine en general y de la gestión de sus actores en particular, de los raptos de éxtasis inducidos a sus actrices, de su entendimiento de la interpretación como una cuestión básicamente religiosa desde el momento en que el primer actor de la historia debió de ser un chamán declamando para su audiencia, y de hasta qué punto lo de interpretar es bucear en la propia tiniebla psicológica, la misma que permite caminar sobre brasas o tragarse un sable sarraceno.

A Zulawski siempre le ha gustado llevar a sus actores al límite, ponerlos en trance antes del rodaje. Sobre todo a las chicas, que a su decir están mucho más bloqueadas por la civilización. Hay que “abrirlas”, dice, por su propio bien, y añade que no bromea y que tampoco se está sirviendo de palabrería freudiana. Lo cierto es que en Zulawski se encuentran varias interpretaciones femeninas inolvidables, como la de Romy Schneider atacada de los nervios y del espíritu en Lo importante es amar (1974), la de Valérie Kaprisky (dios santo, quién podría olvidar aquellos bailes vulgares…) en La mujer pública (1984) o la más famosa de Isabel Adjani en La posesión (1981), vomitando la primera papilla en el centro de la tierra. Esta última, se conoce, llegó a suicidarse un poco cuando vio la película terminada. Por dar la nota pero también como reacción sincera, la Adjani se encerró en un lavabo y se tajó superficialmente las muñecas con una gillette para demostrarle al polaco lo mucho que había sufrido viéndose en la pantalla. “No tienes derecho a usar así la cámara, a mirar dentro del alma de alguien”, le dijo. Yo lo entiendo como un piropo, pero según Zulawski es que la Adjani sabía que su alma era oscura.

Las películas de Zulawski tienen algo de experiencia intransferible y cambiante, y un saludable margen para el caos y la zozobra que puede dejar al espectador exhausto, tocado para tres días. Eso es algo que habría que pedirle siempre a una película, un mínimo de tres días de poso o, en su defecto, un par de arcadas. Lo cual no quiere decir, ojo, que la última de Batman sea buena. Ni de coña.

En CINEMANÍA #154


Acudo a una película alemana muy bien titulada que me ha de servir para salir de este mes, para ausentarme un poco de junio, que es un mierdas. Acudo convencido de que las películas más viejas que uno, al estar muerto todo en ellas y arruinados los lugares donde se suceden, ofrecen una confortabilidad fuera de serie y se miran como se ausculta un ancestro, sin los riesgos de la contemporaneidad, sin rastro de paranoia. Lo desaceleran a uno y luego se vuelve a la actualidad, al cuerpo presente, cuando el rollo de créditos (y esto es gratuidad estética porque entonces no se acreditaba a casi nadie), se retorna al ahora, digo, con la valija de andar por casa y se va tirando, igual un poco más ligero. La asisto en una copia nefasta, que titila en las escenas de riesgo y en esa música boba de peripecia bien resuelta, de paso en falso resuelto felizmente cuando un alpinista pierde pie en una primera escena lúdica.

Pero aunque La montaña en llamas (Luis Trenker, 1931) empieza como una peli de alpinistas pronto se horizontaliza en gran guerra, en unas hazañas bélicas de trincheras, tiras y aflojas y disparos como sonatinas, un tanto quejosos en esta copia tan mala y tan carente, sacada de Internet y subtitulada morosamente en italiano.

Trenker también dirigió La gran conquista, otra película tituladísima, de empecinados, con sus crestas, sus laderas y sus ambiciones, pero de esa casi no me acuerdo. Arnold Frank o Leni Riefensthal firmaron otras de aquellas pelis de montaña tan frecuentes, que eran un poco, por lo de los Alpes y por naturaleza, el western de los alemanes. Hoy creo que ya no se hacen y que “Luis Trenker” es una marca de ropa chustera. Y que Alemania la han quitado y han puesto una refinería.

Y luego se estropea el CD y lo quito y me conformo con hacerme a la idea: La montaña en llamas es la idea de una montaña un poco infestada, con gente dentro, soldados en retirada y así. Es, por tanto, un cascarón, una montaña frágil y populachera, muy bien pensada como arquiescenia, pero que no sirve en junio, no funciona. Y así hasta el mes que viene.

