fallos de raccord

FALLOS DE RACCORD

de MARCOS PRIOR

Diábolo

A Dios lo mató un alemán y el deceso de la novela es una vieja ocurrencia, pero es cierto que hoy todo es desamparo, fracción y –con suerte- mosaico. Prior, a quien habíamos disfrutado al timón de Raymond Camille o Rosario y los inagotables bajo el seudónimo de Kosinski, juega esa mano de las teselas de colores para componer una chufla más o menos superheróica con querencia por lo falsario, el informe de daños y la extravagancia. Se ampara en monsergas, caprichos, citas retro y apócrifos a discreción para puntear un hilván de conveniencia, tan del siglo XXI que al fin no puede evaluarse más que desde la perplejidad y la risa boba. Fallos de raccord es un metatebeo audaz algo empachado de sí mismo, donde titila el ingenio y que sí, algo subvierte, pero que trae un fichero oculto donde se lee que el mejor tebeo de Prior es el por venir. Seguimos en sintonía.


el rey de las moscas

EL REY DE LAS MOSCAS. 1. HALLORAVE

de MEZZO y PIRUS

La Cúpula

A este par se le podría achacar subordinación desmedida a la Serie B si no fuera porque ellos mismos hacen gala y celebración, como se hace hoy cuando se cita, se glosa o se parafrasea. Y así, entre cuajarones de Burns, Lynch y otros, Mezzo y Pirus disponen con grafismo inerte y riesgo –bien fintado- de álbum de cromos, un puñado de psicologías cruzadas que, en diagramado regular de tres por tres viñetas, conforman una retícula social minuciosa para con el hastío y las neurosis habituales. Sensaciones conocidas que se refuerzan mediante hábiles redundancias entre dibujo y texto, en ese delicado ejercicio de lanzar metáforas literarias que cristalizarán en lo gráfico. Serie negra francesa y apreciable angst en un tono más próximo a una naturaleza canadiense (o así) que al polar de toda la vida. Buen tebeo.


santo cristo

SANTO CRISTO

de TYTO ALBA, MARIO TORRECILLAS y PABLO H.

Glénat

“¡Dejen de contarnos su vida!”, clamaba David B. hace unos días en otros papeles. Su hartazgo aludía a la sobreproducción confesional, en su mayor parte mediocre, que, desde hace ya, nos tiene bostezando. No es el caso, Santo Cristo es otra historia.

Cuesta entender que los recuerdos de uno puedan contarse en trío sin perder adentros, pero Alba (Badalona, 1975), Torrecillas (Esplugues, 1971) y Hernández (México, 1975) cooperan, precisamente, para esencializar esa memoria, vadeando arremangados las inercias de lo umbilical y tramando desde el oficio una historia emotiva clásica, opinable a veces pero excitante siempre, y elevada sobre cualquier “verdad” individual. Así, descifran las razones de una generación que ya pierde pelo, periférica, testimonian sin saña la mala educación y entonan un dibujo sin engreimientos, legibilísimo y deferente que, efectivamente, suena a Stewart Copeland en las elipsis arquitectónicas. El libro, además, trae enseñanza: que el fuego se combate con fuego y que cualquier tiempo pasado fue, si acaso, circunstancial.


el arte de volar

EL ARTE DE VOLAR

de ANTONIO ALTARRIBA y KIM

Edicions de Ponent

Antes de suicidarse, Antonio Altarriba –padre- vivió, entre 1910 y 2001, buena parte de las sacudidas que modelaron la España de hoy y que en su transcurso irían construyendo o desahuciando a los individuos que, mal que bien, la habitaban. Ahora, Antonio Altarriba –hijo- (Zaragoza, 1952), bien avenido con el dibujo tan bullicioso -puede que algo viciado por el oficio pero siempre vivaz- de Kim (Barcelona, 1942), procede a los avatares paternos jugando ambiciones y densidad próximas a la novela realista decimonónica. El reto es imponderable: apropiarse de la voz del difunto, desde la prerrogativa de la consanguinidad, para así, a la vez que vive el duelo, hablarnos en primera persona de un país donde una vez existieron derechas e izquierdas. La intención de crónica y esa disolución paterno-filial arriesgan el personaje del padre, utilitario en muchos pasajes, pero los autores se manejan muy bien entre la hagiografía y la razón, y entendemos que la obra ha cuajado plenamente cuando se libera ya del historiar la nación y, sin perder de vista el entorno, se rinde al paisajismo interior del hombre. Y en el libro, apabullante y destacado, vence la dignidad al lamento y no hay “Adagio for Strings” que valga.