En CINEMANÍA

Lamenta John Milius que hoy la gente no viva la vida y sólo vea películas, y que por eso haga películas que tratan de películas, donde todas las experiencias se toman prestadas del cine. “Antes se esperaba que los artistas explorasen territorios que nadie antes había pisado. Ahora es todo lo contrario: cuanto más lo afines, cuanto más sepas satisfacer a un público manipulable, mejor.” Dentro de esa tendencia hay excepciones que alcanzan sus valores en la relectura, en la reinterpretación exacerbada y enriquecida, como es el caso de Tarantino con los subgéneros o de Lynch con el cine negro, pero, en su esencia, comparto absolutamente la preocupación de Milius, que ni siquiera se refiere a lo posmoderno y que va más allá de lo artístico. Milius lo que cuestiona es la tarea de los artistas como presuntos benefactores de la humanidad y la pérdida en su obra de valores como “el honor, la honradez, la lealtad o la firmeza”, cualidades que –dicen- hacen al hombre tal.

Los artistas han pretendido molar toda la vida, en parte uno se hace artista por eso, para molar, pero pongamos los puntos sobre las íes: el artista obstinado en ser cool, el artista que se quiere, como diría el poeta, sublime sin interrupción, ese artista, y esto es así, suele ser más tonto que andar para atrás. Y su arte tan inocuo como… como el cine de Claire Denis. Por ejemplo.

Milius, él lo asume, es un anacronismo viviente. Desde esa condición no es fácil ser cool. Pero sus palabras me hacen preguntarme ahora si hoy el cine está haciendo algo por nosotros, además de actuar como terapia y, con menos frecuencia, muy de vez en cuando, como elevación estética. Dadas las circunstancias, y con el agravante de que empieza el buen tiempo, no está de más decidir que el cine murió hace mucho como ya hiciera la literatura de ficción, la novela, y como murió Dios. Y quizás sea la hora de bajar al bar y romper cuatro sillas, levantarle la novia a un colega, arreglarlo a hostias, dormir a la intemperie, tirarse de la moto, echarle huevos y poner un chiringuito. Tanta película y tanta película.

En CINEMANÍA

Escribir de cine tiene algo de literatura bastarda, como hacerlo de fútbol o de cocina. Leer de cine es otro cantar, a menudo un aventurarse en los páramos y volver embarrado y de vacío; con suerte, matar el hambre cuando lo que había era un buen apetito. Leer de cine resulta, a veces, más sufrido que el mismo escribir.

Dejando aparte las traducciones de algunos títulos estupendos -casi siempre de entrevistas con cineastas- y pese a las notables ediciones temáticas con que algunos festivales vienen a completar su oferta cultural, la mayor parte de libros de cine que se escribe en castellano tiende a la coyuntura, al academicismo brasa o a la base de datos insulsa, tan persistente como inútil en tiempos de unos y ceros. Literatura no son casi nunca. Cada vez son más caros de ver ensayos como los de Pere Gimferrer, piezas a la altura de Horacio Quiroga o loas tan sentidas y bien medidas como las de Fernando Savater. Por eso mismo no deja de ser una grata sorpresa el toparse en la sección de novedades con dos titanes como Pilar Pedraza y Agustí Villaronga, ella firmante de algunos de los mejores momentos góticos de nuestra literatura en títulos como Arcano Trece o La perra de Alejandría; él, sin duda, el director más atípico, libre y turbador de la cinematografía europea, responsable de películas como Tras el cristal, El mar o Aro Tolbukhin. Cada uno tan propiamente suyo y ambos los dos empacados en un mismo volumen.

El libro lo edita Akal en una colección dirigida por Francisco López Martín y en sus páginas la dama oscura saca a bailar al perro verde, y su danza habla del mal como enfermedad, entiende que no hay que disculpar a los creadores proporcionándoles coartadas “a posteriori” y sostiene que la transgresión es un derecho fundamental del arte. Y dice muchas más cosas de interés, todas a cuento del cine del mallorquín. Tiene unas magníficas portadas metalizadas que lo dificultan para el escaneado pero que dan una idea de su aquilatado, y lo traigo aquí sin más, porque quiero que conste y porque leer de cine, a veces, sí, es un gustazo.

En CINEMANÍA

Sadomaso, Hustler o Chic Video X son algunas de las revistas con las que José M. Ponce (1954) ha puesto color al quiosco nacional a lo largo de su carrera en prensa. Aunque quizá es mejor conocido como responsable del Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona en sus seis primeras ediciones. O como director de cine para adultos desde mediados de los ochenta. Impulsor de una crítica especializada en porno y de una industria autóctona hoy plenamente instaurada, poseedor de una mente rápida y precisa, fetichista y esteta, hablamos con él de su último libro, El destape nacional, que recorre una época en que tetas y pollas (más tetas que pollas) se erigieron en logro político.

«España era un disparate. Yo empiezo a trabajar en la radio en 1973, luego en Flashmen, una revista para tíos. Los medios vivían a salto de mata, pero había una serie de trucos de los que nos servíamos todos. En televisión, por ejemplo, había un censor residente. Asistía al montaje, pero cuando llegaba el momento de insertar los planos conflictivos, una secretaria hacía de gancho y le anunciaba una llamada en el despacho contiguo. Allí le hacían perder cinco o diez minutos que servían para colocar las convenientes imágenes de desnudo. En las revistas se pintaban bikinis sobre la piel de las chicas desnudas, se aprobaba en censura, se borraban los bikinis y se sacaba a kiosco con la chica en pelotas. Si lo descubrían, pues te secuestraban la tirada y no cobrabas, o incluso podían detenerte, ese era el riesgo. En la radio enviábamos partes de censura falsos por defecto, y así con todo.»

Recapitulemos. En 1961 Fraga, entidad irreductible desde que se remojase en las aguas mistéricas de Palomares, era nombrado ministro de Información y Turismo y proponía leyes más modernas en los criterios de censura cinematográfica. En 1975 se revisan las actas de censura y se contemplan los desnudos en el cine siempre que formen parte de la unidad de la película…

Sí, bueno, pero en realidad lo de Fraga fue una trampa, porque lo único que hacía era eliminar la censura previa. Hablamos de una época alucinante en que un diario, por ejemplo, tenía que pasar censura previa. Con esa ley dejaban la decisión final en manos del director o el editor, pero a sabiendas de que le podían meter un puro de la hostia. Multas, secuestros o incluso procesamientos. Era decir: vale, no vamos a controlar lo que publicas, pero si te metes con Franco te vamos a fusilar igualmente, ya te cuidarás muy mucho. Promocionaron la autocensura y la censura económica, y en la práctica no sirvió de nada. Luego, tras la muerte de Franco, sería todavía peor, se les escapaba de las manos y se abrían procesos salvajes.

Pero a ver, ¿cuándo empiezan a ocurrir cosas? Porque hubo también un destape de actitudes, un destape musical y creativo en general. Antes de que la movida madrileña heredase el Rollo barcelonés estaba la cançó…

Exacto, y el auge de las FMs. Yo creo que todo empieza con la muerte de Carrero Blanco. Hasta ese momento hay cosas absolutamente residuales y que en realidad se le pasan a la censura. Es el caso del Je t’aime moi non plus, de Gainsbourg: los censores reciben la letra: “yo te quiero, yo tampoco”, vale, visto bueno. Luego sale la canción y descubren que se trata de un polvo con música, que están follando. Para cuando lo retiran ya está en el hit parade de todos los guateques. Ocurría ese tipo de cosas. En el cine, la famosa teta de Elisa Ramirez, que con velo y todo hizo que una adaptación de La celestina (1968 ) fuese un éxito de taquilla brutal. O el caso de Helga. El milagro de la vida (1967), que era un presunto documental de tintes educacionales y científicos, pero que al mostrar un coño, un parto, se convirtió en otro éxito rotundo con desmayos en las salas incluidos. Esas cosas se autorizaban por despiste o por confusión. Luego empieza a transmitirse cierto discurso de apertura por parte del régimen con lo que llamaron el espíritu del 14 de febrero o algo así. Franco estaba ya con un pie en el otro lado y van y le matan al delfín. Obviamente, empezaron a ocurrir cosas. Fue un aluvión, se creó un caldo de cultivo, había un país empujando y no pudieron con todo.