En ROCKDELUX

PussyPortrait_Cover_300dpiPor lo que fuera, un día, cuando el rostro nos lo teníamos muy visto y muy manido, el iris, la huella dactilar e incluso los patrones fónicos se decidieron como rasgos biométricos que iban a servir a los hombres modernos para identificarnos individualmente y sin género de duda, lo mismo como prueba delictiva que de potestad. Luego llegaría el ADN y ya nada volvería a ser lo que era. Pero, oigan, que una picha igual no, pero un chocho habría hecho el mismo servicio.

Pussy Portraits es el primer libro de la fotógrafa Frannie Adams y en él presenta cerca de noventa imágenes con las que viene a decirnos que un coño nunca es extrarradio. Para ello casa primeros planos de señoras y señoritas con planos detalle de su genitalia, la suya propia de cada una, al aire y en reposo. Con sus crestas, sus especificidades dérmicas, sus grados de pigmentación, su pilosidad y lo que se conoce que hay que tener. Adams se esfuerza en denotar la convergencia, en disponer bien a la vista las equivalencias cromáticas, de gravedad y de configuración que remarcan una coincidencia labial o un temple concreto, que acaban por asociar una mirada a un aleteo, un trazo nasal a un surco vestibular o un “rasgo de carácter” a un corte de cara. Y así va evidenciando que el rostro y el sexo son cosas distintas pero ambas representativas y las dos susceptibles de psicología. Más o menos. Lo cierto es que con estos temas se lía uno un poco porque, para los hombres al menos, la configuración de un coño, lugar, a la vez, para la batalla y el descanso, supone algo próximo a lo informe que, en su capricho estructural, requiere un esfuerzo de memorización exagerado. La variedad morfológica, sumada a su extraña función natural, al anhelo y a la tiranía del “culo veo, culo quiero”, los emparenta a cautivadoras entidades abisales que nos obnubilan, nos obnubilan y no nos dejan ver el bosque. Y es que un coño, por mucho que se frecuente, no deja de ser esquivo. (Ya no sé qué coño estoy diciendo.)

Pasamos las páginas de este Pussy Portraits, cuyo buen gramaje no requiere que nos humedezcamos nunca las yemas, y vamos transitando coños que más bien parecen accidentes geológicos, arreglos florales o un displacer, también coños utilitarios y con buen fondo, coños convexos, coños estultos y coños, en fin, en continua correspondencia facial, que es a lo que íbamos. Retratos simétricos cuya contemplación resulta una experiencia intimidatoria y -hasta cierto punto y pese a la higiene- repugnante; imágenes que claman su autonomía y que demuestran que, por mucho que nos intrigue o atraiga un rostro, será su vagina quien determine. Una cosa rarísima.

Desde el dogma sabemos que coño no hay más que uno, lo hemos sabido siempre, sin embargo, este libro conforma una desiderata maravillosa y un auténtico almanaque de la vida. ¡Rumba!

Pussy Portraits

En KISS COMIX

SarampionUna semana después de los atentados en el metro de Londres, Daniel Barbosa, ingeniero de caminos, canales y puertos, saca a su perra al descampado y se encuentra una mano anillada. De hecho, es el cánido quien da con la pieza, que viene como extensión de un antebrazo amputado con limpieza quirúrgica. Una apertura que amplifica a Lynch con tal descaro no presagiaba nada bueno, pero la línea de diálogo que puntúa la escena (“Este hombre está muerto”), antes de que Barbosa, con la verosimilitud por montera, suba a su apartamento y se nos escatime el miembro hasta media novela, sugiere vetas de humildad y sensatez que, en efecto, se transitarán a lo largo de la historia casi como reto estilístico, como estucado a una trama imposible y que en ningún momento pretende epatar porque sí. La novela, fechada hace un par de años y primera de su autor publicada en nuestro país, mantiene un interés argumental de bestseller aunque en verdad se erija en su extrañeza tonal y en la sólida construcción de los personajes, que, como el padre del ingeniero, no cesan en sus enigmáticas cantinelas: “Recibos en ocho, estudios en ele… no puedo respirar, no puedo respirar, no puedo respirar… estudios en ele…”, musita el viejo durante su afeitado, que se repite al menos tres veces a lo largo del libro. Para todos los misterios planteados habrá respuesta y todas serán sorprendentes e imbatibles en su tratamiento, sobrepasando la novela negra, el thriller y cualquier otro género al que en principio pretendiéramos adscribir la narración. En una de las escenas del último tercio, la perra de Barbosa lame cuatro gramos de cocaína sobre la mesa y el dueño iracundo reacciona metiéndole una cuchillada en el lomo que nos encarará a la coda final con los nervios crispados. Y a tomar por culo la bicicleta. Tal y como se prefigura en la alopática portada de Mondrian, que huye de lo tipográfico como de la peste negra, Sarampión logra niveles de lectura e interlineados tan nutridos (celebremos la brillante traducción de Adrián Troncoso) como para reconciliarnos con la novela ortodoxa de toda la vida, situando a Wollstonecraft entre los autores más estimulantes que nos hemos echado al coleto en tiempo.