Y, ¿qué papel juega ahí el destape? ¿Contribuye a la reeducación sexual del pueblo?

La parte final del destape yo creo que sí. Es que en los sesenta era horrible, la calle era patética. Cuando empieza a darse el turismo, cuando llegan las suecas, es que se les hacía la ola, se las perseguía literalmente por la calle. Era demencial. En las revistas eróticas el tope eran chicas en bikini. Había cosas más divertidas en las de moda. ¿Qué ocurría con publicaciones como Bocaccio o Flashmen?, pues que tenían una nómina de colaboradores con enjundia, como Marsé, Vázquez Montalbán, Umbral… Y los entrevistados también solían saber a lo que iban, se soltaban un poquito. Eso sí, seguía siendo impensable hacerle una entrevista a Carrillo.

El cine mundial en los setenta se convierte en un medio capaz de reflejar inquietudes contemporáneas. Se habla de drogas y la violencia se trata con una crudeza formal inaudita hasta entonces. Aquí, mientras, corren ríos de tinta cuando la Cantudo lo enseña todo en La trastienda (1975), oficialmente el primer desnudo integral del cine español. Haciendo analogía, ¿el destape fue entonces nuestro logro ideológico, nuestra manera de mostrar una realidad?

Claro, claro, el destape era un logro político, social. La gente palpa la libertad cuando puede comprarse La Razón o Interviú, cuando puede escoger. En aquel entonces la policía llegaba y te tiraba la puerta abajo. No podías ver el fútbol en riguroso directo, por si en las gradas se desplegaba una pancarta proetarra. La emisión se cortaba “por razones ajenas a nuestra voluntad”. El desnudo era, probablemente, la mejor proyección de libertad entre los ciudadanos.

Y todo de una manera casi festiva, puramente latina. Las chicas eran algo así como iconos populares…

Estrellas, eran estrellas. Mujeres como Victoria Vera, Bárbara Rey y tantas otras eran auténticas estrellas. Luego estaban “las chicas del coro”, algunas con cierta calidad, otras con ninguna, pero todas capaces de conectar con la gente. Efectivamente era una cosa alegre, y bien pagada, había cachés que podían alcanzar el millón y medio de pesetas, y por un reportaje gráfico se podían llegar a pagar hasta doscientas cincuenta mil. Hablo de hace treinta años, eso era mucho dinero.

Como hoy las garrapatas de la prensa rosa… Pero, ¿el consumo de representaciones eróticas no requiere cierta liturgia clandestina? Ya en la literatura galante del Siglo de las Luces era necesaria cierta conciencia de desorden, de perversión burguesa. ¿No era saludable que la gente se fuese a Perpinyà para ver un peliculón como El último tango en París? ¿No suponía la prohibición una espuela?

Claro, pero eso también ocurría por torpeza. Es que el régimen, en sus estertores, es extremadamente torpe en todo lo que hace. Además de cruel, brutal y estúpido. Lo de irse a Francia a ver pelis partía de esa imbecilidad. Empezó con el interés de una minoría más o menos inquieta culturalmente, o que sencillamente estaba próxima a la frontera y se acercaba a Francia a pasar el fin de semana, a hacer unas compras y a verse una película. Pero se le dio tanta difusión en los medios afines al régimen, que de pronto estaban flotándose autocares desde todas las ciudades españolas. Con su propia torpeza, lo que no pasaba de ser una cuestión elitista o casual, se convirtió en un morbo masivo.

Y la confusión continúa, porque en 1977 el gobierno de UCD marea la perdiz mientras especifica unas leyes absurdas y tendenciosas en la regularización de la exhibición de pornografía y se inventa una “S” para calificar las películas que “pueden herir la sensibilidad del espectador”. Llega un momento en que la gente, para ver carne, se tragaba un Pasolini.