En VICE

Leda y el cisne

Leda y el cisne es el único libro que se le conoce al húngaro Sandor Makarius (1769-18??), escritor aficionado y vividor de peripecia personal bien curiosa: regente de una confitería en Váci Utka, el corazón de Budapest, cuyo producto estrella era un dulce de mazapán que él publicitaba como “divino”, a Makarius se le sabía visitador frecuente del convento de clarisas situado al otro lado del Danubio, en las colinas de la ciudad, en teoría para ofrendar con sus productos a las religiosas. La voz popular, sin embargo, no dudó en poner en circulación una versión lúdica y descabellada que le atribuía un romance múltiple con todas y cada una de las monjas del monasterio, quienes a cambio de favores carnales y de un diezmo devoto y regular proveerían al restaurador del ingrediente secreto para sus afamados mazapanes: orín de novicia. Aún así (o quizás por eso) los dulces triunfaron durante varios años en la ciudad, y de alguna manera similar, aspirando a lo exquisito a partir de la ordinariez, Makarius construyó su libro. Leda y el cisne, que reinventa al estilo eslavo la leyenda griega del dios violador, se presentó en 1812 como “novela esotérica de interés semita”, pero antes de su publicación ya había logrado alborotar a la comunidad judía de Budapest que, alertada por la divulgación de la obra que el propio autor hacía desde el mostrador de su confitería, se apresuró a condenarla a priori y decretó a Makarius ciudadano indeseable. Un cachondeo que terminó con la quema del convento donde se le creía oculto, aunque más tarde se le descubriría exiliado en Austria y allí se perdería su pista en los albores de la Gran Guerra. La edición española de Leda es justita y tristona, traducida sin audacia del magyar (la única lengua que –dicen- merece el respeto del diablo), pero conserva sus valores y sorprende que una lectura contemporánea destile todavía tanta blasfemia. Pese a haber sido escrita antes de la constitución del Imperio Austrohúngaro, Leda y el cisne, de estructura clásica pero capaz de un asombroso juego de equivalencias con nuestro tiempo, nos lleva a diagnosticar, con la cabeza gacha y compungidos, que Makarius está vivo y colea como un salmón fresco, mientras nosotros, víctimas de la Revolución Industrial, morimos hace tiempo y va a ser por eso que apestamos. ¡Un gran libro, demonios!