Las salas de arte y ensayo eran un reducto de aforo restringido y sin estrenos significativos. La administración era permisiva con ellas, quizá lo veían como cosa de cuatro chiflados que mientras estaban en el cine no montaban una célula. Pero la “S” sí funcionaba como reclamo, los cines de doble programa trabajaban a toda máquina, y hasta se inauguraron las matinales, sesión contínua desde las diez de la mañana.

Inevitablemente se propició el intrusismo y el destajismo. Algunos exhibidores, incluso, plantaban la consonante a películas que el Ministerio no había contemplado. Se desarrolla una impostura, el cine “S” se establece casi como un subgénero insólito…

Creo que fue José Luis Guarner quien habló del cine “S” como una de las manifestaciones más camp de nuestra bendita democracia.

Y en 1983 llega Pilar Miró y por decreto desmantela todo ese tejido de producción que por su dispersión ni siquiera era tal. ¿Representó esa ley una saludable naturalización del asunto, o en verdad fue la reculada de un proceso de libertad creativa?

Algo había que hacer. Probablemente la ley Miró no era lo ideal, en primer lugar porque llegaba con siete u ocho años de retraso. Era una ley copiada de los franceses. Potenciaba cierto cine y jodía a otro segmento de la industria, que como dices ni siquiera era tal, pero es que es algo propio de aquí: cuando llega la izquierda barren con todo lo que había propuesto la derecha, y a la inversa. Yo creo que eso no pasa en todas las administraciones, los franceses cohabitan, posibilitan pactos más profundos. Creo que es una cosa como latina. La ley Miró pecó un poco de eso, pero es cierto que había una decadencia real. Se habían alcanzado unos niveles de caspa importantes.

Todo lo que estamos hablando lo cuentas y lo ilustras en tu libro. ¿Te lo planteaste desde la tarea historiográfica, desde la nostálgica o desde una mirada distante y condescendiente?

Eso último, precisamente, el ver todo aquel fenómeno con demasiada perspectiva histórica, intenté evitarlo. He procurado llevarlo al terreno de mi memoria. Sin ser exhaustivo, sin aburrir con datos; evidentemente he manejado mucha documentación, pero quería que primase mi memoria, me he retrotraído para lograr un trabajo nada críptico y sí muy asequible. Y he procurado ser muy amable en todo momento.

¿Y ahora qué? ¿Dónde estamos?

Pues yo qué sé… En prensa, por ejemplo, revisando cosas de la época, me ha sorprendido comprobar que entonces se escribía mucho mejor. En el caso del cine no es lo mismo, había cosas que estaban muy bien y que todavía hoy pueden tener vigencia, pero en general no se hacía muy buen cine. No sé bien cómo ha evolucionado todo… Lo que en mi época se llamaba el establishment se ha defendido con astucia, como siempre lo hace, engullendo lo que le interesa y regurgitándolo. Objetivamente nadie se puede quejar, tú puedes hacer una peli de zoofilia y Antoni Ribas puede hacer Centenario. Pero lo cierto es que se ha encorsetado todo de tal manera que creo bastante difícil que la chavalería pueda alcanzar una plenitud creativa. Quizá falta ese anarquismo heredado en donde se mezcla todo tipo de disciplinas. La industrialización de la obra coarta. La juventud parece que se cabrea más que hace diez años, eso está bien, pero tampoco se dan las condiciones. Un chaval que quiere dedicarse al periodismo o al cine puede estar muy cabreado, pero en cuanto le ofrezcan la posibilidad de entrar en el juego, se le pasará el cabreo. En mi época esas cosas no estaban tan presentes, no era tan fácil acceder a ellas. Tenías que escoger entre comprarte un coche o irte a Ibiza. Si te ibas a Ibiza, de puta madre, si te comprabas un coche entrabas en una dinámica muy clara. Ahora puedes hacer las dos cosas, o sea, que aunque te vayas a Ibiza entrarás en esa dinámica. Cómprate un piso y ten un hijo, luego me cuentas…

(En H Magazine, probablemente en versión algo reducida)

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