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chris ware

La obra de Chris Ware oscila entre lo cargante y lo sublime. A mí es un tío que en principio me da grima por lo amargado que suena, porque como esteta es sólo relativamente interesante y porque en lo técnico me parece bordear el ejercicio de estilo; sin embargo su autoconciencia, su entrega al oficio, su afán por elevarlo a cuestión artística absoluta y sufriente, la delicadeza de sus mimbres y la fascinación natural por la miniatura me rinden a su trabajo sin posibilidad alguna de resistencia. Los que leyeron Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo saben de qué hablo. Aquella serie salió de las páginas de esta Novelty Library, publicación periódica amparada por Fantagraphic Books que sería campo de pruebas para Ware, patio de recreo, inodoro y laboratorio de caprichos. Ahora se edita en castellano esta selección de material, de entre 1993 y 2001 (con nuevas adiciones, 2004-2005), que viene a recalcar que el tipo es un auténtico delineante del tedio, un cínico de cojones, un relojero evocando melancolías y aflicciones y, en definitiva, un geógrafo de interiores que nos pone en evidencia. Ware siempre ha dicho que el futuro del cómic está en su pasado, y por ello retoma y parafrasea las enseñanzas implícitas en los clásicos, en los sundays y las tiras de prensa, con personajes como Big Tex, Rusty Brown, The Quimby Mouse o Rocket Sam. Además, salpica el álbum de textos de lucidez delirante, publicidad de época y reflexiones de neurótico en formato variable. La lectura lineal e ininterrumpida puede resultar agotadora, pero el picoteo ocasional que el propio autor recomienda, como quien se bebe un surtido individual de licores o toma su dosis diaria de medicinas, es una gozada por lo que tiene de juego, por las sorpresas constantes y por la intensidad emocional que alberga cada página. Aunque esté feo hablar de ello, es justo mencionar que los veinticinco euros que ronda el libro es un precio ajustadísimo dada la apoteósica edición de Mondadori, que incluye tintas fluorescentes que lucen en la oscuridad, rotulación extrema, encuadernación grabada en dorado y retos varios de producción e impresión. El corte de la pasta, sin ir más lejos, contiene la tira más pequeña del mundo. Fuerte aplauso pues para, entre otros, la traductora Rocío de la Maya y la maquetación de María Eloy García, porque salieron vivas y exitosas de todos aquellos momentos ante la máquina en que debieron de mentar varias veces a los muertos recientes de Chris Ware, por otra parte un titán.

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homosamplerEloy Fernández Porta, neologista de lo afterpop y simbionte de la llamada generación Nocilla (pijada mediática que, cual caldo gallego, no alimenta pero calienta el cuerpo), nos dará un disgusto un día porque en su literatura, tan preocupada por la urdimbre de la contemporaneidad, se expone al derrame cerebral y se diría, allá por las doscientas páginas de lectura (cuando el discurso se le ha encabronado y el lector está ya echando el bofe y ha tirado a tomar por culo el lápiz de subrayar), que lo sufre. Sufre el derrame pero, con un par, lo asimila y tira millas en su “no-ficción”. Eso está bien. Subtitulado “Tiempo y consumo en la Era Afterpop”, Homo Sampler es un ensayo tricéfalo acerca (y creo que cito) de este presente sin duración donde se nos ha hurtado el intervalo para meditar sobre la experiencia. Grosso modo, porque en realidad es más complejo, va de otras cosas, puede incluso que se trate de una hermenéutica del hoy a través de la cultura toda, o del zeitgeist, que se dice; y tiende a hilar fino, casi hasta la psicopatía. Es en esa sobreelaboración y en su tangencia con lo académico donde el asunto pierde algo de brío, aunque por momentos atrapa y en general se lee bien hasta que deja de hacerlo, sosteniéndose en el itinerario que no en el destino, que ni el autor sabe bien cuál es pero que da igual porque el libro se esfuerza en la humorada y se consigue, efectivamente, guasa pura, una cosa de hacer risa más ocupada en mantener la panorámica que en trazar alguna ecuación. (Un inciso: jamás escuchen a los exégetas del Porta, ¡son más brasas que los de Bukowski!) Entre sus logros me parece destacable la medición de la ironía, tan grave en el fondo como liviana en apariencia; tan hiriente sólo si el lector quiere y nunca crispante, lo que quizás responda a un equilibrio entre lo que se dice y el cómo se dice que esté haciendo de éste un libro bueno. El Porta está para que lo aten, pero como un cencerro, lo cual no hace sino sumar. Mola.

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filosofia de las corridas de toros

Hace unos meses se entrevistaba en estas mismas páginas a un torero retirado que se decía moralmente arrepentido de su tarea en los cosos. Aquello no era torero ni era nada, si acaso un mamarracho y un infeliz. Un impostor. Y de nuevo tiene que venir un guiri, en esta ocasión catedrático de Filosofía de la universidad de París, para recordarnos que el toreo es una escuela de sabiduría, que es arte desde el momento en que da forma –humana- a una materia bruta o al menos extraña como es la embestida del toro, equilibrando líneas y volúmenes “en tensión opuesta”; que crea belleza “con su contrario, el miedo a morir”, y que exhibe una realidad que “las demás artes sólo pueden soñar”. El espectáculo de la lidia, que es juego y es constante antropológica, es tan edificante como ver pasar a las mocitas, y eso un gabacho lo percibe, vaya si lo percibe. Wolff argumenta una desacreditación de los antitaurinos que parte de considerarlos antropocentristas que no se saben tales, inconscientes que se llaman “hombres” pero olvidan reconocerse “animales”, y que desde esa falta de humildad se erigen en animalistas y subordinan a su dictado a todas las especies, del paramecio al bonobo, del tripanosoma al podenco trotón. ¿Habría que impedirle al gato que deje de jugar con su presa herida antes de matarla?, cuestiona. Llevo apenas cien páginas leídas, gozadas línea a línea, pero lo que importa, sacudidos los meapilas, es que el libro es capaz de evocar, decodificándola en lo que cabe, toda la maravilla del toreo, toda la libertad de que es posible, la lealtad del combate, su grandeza ética y su victoria sobre lo imprevisible. Philosophie de la corrida (pues ese es su título original, sin especificidades) es una celebración desde el pensamiento y está dedicado “a quienes son ajenos al mundo de los toros, esperando que vislumbren la universalidad de un arte singular, y a todos los aficionados para que alcen la cabeza con su tesoro”. Bravo y olé.

En VICE

costamenabar

El jefe de todo esto está en viaje de negocios, así que hoy puedo agravar mi despecho de siempre y expresar sin comprometerle que la Coixet y el Roures me están dando una tabarra del quince. ¡¿A qué tantas alforjas si no hay sustancia?!

Siempre me he preguntado por qué se promueve con tanta insistencia el cine “español” por el mero hecho de ser tal. Por qué no se aboga, sin más, por un cine de interés, proteínico y del amor, venga de donde venga, y se deja de adoctrinar al lector de dominical en términos fenoménicos y de santoral que nada tienen que ver con el arte; más cuando el personal, en este país, es tan dado a diluirse y hasta a salir a darle a una cacerola sin saber muy bien por qué. En Málaga tiene una calle Antonio Banderas (de acuerdo: la pagó él) y aquí el ayuntamiento le produce a Woody Allen el mayor chorongo que haya hecho jamás el judío, como quien especula con bienes inmuebles. Malditos lobbies. Y, eh, ¡Ágora está a la vuelta de la esquina!

En el álbum de cómic Mis problemas con Amenábar, Jordi Costa y Darío Adanti hablan de “la forja, consagración y propagación vírica de un modelo cinematográfico basado en el simulacro de talento”. No podría decirse mejor. El cine de Amenábar no peca siquiera de lo que Alberto Lattuada llamó “la fácil tentación de la imagen que se contempla a sí misma” porque el cine de Amenábar no da ni para eso, es bobo, no existe, no es; pero qué paliza, qué horror, la que está cayendo y la que nos espera. En el prólogo al libro, Costa se ampara en el derecho a la sátira y luego llega a referirse al panoli como “el mal absoluto”. Porque Amenábar, que en sí no es más que un emperador en pelota, es sin embargo la punta de un iceberg mucho más peligroso. Un espejismo colectivo que prima lo gaseoso y el mantenimiento del statu quo por encima de cualquier mérito, riesgo o revolución. Recordemos que aquí se nos murió un dictador de viejo, y el regicidio lo podemos esperar sentados. Va a ser pues que tenemos lo que nos merecemos. O qué.

El tebeo, eso sí, es una risa. De algo ha servido que Amenábar exista.

En CINEMANÍA

hollywood_libro

Lo primero que pasma de este libro es la pedrería, el titánico trabajo de confección que acusan los cientos, miles de entrevistas y declaraciones en que se erige; pero más deslumbrante acaba por ser su logro: una lectura adictiva que eclipsará cualquier rastro de los mimbres para hacernos disfrutar de una buena historia en la que se intuyen muchas, muchas más. ¿Qué tuvo que ver Francis Ford Coppola con la suicida Shauna Grant? ¿Y La matanza de Texas con Garganta profunda? ¿Cómo se gestó A Place Beyond, la primera película de Seka? ¿Qué relación hay entre la técnica feladora de Sharon Mitchell (quien, por cierto, se revela una tía tan sagaz como siempre la dedujimos viéndola follar) y el estilismo púbico de Vanessa del Rio? ¿Qué fue exactamente el Club 90?

Peter McNeil, autor del ya clásico Por favor, mátame! La historia oral del punk, recupera el hilván de voces como formato para dibujar la más completa panorámica posible de la industria pornográfica estadounidense. Desde los primeros escarceos nudistas en los años cincuenta hasta la irrupción del gonzo, a manos de Bruce Seven y John Stagliano, y el advenimiento de la “nueva carne” (por fin sabemos del cirujano detrás de tantos implantes mamarios desastrosos durante los noventa: ¡brea y plumas para el chiflado doctor Pearl de Idaho!) previo al final de todo, con la llegada al negocio de pedorras como Jenna Jameson. Entremedio, el giro crucial hacia el vídeo doméstico, la fundación y caprichos del Star System, el advenimiento del SIDA, la cocaína y otros excesos, las exigencias del guión, las fosas y las cumbres y los dimes y los diretes, de los gustos estrambóticos de Jamie Gillis a la superación personal de John Wayne Bobbitt o Pamela Anderson, personajes eventuales pero cruciales en el desarrollo de la industria.

Efectista y audaz en la narración, inteligentísimo tanto en la historiografía como en el rapto del lector, McNeil y sus colaboradores prestan especial atención a recodos morbosos como la masacre de Wonderland, propiciada por la decadencia de John Holmes, los pormenores de la infiltración de un par de agentes del FBI en una operación encubierta que debía desentrañar conexiones mafiosas, el parricidio de los hermanos Mitchell o el trágico final de Savannah. Historias bien sabidas por cualquier cinéfago pero nunca antes tan bien contadas. Todo ello en base a multitud de conversaciones con sus protagonistas, de costa a costa, que se logran un puzle vibrante y coral que a lo largo de setecientas páginas bascula con precisión entre la novela negra, la crónica de sociedad, la biografía global y el melodrama al punto.

El otro Hollywood es apéndice y al tiempo hermanastro del Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind, y como aquel es también un tratado de antropología, un zeitgeist cinematográfico bien definido por décadas y el retrato aproximado de un país entusiasta y en pañales como los USA. Se trata, sin duda, del mejor libro de cine de los últimos tiempos amén de un auténtico pasapáginas.

En KISS COMIX

just cover samples

Consciente de que la memoria onírica se marchita con la vigilia, Federico Fellini mantuvo en vida dos volúmenes (entre 1960 y 1968 y entre 1973 y 1990) en los que transcribía regularmente sus sueños, reproduciendo escenas en sus característicos dibujos y anotándolos aquí y allá. “En mis sueños siempre me veo de espaldas, con pelo y delgado, como fui hace veinte o treinta años”, dice. Lo que tiene la actividad nocturna es que el movimiento libre y desarticulado delata deseos, ansiedades, frustraciones, miedos, fantasías, fijaciones estrambóticas y un gusto por la sinrazón que viene a enriquecer y colorear los días. En el caso de Fellini, cuyo imaginario tenemos todos presente gracias a su cine, estas visiones residuales e hipnagógicas (que son aquellas generadas y percibidas en el intervalo entre la vigilia y el sueño) suman a su obra valor poético, estético y dan alguna pista extraordinaria para la consideración psicológica de una personalidad exuberante, lúdica y vitalista como la suya. Así, en las páginas de este “oniricón”, que reproduce exactamente los dos volúmenes originales y luego anexa una traducción al inglés de los textos, atenderemos al cineasta follándose a su padre (que tiene vagina), a Pierre-Auguste Renoir cagando mientras se le prepara un baño caliente, a mujeres de clítoris hiperbólicos, y a escenas delirantes que involucran cocacolas envenenadas, sexo oral con Anita Ekberg en un tren (muchas locomotoras en el libro), eyaculaciones abundantes, serpientes gigantes, enanos, prostitutas que piden cartas de recomendación, mierda en la boca, la muerte frecuente de Giulietta Masina (quien también dará a luz un tiburón dorado), peligro de minas en la ciudad, una niña de seis años enterrada bajo una titánica estatua de piedra, el cadáver de José Luis de Vilallonga en una maleta, Ingmar Bergman criticándole al italiano el uso que hace de la música en sus películas, y otros cameos ilustres como los de Mastroianni o De Laurentiis. Aunque muchos de los sueños recogidos habían aparecido en publicaciones como Il Grifo o Dolce Vita, la totalidad del material, depositado en un cripta del banco Romano, no fue liberado hasta principios de este siglo, cuando se pudo acordar la presencia física de los seis herederos (dos Fellinis y cuatro Masinas) y llevarse a cabo los correspondientes atestados notariales, ya que una clausula especificaba que sólo en esas condiciones podría ser retirado. La edición de Rizzoli opta por el libro-objeto, pesa varios kilos y ofrece una reproducción incontestable. El precio también mola, pero es lo que hay.

En KISS COMIX

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